2 de abril de 2012

El día que ella rompió conmigo


(Stock.Xchng)


Nos levantamos la misma mañana en la misma cama, al mismo tiempo, pero en otra casa. Ambos, ella y yo, los dos. Los dos pensamos en lo mismo, justo en lo mismo. Pusimos la radio pública de fondo en la cocina y nos emborrachamos con un desayuno de magdalenas empapadas en whisky irlandés. Nos habíamos propuesto hacer todos los sábados algo que jamás haríamos y esto de las magdalenas borrachas dejó de estar en la lista. Entre los dos ingredientes de este suculento desayuno nos gastamos 57 euros y pico, dinero bien invertido pues a la mitad de la botella, o con la primera bolsa, ya nos reíamos como auténticos chimpancés, nuestras palabras tenían un nosequé acuoso que se derramaba por los labios, y el sonido que salía de nuestras bocas pesaba tanto que la fuerza de gravedad lo estampaba contra el suelo apenas brotar. Un desayuno así es como miel para osos, nos pusimos tontos de momento. Intentamos bailar al ritmo de la sintonía del programa en emisión, que nos debió parecer maravillosa; no creo que fuera una música idónea para bailar pero ella se movía, o así lo viví, con la gracia de Paloma Herrera y yo, yo no sé, quizás algo así como un Leonardo Dantés venido a menos. Después de lo del baile ya no me acuerdo de casi nada, lo demás lo sé porque ella, esta era otra, y la policía me lo han contado.

Todo empezó a torcerse, supongo, cuando decidimos coger el coche para subir a lo alto del monte San Cristobal, queríamos gritar con una A múltiple desde lo más alto de la ciudad. No recuerdo de qué manera llegamos hasta la cima con aquel pequeño Volkswagen Polo de color azul. Allá arriba, luego a la noche, habría fuegos artificiales y besos de carne en estanques de agua templada, miradas sostenidas y cuellos frágiles para morder, algún perro jugando por allí y, quizá, nieve. Corría el mes de Julio. Pero en ese momento, a la mañana, lo único que se dejaba notar era el silencio tenso que precede a un grito doble.

Gritamos, ambos, ella y yo, los dos. Y mientras el grito se convertía en un proyectil apretábamos los párpados y las mejillas para enfatizarlo, casi era posible verlo flotar por el viento, así, con los ojos cerrados. Durante todo el tiempo en que llenamos la atmósfera de miles de cientos de aes nuestras manos permanecieron entrelazadas. Esas manos unidas eran nuestro personal estrecho de Gibraltar, parecíamos mares desahogándose.
Algunas vocales chocaron frontalmente contra la Torre Basoko, que se giró confundida con sus mil ojos como ventanas, no dijo nada pero se nos quedó mirando. Nos acabábamos de desgritar y eso, eso era destruir estrellas o reventar globos de agua donde la energía liberada quedaba sin dueño. Y no tenía dueño porque sólo se puede poseer aquello que está condensado, por eso antes de este momento ambos teníamos un grito y ahora, ahora ya no. Nos besamos, ella y yo, claro, y nos dejamos caer sobre la tierra para observar el cielo. Aún estábamos muy borrachos pero, y de esto sí que tengo un buen recuerdo, nos dejamos caer desde el cielo.

Según el informe policial, para el testigo J. H. C. las carreteras de montaña están siempre ebrias y son peligrosas como serpientes. Dice que nos vio bajar por la que une el Fuerte de San Cristobal con Artica a bordo de un Volkswagen Polo pero que el vehículo parecía conducirse a sí mismo puesto que ambos nos íbamos mirando y riendo sin prestar atención a la carretera. Debíamos de ser nosotros, la descripción que hace J. H. C. es un vivo retrato de los dos, de ella y de mí, de ambos. Y por si acaso se nos ocurría tumbar su declaración argumentando que muchas parejas podían acogerse a tales características, la numeración de la matrícula volvía mudas todas nuestras intenciones. Sé que era la matrícula correcta, no porque me la supiera de memoria sino porque sus cuatro números sumaban 24.
Otros testigos dijeron vernos por la ronda. Según estos, que iban todos dentro de sus coches, un hombre se encontraba escribiendo relatos en la línea blanca que delimita el arcén de la autovía, mientras que una chica escribía versos de amor en la línea discontinua, un verso por cada línea. ¡Qué sé yo! No recuerdo nada de lo escrito. Lo que sí recuerdo es hacerlo muy lento, pensé que si la gente que iba dentro de sus coches a toda velocidad podía leer algo esto serían palabras lentas, horneadas a la manera del pan rústico. Mi relato de arcenes y fantasías terminó en la rotonda del Decathlon, también referenciada como la glorieta de Berriozar, los poemas de ella acabaron en el mismo lugar. Fue entonces cuando nos detuvo la policía, según parece hacíamos el amor en la rotonda y provocamos algunos accidentes. ¿Provocar? Yo creo que si cada quién hubiese estado a lo suyo, nada hubiera ocurrido. Pero difuminemos responsabilidades y aceptemos que la gente que tenía que estar conduciendo no es responsable de sus acciones cuando una pareja está haciendo el amor. Por lo que a mí respecta, yo sí estaba a lo mío y no a lo de los demás. Ella también, estoy seguro, eso es algo que se siente, es como si llueve y notas la lluvia en la cara. Hicimos el amor con amor, centrados en el pequeño universo de ambos, el de los dos. El mundo que giraba a nuestro alrededor lo hacía en una rotonda. 


Llegaron.

Se acercaron hasta nosotros un par de siluetas recortadas en la tiniebla clara del sol, era una pareja de policía con sus respectivas esposas de la mano, todo muy familiar. Menudo trabajo tienen que realizar en ocasiones nuestros agentes del orden y la ley. Me pareció escuchar a uno de ellos carraspear, pensé que lo mismo tenía un grito dentro que no sabía cómo soltar, antes de decir un ”disculpen” muy educado cargadito de captadores de atención y alevosía. La policía siempre usando armas. “Disculpen” era un proyectil destinado a matar el amor hecho acción. Paramos, eso sí, nos seguíamos queriendo. Les prestamos atención aunque yo personalmente no les disculpé, seguirían siendo culpables siempre siempre de los jamases. Nos presentaron a sus esposas, creo que con cierta tristeza, y luego con educación nos llevaron hasta su coche resplandeciente, su coche de feria. No sé todo lo que nos dijeron en el trayecto hasta comisaría ni me pareció importante. La única diferencia entre ellos y nosotros era un traje, sus ideas y razonamientos me parecían absurdos pero de sus bocas nacían palabras hechas para tener dentro peso de verdad, así les aplastaran los pies. Yo estaba muy enamorado o quizá muy borracho pero solo tenía ojos para ella. Creo que los agentes nos detuvieron porque no sabían nada de amor, porque se pensaban gente realista e inteligente, por eso nos detuvieron en el centro de aquella rotonda invadiendo también el centro de nuestro mundo. No les disculparé nunca. Mientras ellos hablaban, ella me miró, sus ojos eran constelaciones y yo un astronauta privilegiado, sus labios húmedos como babosas esbozaron un te quiero, y yo sonreí.

No logro entender cómo consiguió sacar una de sus manos de las esposas, pero lo hizo. Todo sucedió en un clic de ratón. Ella, sin apartar su sonrisa de mis ojos alargó la mano hasta la parte delantera del coche policial -debería haber estado protegido con metacrilato o algún rollo de esos pero no, era un coche viejo o de ronda, no entiendo nada de coches de policía-, agarró la pistola del municipal que iba conduciendo y con mucha destreza quitó el seguro, me seguía sonriendo, y se voló la tapa de los sesos.

8 de marzo de 2012

Borroso



Imagen de Carlos Aguiar (stock.xchng)


-¡Es la décima cerveza de luna que te tomas Jonás, ya está bien, para!

-No tiene sentido que intentes pararme ahora que ya me has servido tanto
, querido Ventura. ¿Quizá sabes del eclipse? Creo que no. Lo tuyo es la impaciencia y las ganas de vivir, sobretodo desde que caminaste hasta Járiga y conociste a Sena. Dime, ¿dónde te llevó? O mejor no me digas, no te creas, en este momento no estoy en condiciones de prestarte atención, estoy borracho como hace eternidades. He de decirte también que mi maestro, Bohemundo, aquél que luego llamaron El Necio, ya me advirtió de los peligros a los que se expone un enlazador ante el alcohol pero yo ni caso. ¡Qué asco me doy, amigo! ¡Anda, sácame otra cerveza de luna y haz noche en tu juicios y valores! Sólo quiero beber hasta morir, nada más.

-Como desees, Jonás. Recuerda que no habrá ningún viento al que llamar si las cosas se tornan brumosas como la leche de las elefantas, si tu memoria se disuelve como el azúcar en las encías o si acabas como una nube magnánima convertido en charco donde los cielos se reflejen. Recuerda que no habrá ningún viento al que llamar cuando te desplomes. Y por favor, págame antes de que te sirva. Ya sabes cómo va esto.

Jonás se tambaleó mientras echaba mano al bolsillo. Agarró un puñado de monedas y cuando abrió la mano para ponerlas sobre el mostrador un puñado de escarabajos corrieron en su lugar en todas las direcciones. Ambos los vieron alejarse. Ventura gimoteó. Jonás se volvió ceniza y se esparció por el suelo. Se acabaron por hoy los malos pensamientos de Jonás, quizá mañana encontrará paz en su espíritu. Ahora Jonás conoce la nada pero no podrá recordarla.

23 de febrero de 2012

El beso



Antes de que su mano se convirtiera en la planicie de una meseta, hubo formado, uniendo la punta de sus dedos, un tulipán rosado; en su vértice posó los labios como dos ocasos y lo besó, luego sopló su mano abierta con un rayo de viento y dejó media sonrisa colgada para siempre en mi memoria. 

Se dio la vuelta como una puerta giratoria, desenfocó la vista un segundo -esto me lo imagino- y se fue acabando conforme la calle se alejaba. 



Dibujo de María Pan




14 de febrero de 2012

Lo que nadie podrá ver



Imagen de Robert Aichinger (Stock.xchng)


Una capa de quince centímetros de nieve impide que se escape el calor de la tierra. Cada pisada parece que arrugara un papel. Caminan en silencio y cuesta arriba. El viento porta alfileres de agua fina.

Hoy es un día especial: se puede ver el viento.

Planeando sobre ese mar de alfileres de agua fina, un esmerejón declina con una postposición su halcónica mirada. Son Jonás y Praix los que caminan en silencio y cuesta arriba hacia la cumbre de los Montes Perpetuos. 


Los ojos de los esmerejones son de color vino, vino profundo y negro, y en este momento se derraman sobre la copa emplumada de una pequeña presa, desconectándose de la visión de los dos amigos. Ya no hay nadie que pueda verlos subir hacia la cumbre. Nadie podrá contarnos su historia.

Claro que sí: el viento. Si fuera capaz de atravesar los pensamientos de Jonás nos diría que está agotado, que lucha continuamente por reemplazar su voz interior de abandono por su voz de supervivencia. Praix sin embargo en nada piensa, solo camina.

Praix ha estado mirando a través de los ojos del esmerejón, ha medido las distancias, visto desde el cielo los caminos, sentido el hambre de la rapaz y abandonado su cuerpo antes de que ésta se abalanzara sobre la pequeña bisbita que le sirvió de alimento. Praix no está cansado y ni siquiera tiene que luchar consigo mismo, porque Praix acaba de morir al abrigo de la blanca nieve. Acaba de matarlo todo lo que ha visto.

Jonás se gira. Emula una sonrisa de ánimo para su amigo. Praix se la devuelve. Todo lo que les rodea es blanco. Caminan en silencio y cuesta arriba. Hacia la cumbre de los Montes Perpetuos.

Pese a todo solo quieren caminar.
El mundo está en el camino. 

Sé fuerte, Jonás; le dice Praix a su amigo; y se desploma. 
El sol se posa sobre el estante del horizonte.


8 de febrero de 2012

La noche previa




Imagen de ELBRICH E (stock.xchng)


Anoche no pude conciliar el sueño. 
Mis pensamientos creían vivir en Abril, y así caían, mientras que mis ojos pedían las noches prontas de Diciembre.
Inquieto inquieto inquieto inquieto.


Tengo malas impresiones. 

¿Por qué tengo que ir a lugares tan fríos?
Praix no hace otra cosa que quitarle hierro al asunto, pero a mí me causa tanto dolor el silencio... 
Es un gasto inmenso de recursos, imagina tener que calentar tu cuerpo desnudo a tres grados bajo cero durante toda una noche. Eso es una barbaridad.

Pero he de hacerlo, he de caminar por esos fríos silencios. Y como dice Praix, aprender que todo lo que hace feo un silencio es, como en la música, la mala interpretación.

1 de febrero de 2012

De papel albal



Imagen de Leonardo Barbosa (Stock.XCHN)


Hoy parece que Dios ha envuelto el mundo en papel albal. Lo sé porque el cielo tiene el color mate del reverso de la lámina. Y no solo lo ha envuelto, creo que también lo ha metido en el congelador de los mundos porque hace un frío de dedos morados que se me está metiendo entre las todavía pequeñas arrugas de mi rostro. Arrugas que poco a poco se van haciendo más grandes.

Lo que más me gusta por la mañana es contemplar la cama deshecha, si eres paciente como las estatuas, bueno, no tanto, pero si eres un poco paciente, puedes escuchar la templada dicción del calor residual que dejan los cuerpos; también puedes ver los zigzagueos inducidos por el amor, por los sueños, por las pesadillas, por el insomnio. De ellos queda impreso en las sábanas su historial con caligráficas arrugas.

Por eso sé que las arrugas que bordean mis ojos se están haciendo más grandes. Se hacen inmensas con el llanto contenido y con la carcajada. Y como una cama bien hecha se quedan estiradas cuando me pongo serio o sin expresión. Así está el mundo en este momento, envuelto en una arrugada bola de papel albal; el mundo y tú, tú también. Te estoy imaginando. Y es que puedo contemplar la periferia de tus ojos sin que siquiera estés aquí. La piel de alrededor debió de arropar anoche tu mirada y hoy se te ha debido olvidar hacer la cama. No te preocupes, las arrugas son sutiles... ¿duermes acaso en sábanas de seda? Ya sé que no.

Tus arrugas me dicen que tuviste un sueño de aluminio y luna, de esos que tienen la luz difusa, esa luz que parece estar acompañada de niebla, ya sabes, la luz de los sueños. Me dicen que intentabas correr y correr porque tenías prisa por despertar. Así que dormiste poco. Eso se nota en aquella arruga con forma de uve invertida. Esa no, aquella, la que hicieron tus pies mientras corrías. Sí, lo sé, es una forma de hablar, ya sé que si hubieras corrido en la cama con solo dos zancadas habrías terminado en el suelo. Me refiero a tus sueños, a los arrugados, a los que cuando eras pequeña les dabas valor y ya han quedado caducos hasta para la memoria. Me refiero a esos sueños porque son lo que eres. Sobre ellos te despiertas todos los días, los miras con prisa o con la costumbre desatenta y entonces los sacudes, los estiras y les pones encima el edredón y la almohada bien colocada. Por último, le pasas las mano y alisas toda la superficie, no vaya a ser que quede alguna arruga.


25 de enero de 2012

Brumoso


Bide lainotsua duzu hemendik aurrera.


Obra de María Pan


Así debe de ser estar ciego en la mañana que sigue a un bello sueño. Así debe de ser eso de estar muerto.

Sólo me asomé al borde de la negrura pacífica de mi alma, puedes creerme.
Un vértigo de corto recorrido, semejante al trayecto de uno de los lados de un trapecio, me asoló por un segundo.
Si hubieras sentido tal destrucción en tan poco espacio de tiempo, habrías comprendido el insensato desastre que causa sentirse solo.
Sísifos escarabajos peloteros arrastrando esféricas de acero, algo así fue la sensación. Pero se terminó de pronto, no de repente, sino de pronto; y me dejó un sabor metálico cayendo por las encías y el caramelo amorfo de la inseguridad pegado a las muelas. Y a mi corazón lo descubrí tiritando como un cachorro empapado.

Ya lo he oído muchas veces, lo dicen a menudo por ahí, sobretodo cerca de donde ha sucedido una calamidad. Dicen: “Ha sido cosa de un segundo y...”
Ese es todo el tiempo necesario para voltear cualquier cosa porque ¿sabes? los sentimientos, las sensaciones e incluso los presagios no dejan de ser cosas, objetos que pululan alrededor nuestra ornamentando el ser. ¡Qué segundo más negro viví, querido Praix!

Hace tiempo que no nos vemos, ¿verdad?
Recuerdo que la última vez te hablé de la chica silenciosa, de Alhadira. Y hoy, ya ves, de mis oscuros miedos sin nombre. Con lo que jugamos tú y yo cuando pequeños por los caminos de Járiga, ¿te acuerdas?

-Claro que sí, Jonás, pero ¿tanto fue el vértigo que sentiste? -me preguntó Praix sin poder disimular su acento de Ílade.

-Tanto fue, amado Praix, tanto fue.

-¿Y no te has alegrado de sentir todo ese abismo?

-¿Alegrarme? Claro que no. No sé, Praix, quizá no supe llegar a ti con mis sensaciones.

-Sí que has llegado. Perfectamente. Si es tanto el abismo que me has hecho sentir es que debes caminar por firmes muy altos. Jonás, ven, dame un abrazo y caminemos juntos tierra adentro, hay días en los que es mejor no saber a qué altura se anda. Te quiero mucho.


9 de enero de 2012

Azul sin nombre



Blue Stucco By Robert Linder (Stock.xchng)


Corre como un ser de color azul.
Eso lo sabe porque se lo han dicho, nunca ha visto ninguno pero Madre le dice que se parece a uno de ellos.
Jadea.
Está descalza y corre.
Corre como las nubes cuando van lentas; nadie podrá alcanzarle.

Ella no quería que le pusieran ningún nombre.
Tenía por cierto que esa era la única forma de ser diferente al resto de los seres humanos.
Pero se lo pusieron.
Ahora no quiere darle más vueltas al asunto, ya es tarde.
Lo indispensable es seguir corriendo hasta que la ciudad cobre color.
Sin nombre corre.

Corre como un ser de color azul.
Corre porque le vienen siguiendo personas con armas.
Sin nombre se siente blanca como las nubes.
Jadea.
El mundo se desmorona, el suelo se vuelve de espuma.

Inmóvil en el suelo Sin nombre corre.
Madre no sabe como son ellos, porque Sin nombre parece carmesí.
Y carmesí es la sangre en la ciudad de color cobre.
Nadie puede darle alcance.

20 de noviembre de 2011

Meditabundo



Imagen de BengLim's (Stock.xchng)


Cada persona, cualquiera de ellas, tiene el feroz impulso de contar historias. Por eso las devoran. Aquí en Járiga, las hay que pasan horas frente a los Cristales Fluidos contemplando impasibles los teatros de artificio y la falsa emoción de disfrutar siempre de sus desenlaces eternos y nodos de mil nudos. Pero no todas las historias valen, es necesario saber contarlas bien. Te darás cuenta, joven Jonás, que la mayoría de las personas que te encuentres se trastabillarán mientras cuentan su relato; eso se debe a que tienen un extraño miedo a llamar la atención. No siempre fue así, tú lo sabes, pero desde que se movieron los imanes que hacen flotar al mundo, y los Mamus se mezclaron con nosotros, la gente piensa que roba el tiempo de los demás y sus historias se tornan breves e insustanciales. No saben sostener la mirada y sus relatos se caen al suelo, después te muestran sus trozos con tanta prudencia, por miedo a herirse, que has de imaginarte la copa. Sin embargo, en su interior, eso se ve en los ojos de algunos, querían mostrarte un florero u otros objetos dignos de un buen artesano. Los imaginartesanos son los únicos que mantienen su oficio con cierto equilibrio pero ya no les resulta tan fácil. Pregúntales a ellos, Jonás. ¿Sabes? Tienen miedo. Jamás lo tuvieron y ahora...

La Niña-Reina contuvo aire de altos montes en sus pulmones. Me miró, y agua que jamás conociera lodos corrió por sus ojos. Poco a poco dejó escapar el aire contenido y continuó.

Ahora, ahora crean cosas para defenderse de los Mamus. Son objetos peligrosos, artificios de la locura y el miedo. Cántar, soñador y delicado, creó un sueño de cristal blando y se metió dentro de él. Ya nadie puede tocarlo y él tampoco toca a nadie. Y eso es una pena, porque Cántar es un imaginartesano de la curación. De su arte han salido cosas tan importantes como los Raíles Óseos, que curan la rotura de huesos, o los Tílilos, pequeñas estrellas que penetran la piel dándole calor para aliviar las dolencias musculares. Roún, el besador de azules, lleva un tiempo, ya impreciso, escondido en alguna nube. Nadie lo ha visto, nadie sabe nada de él. Roún fue el ganador del último concurso en las fiestas de otoño, creó la “Lluvia de las estaciones”. Fue tan hermoso, Jonás -dijo La Tejedora con su sonrisa de luna-. Durante cuatro periodos de diez ciclos, una lluvia de colores infinitos y gotas tan grandes como fresas fueron cayendo sobre la ciudad, ora pintando el invierno, ora la primavera. Incluso en los tejados de las casas y en nuestras ropas crecieron las flores y los girasoles, o nevó. Deberías haber estado aquí.

Recordé el año anterior cuando Trámez desapareció junto a la hermosa Babilónica. Ya entonces sospechábamos que algo no andaba bien en Járiga, pero ahora estoy aquí, oyéndolo de los labios hortenses de la Niña-Reina. Me imaginé cómo tuvo que ser el espectáculo ofrecido por Roún durante un rato hasta que quien me hablaba me devolvió a su historia.

Se me hace extraño Jonás pero no me apetece seguir hablando. Me gustaría verte pasada la luna, ¿te parece?. Y sin esperar mi confirmación, la dueña del Amaraun desapareció. Yo me quedé pensando en Roún y Cántar, también en Trámez. Y luego me vino a la mente Sofía, la creadora de copas cantarinas. La puerta de la sala del Amaraun se abrió muy despacio y yo salí por ella, meditabundo.




13 de noviembre de 2011

Mi moneda argéntea



He sacado del bolsillo la moneda que guardo para las decisiones difíciles. Es de plata y tiene un agujero en el centro por donde puedes mirar el mundo. Hace mucho tiempo que decidí usarla, antes pedía consejo (aún lo sigo haciendo) y sobre lo que me iban diciendo armaba un puzzle. Bueno, estaría bien decir que armaba varios puzzles que a su vez se convertían en nuevos rompecabezas. Pero desde que encontré la moneda argéntea...

La encontré caminando una mañana fría de otoño por la orilla del río Graa, centelleó entre los brillos del mismo río. Pensé que quizá podía ser la piel plata de algún barbo común o una mota de polvo galáctico, me incliné más hacia lo segundo. Estoy seguro que la gran mayoría del polvo que brilla en el aire es esperma de asteroides. Además, los barbos están dentro del agua y son dorados, mientras que este brillo se hacía ver en la misma orilla, donde la tierra y el agua empiezan y terminan. No creo que los barbos muertos se argenten, los muertos ya no saben hacer nada.
Me acerqué hasta donde la orilla deja de existir, es una delgada línea invisible e infinita entre el agua y la tierra, y recogí la moneda. Era de plata, de vieja plata.
La guardé apretadita en mi mano y volví a caminar.

Desde entonces es la moneda que guardo para las decisiones difíciles. Es una moneda muy especial: de plata vieja, tiene un agujerito en el centro por donde puedes mirar el mundo y es plana, sin dibujos ni relieves por ninguna de sus dos caras.

Hoy la tiré hacia el cielo, por un momento parecía un barbo común saliendo del agua, aunque plateado. Después se convirtió en campana y badajo a la vez rebotando contra el asfalto. Quedó quieta, mostrándome el camino en el eco metálico de su tonada, y aunque yo ya lo sabía me lo volvió a decir: 


“Has tomado la decisión correcta, te has vuelto a equivocar”.



Ilustrado por Maria Pan

5 de noviembre de 2011

He dejado un amor en el mundo



“He dejado un amor en el mundo
a salvo de los peces y de los pájaros,
a salvo del tiempo y la monotonía.
Lo he dejado a salvo de cualquier peligro,
por eso no puedes poseerlo,
y por eso no lo puedes retener,
pero puedes sentirlo,
casi te parecerá tocarlo.
Pero no es tuyo, ya no, y tampoco es mío, que va.
Lo escondí dentro del pez, centellea en sus escamas.
Lo dejé oculto bajo las plumas que el viento acaricia,
en los mismísimos pájaros. Y también donde el tiempo,
ese espectro ataviado con anteojeras que relincha y todo arrasa.
Y en la monotonía, en ella también; en ella que se nos hizo tan larga.

He dejado un amor en el mundo.”



Esta era la canción que cantaba en las azoteas del Amaraun la Niña-eterna. Sena, ese era su nombre. No puedo precisar si la conocí antes a ella o fue a Praix, el chico sin apellidos. No sé. No importa. En cualquier caso, cuando Sena cantaba sus canciones toda mi sangre acudía despavorida a coagularse en mi pecho. Mi corazón se quedaba todo el tiempo que duraba la canción quieto como un camino, y tan en silencio que no sabía si se había muerto o quería convertirse en abismo. ¡Qué voz! ¡qué voz desgarrada y augusta se derramaba por su garganta! No podéis imaginarlo. Todavía debe seguir derramándose como ríos que nacen en copas cristalinas.

Hace ya mucho que no me oculto al abrigo de las sombras para deleitarme con su canto, no lo hago porque me parece que de alguna manera estoy escuchando algo que no ha sido creado para tal fin. Son los llantos de Sena, se los dedica a las noches sin luna. Fabulo que ella cree que cuando no hay luna, la noche está desnuda y le presta más atención. Ella no llora, yo sí, porque hice mía su canción.



Dibujo de Maria Pan

29 de octubre de 2011

Equilibrios en la línea del horizonte



Imagen de Chirnoaga (Stock.xchng)



A Jonás vuelve a dolerle su alma de enlazador. Esta vez se la ha llevado el viento. Mejor dicho: su alma, hecha viento, se le ha escapado al abrir los ojos. Fue con la alborada tierna de un sábado de Octubre, en Entremundos. Despertó ya sin ella y como todo el mundo sabe, cuando te quedas sin alma te duele la cabeza. No es un dolor convencional, es algo parecido a una molestia profunda que logra desorientarte aún teniendo en tu poder los mapas del reino. Así se encontraba Jonás, perdido en si mismo.

La conversación telefónica de la noche anterior tenía mucho que ver con su estado, o quizá la cicatriz oculta en su ceja derecha. Jonás siempre quiso ser pirata, esa pequeña cicatriz -pensaba él- era el comienzo de su proceso de tortura. Intentó definir mejor el término, no era tortura sino ¿tortez?. Jonás empezó a imaginar cómo se denominaría la “habilidad” de estar tuerto: Tortez, tortura, monovidencia...  El caso es que le apetecía presentarse en sociedad como uno de esos piratas con parche en el ojo; dicho sea de paso que la pata de palo no le gustó jamás. Cuando era pequeño un tío de su padre tenía una pierna ortopédica y aunque le llamara mucho la atención no le gustaba cuando se la encontraba sola y sin su dueño. Pero un parche en el ojo, eso era otra cosa.

A Jonás se le extraviaban los pensamientos por los cerros de los Montes Cautivos con la facilidad en la que una ardilla sube el tronco de un árbol o cruza una carretera, y en ese momento perdió uno que jamás volvería a recordar y del que siempre se le quedaría el recuerdo de su olvido. “¿Le pasará a más gente? Me refiero a eso de acordarse de que olvidaron algo para siempre, ¿le ocurrirá a alguien más?”.

Jonás se puso a mirar la línea irregular del horizonte al tiempo que se tapaba con la mano el ojo, como un pirata. No digo que ojo se tapó ni que mano usó, porque anduvo haciendo muchas pruebas e incluso se pasó un brazo por detrás de la cabeza para taparse el ojo contrario a ese lado. Jonás había pensado que el horizonte podía servir como unidad de medida, así podía decir que el Amaraun se encontraba a trescientos horizontes de donde él estaba. Aunque también sabía que el horizonte no siempre medía lo mismo. “¿No es maravilloso? Una distancia que no siempre (casi nunca) mide lo mismo y que, sin embargo, siempre utiliza la misma unidad de referencia.”
Y Jonás empezó a pensar que quizá los horizontes no eran de gran utilidad para medir distancias, o quizá sí...

Sabía de las cosas que solo se pueden medir con expresiones como: mucho, mogollón, poco, nada, etc. Así que imaginó que el odio, el rencor y todo ese tipo de sentimientos aumentan la distancia de horizonte entre personas, mientras que el amor y cosas así, la disminuyen. A partir de ahora mediría sus sentimientos en horizontes.

Jonás retiró la mano que tapaba su ojo y luego cerró ambos. Algo regresó a él, quizá su alma, y poco a poco se disipó su dolor de cabeza. “Si hay un horizonte los paisajes se quedan por debajo, tan bellos e indescifrables; y por encima, la inmensidad incomprensible.”
Jonás solo quiere caminar, y sabe que el horizonte siempre ha estado ahí, frente a sus ojos; sonríe y se pone en marcha. Jamás llegará hasta él, pero está tan cerca.

21 de octubre de 2011

Sena




Con un largo y cómodo vestido amarillo salió Sena por la gran puerta de la ciudad amurallada. La niña eterna ⎯así la llamaban⎯ se paró en seco en mitad del camino y contempló el movimiento vertiginoso que causaban los negocios dispares y alocados citados a la entrada de Járiga, miró en rededor hasta que sus aniñadas pupilas quedaron prendidas en el único ser que no participaba del mercadeo. Se dirigió hacia él decidida cual guepardo hambriento.

Ventura se quejaba en silencio aún del dolor mientras secaba con el dorso de una mano las lágrimas insurgentes y, con la otra, palpaba el tobillo en busca de sangre arcillada al contacto con el basto tejido de los calcetines. Alzó la mirada lo justo para contemplar el mundo que a su alrededor se movía y vio a una niña con un elegante vestido amarillo acercarse hacia donde él estaba. No parecía que el tobillo hubiera sangrado. Sería una niña pero, a Ventura, le daba toda la impresión de que venía a cobrarse algo, al menos ese era el lenguaje de sus decididos pasos. Y él no recordaba deberle dinero a ninguna niña y tampoco a ningún padre de ninguna niña, ni a nadie. La sensación era tan incómoda... Ventura notaba las pupilas de aquella niña enfocándole como objetivo y a ella misma como proyectil, jamás se sintió diana tan cierta.

Las personas eran hitos quietos en una carretera al veloz paso de Sena. Como si su caminar fuera lava volcánica no había nada que la entorpeciera. Sin siquiera un jadeo llegó.

⎯Ni te muevas, no sigas buscando explicaciones, han sido los Mamus. No tienes heridas, tranquilo. Sígueme. - Dijo Sena a Ventura como un adverbio sin tiempo.

⎯ No es que me guste mucho la idea de seguir a una niña desconocida, y no pienso hacerlo, pero aunque por remoto deseo así lo quisiera, no puedo hacerlo con este horrible dolor.

⎯¡Oh, ese horrible dolor! ⎯ Exclamó Sena, elevando después con sana malicia ambas comisuras. ⎯ Y no soy una niña, que te quede claro.

Sena se clavó de rodillas frente a Ventura, sin apartarle la mirada y con gesto de seda acercó sus manos como un bebedero invertido hacia el tobillo dolorido, despacio, muy despacio.

Todo el dolor de su tobillo desapareció como un tiempo pasado. Ventura agarró la mano se Sena. 


Aire, espacio vacío. Ninguno de los dos seguía allí.




18 de septiembre de 2011

A las puertas de Járiga




El solitario camino que recorriera Ventura fue descargándose en nimbos que llovieran gentes, carretas, animales de tiro y ruidos encontrados. Cabizbajo y lleno de tedio como el primer día, avanzó mirándose los raídos zapatos de pita y ese extraño material gomoso traído de Entremundos por enlazadores y viajeros eventuales. No quiso alzar la cabeza ni siquiera para contemplar las murallas que fortificaban la ciudad. Ciudad que figuraba la esperanza de muerte al tedio que ya formaba parte de su autorretrato.

⎯¡Vendo lo que tu cuerpo necesita! ⎯Dijo una mujer con voz de sinuosidad serpentina. La relevó una voz masculina: ⎯¿Tiene sed el caballero? Llevo en mi bota algo mejor que el agua...

Las voces se sucedían entre suplicas, ofrecimientos y ofertas apetitosas, pero Ventura hacía caso omiso de los significados de las frases melosas y solo caminaba hacia adelante como un borrico decidido. Algo le golpeó en el pie y cayó al suelo como un árbol en mitad del bosque. Nadie quiso darse cuenta de que un hombre yacía sobre el firme en llanto dolorido, nadie quiso acercarse hasta él para prestarle ayuda, y Ventura pensó que realmente, entre tanta gente, el único ser que existía debía de parecerse mucho a dios: Crees notar su existencia pero te ignora todo el tiempo.
Ventura sabía de los dioses por los cuentos que llegaban de Entremundos y de la historia antigua de Járiga, eran historias atractivas que cambiaban con los ciclos humanos. En Járiga ya hacía tiempo que se habían rendido a la evidencia de que los dioses eran verdades absolutas cíclicas, que podían durar en el imaginario de las gentes dos o tres mil años y que luego cambiaban. Lo único que perduraba como verdad de todas las religiones transidas era la fe, la necesidad de la fe como bastón universal del ser, la fe como unidad de los mundos. Y Ventura tenía fe. Fe, tedio y dolor en distinto porcentaje dentro de si.

Algo le había golpeado el pie derecho con la fuerza de una bestia imaginaria. Los veloces soldados de la escuadra del dolor avanzaron con vivos gritos de guerra hacia el cuartel de contra-información arrasándolo todo, y Ventura emitió un ahogado alarido que despegó desde el suelo hacia el cielo con la velocidad de una rapaz en picado. Mucho tiempo pareció pasar hasta que el dolor cesó lo necesario para que se levantara de la tarima de polvo rojo con los ojos encebollados y el gesto tan arrugado como la palma de la mano en un puño cerrado, caminó cojeando, como pudo, hasta un improvisado asiento en una roca orillada en el camino y allí se quedó contemplando el fluir de las gentes mientras se preguntaba qué demonios le había golpeado.





7 de septiembre de 2011

Noche y día




Fue por el Oeste donde el beso carmesí del Sol ruborizó el horizonte, el coqueto firmamento mudó su traje de agua por la elegancia de los astros, la noche llegó tibia y el viento no transportaba humedad en sus tinajas invisibles. Ventura sacó de su zurrón la navaja y el ovillo de guita y lo llenó con hierbas tiernas que arrancó a mano de los bordes del camino, se tumbó en una plana extensión encabellada de vetiver y usó la alforja como almohadón de sueños. En contacto con la tierra que horas atrás le hubo mostrado sus temores se quedó mirando a los ojos cerrados del día. Apretó entre sus manos arena suelta y así le preguntó a las estrellas:

⎯¿...?


Ellas le respondieron de igual manera. Ventura se durmió entre los pachulis verdes, sobre sus largas raíces escondidas, bajo el negro océano de puntos suspensivos, al abrigo tibio de la noche y su silente beso.

Fue por el Este por donde abrió los ojos Ventura, el horizonte se había dado la vuelta mientras dormía. Se desperezó como una civeta, vació su zurrón y anduvo de nuevo por el Camino Real. Tras dos hora y media de camino, aunque el tiempo ya no podía ser medido, la senda que transitaba se volvió roja de ocasos y rubores. Y ante sus ojos, estática de lejanía, se dejó ver la ciudad.

El tedio es un bochorno en el espíritu que va dejando lacio el ánimo, pensó. Recordó la taberna de La Curia en una nebulosa blanquecina y el camino andado como si no lo hubiera recorrido él mismo. No sabe cómo, pero el árbol quieto y deshojado se había vestido en su memoria con las plumas del ave que cruzó el celeste, agitaba sus ramas emplumadas y en su vaivén hacía temblar a la tierra; y en su memoria también, los silencios eran vainas abombadas por semillas de paz y quietud. Ventura miró a lo lejos sin ver, hallando en las curvas oleicas del viento el bravo rumor de una gran ciudad que despertó quizá mucho antes que él.