16 de abril de 2011

La crisálida de María Pan

© María Pan

Estuve tejiendo un discreto silencio donde ausentarme
hasta que pude envolverme con él toda enterita.
No sé cómo logré concentrar toda la cúpula nocturna
dentro del caparazón de una semilla, pero lo hice.
Una cáscara de seda fina me convertía en fruto futuro
de mí misma. A mí, que siempre quise ser mantequilla en el viento
y dibujar ondas oleicas como ungüento a tu mirada.
Fruto futuro de mi misma...
ahora...
con las veces que me arranqué la piel y guardé la ropa usada
bajo la alfombra de un sueño venidero.
 
Harta ya de desnudarme con el quebrar de los albores
en el revés de las hojas tiernas y sus nervios de grabado,
decidí fundar mi templo. Y en él entré como un diablo,
once veces anillado, cinco veces desvestido,
buscando mi propia noche y mi propio sacrificio.


Tú dormías... Jamás me prestaste atención, vida mía.
Y no te lo tuve en cuenta, tenlo siempre presente.
Te ruego que no desveles aún mis secretos a Xi Ling Shi,
deja antes que mi alas se aceren, para que de una batida
arrasen todo mi pasado, mi templo y mi noche.


He debido de tragarme todos los besos ahí dentro, amor.
Fíjate en mi crisálida, rota como labios abiertos.
De ella emerjo como un manantial, entregada a la vida,
entregada a mi vuelo.
¡Lástima que me quede ya tan poco tiempo!


¡Mírame,
soy la señora que posa
y mantequilla en el viento!


¡Mírame, amor!
¡No dejes de mirarme!


*Dibujo de María Pan, podéis visitar su blog aquí:
http://carapahn.blogspot.com/

6 de marzo de 2011

Vindiano - Primer intento


Mamá dice que estoy creciendo.


Hoy estuve paseando por la luna media con la garganta anudada a la mudez pero mis pensamientos no cesaban en su charlatanería. Yo quería apaciguarlos con canciones tontas o poemas en blanco, lo intenté con todas mis fuerzas, pero ellos no querían callar. Tengo tantas arrugas en el rostro que a veces creo que se esconden entre sus pliegues, entonces me estiro la piel y se desbordan de mis ojos algunas lágrimas. Pero ellos siguen ahí, voraces como el hambre, tejiendo su manto infinito en mi cabeza. ¡Oh, sí, son mis pensamientos pero no los controlo!.


Mamá dice que me estoy haciendo todo un hombrecito.


De inertes biberones me amamanto mientras que voy envejeciendo al compás de las piedras catedralicias. ¡Quiero hacer tantas cosas!. No puedo soportarlos, a ellos, a mis pensamientos. Su constante repicar me está volviendo loco de puertas para adentro. ¡Qué fácil es trabajar en lo invisible!. Me están destrozando, incluso han hecho agujeros en mis calcetines. Hoy los he dejado cabalgar sin montura y se han alzado sobre mí apoyados en sus cuartos traseros, querían derribarme, y luego han salido huyendo a toda prisa quién sabe dónde.


Mamá dice que cada día estoy más guapo.


Voy a ponerles fin de una vez para siempre, no soy capaz de soportar este acoso desmedido, para ello he trazado un plan de actuación, todo un algoritmo minucioso y escueto. Llevo pensándolo mucho tiempo, lo he pensado y repensado, le he dado mil vueltas y lo he vuelto a pensar. No puede fallar, es el plan perfecto.


Hoy mamá me ha pasado una mano por el pelo.


Una bandada de estorninos ha cruzado el cielo esta mañana mientras iba paseando. Me han recordado tanto a mis pensamientos (negros, en grupo, de pico afilado, perfectos en su vuelo) que me he quedado mirándolos hasta verlos desaparecer dirección al horizonte. Es imposible contener tantos pensamientos. No lo entenderíais, es casi doloroso. Por eso he creado un plan, porque es algo imperiosamente necesario para continuar, porque yo quiero ser feliz. ¡Ya basta! ¡Dejadme en paz!


Mamá me ha dicho que tengo que comer más.


Quiero llorar... Me he asomado un poco al ábside anormal de mi abismo y he encontrado algo de paz en su espectral vacío. No puede fallar, mi plan no puede fallar. Lo tengo todo medido y calculado. Será esta noche, cuando den las doce; entonces lo pondré en marcha. ¿Habéis visto alguna vez la aguja de una máquina de coser en funcionamiento? Así son mis pensamientos, punzadas sobre tela.
Es el plan perfecto, perfecto. ¡Oh sí, me muero de ganas de que esto acabe de una vez!


Mamá me ha dejado con cuidado sobre la cuna y me ha cantado una canción muy agradable. Yo le he sonreído y sus ojos se han llenado de luz. No es fácil sonreír cuando duelen tanto los pensamientos pero ver sus ojos iluminados es algo por lo que merece la pena el esfuerzo. Luego he cerrado los ojos y me he hecho el dormido. Mamá me ha rozado la mejilla con uno de sus dedos y ha salido del cuarto.


No sé en que momento ha empezado a volverse todo blanco. De repente mis pensamientos han empezado a convertirse en intermitentes balbuceos sin sentido. Me está costando mucho entenderlos. Es como si algo dentro de mi cabeza se estuviese reiniciando. Pero... ¿Y mi madre?. Yo ya fui pequeño una vez, ¿qué hago en este cuerpo? ¿por qué me cuesta tanto entender mis pensamientos?. Bu bu... eh... ta ta... ¿Qué es esta sensación tan blanca? Bu bu... aje... aje... Quiero llorar, quiero llorar, noto como empuja por todo mi cuerpo el llanto y se abre paso por mi garganta...
¡Buah... buah... buah!


No sé donde estoy, no hay nada visible alrededor ni nada definido. Esta vez he fallado, no he conseguido detener mis pensamientos, pero el plan era tan perfecto... Tengo que intentarlo de nuevo, necesito otro cuerpo, buscaré otro cuerpo. No quiero seguir errando como un fantasma, no puedo parar mis pensamientos.

27 de febrero de 2011

Semilla dorada




La tarde comenzaba a cabecear sobre el almohadillado horizonte de cirros mientras la noche se desperezaba aspirando el aire previo al bostezo. Encinto suspiró. Sus pies ahora eran sabios y conocían las distancias y los caminos, no llegaría a la ciudad hasta entrada la noche.
Decidió encontrar refugio y seguir caminando antes del amanecer; quería entrar en Járiga con la luz del día.
Salió del camino rojizo hacia los tonos de contraste cuando una diminuta figura llamó su atención. Se acercó hasta ella y se agachó para contemplarla. Era una semilla dorada.
La puso en la palma de su mano y la llenó de sombra al cerrar sus dedos. Sin ningún motivo, Encinto comenzó a reír con carcajadas de sándalo y a llorar fresas lágrimas de euforia. Y corrió por los campos y saltó. Y cantó canciones de hiedras encaramadas al alma. Silbó, gritó, se revolcó por la tierra. Y una esquirla de luz que salía de la mano que daba sombra a la semilla le iluminó el rostro.


Encinto abrió los ojos, un día radiante entraba por la ventana. Se levantó de la cama y se asomó por la cristalera: Coches aparcados, algunos transeúntes, edificios de ladrillo rojizo... un día maravilloso.
Miró las palmas de sus manos sin pensar en nada y sin pensar en nada dijo “Sí, hoy es un sí, porque me late la vida. Seré voraz con el día como un lobo, caminaré despacio como un elefante, abriré los ojos como una lechuza y haré brotar a cada segundo mi semilla dorada. Porque tengo otra visión de la realidad y es bella hasta en su miseria. ¡Sí!”


Quizá en algún otro sueño alcance la ansiada ciudad de Járiga. Mientras tanto, y aun sin saberlo, ya ha empezado a obrar como imaginartesano.

19 de febrero de 2011

Gris y arruga traen memoria




“¿Quién disparó, fuiste tú?”
“¿Quién disparó?”

Y el pensamiento se establece entre las arrugas de su materia gris hasta que él mismo se convierte en pensamiento que no duerme. Y Encinto se vuelve gris. Y el pensamiento se vuelve músculo y le acerca el alimento como trompa de elefante. Y Encinto se siente pesado y lento.
Ya nada volverá a ser como antes...

El ambiente de la lobera se vuelve denso y aromoso como masa de dulce árabe, las respiraciones de los lobos emergen como gelatina que tirita ante sus ojos, y sus ojos solo ansían cerrarse.

-Tengo que salir de aquí, quizá un poco de aire fresco subyugue a la rapaz de ojos grandes y me deje volar al sueño.

Pisó la hojarasca y la hierba frías de escarcha deshaciéndolas con su calor corporal en breves charcos de agua. Apenas se dio cuenta de que volvía a caminar.
Emprendió su paseo en la noche, a través de un boceto a carboncillo del bosque de los lobos, volviéndose cada vez más gris y pesado hasta que el alba emergió desfigurando la sombra. Entonces supo de la memoria y la lentitud. Encinto ya era un elefante.

Un elefante de grandes orejas y parda piel cuarteada. De ojos pequeños, tristes, que destilan consideraciones y astros, y otras profundidades del ser que solo Encinto sabe descifrar no sin dobles interpretaciones. Un elefante de paso cruzado y hundido en la tierra. Un gran pensamiento cavilante y lento, como aguja pequeña de reloj que avanza inexorable en su circulo ficticio.

Encinto recogió su trompa en espiral acercándosela a la boca. Se alimentó de retoños y brotes tiernos. Se aseó en un lago del camino y antes de que cayera la tarde, por fin pudo dormir.

Su augusta memoria influyó en lo visible de sus sueños: Se encontraba en Entremundos y corría el mes “magnífico”. Un tímido “no”, en letras de seda, se aceraba en su crisálida hasta que la quebró con sus alas de metal. De allí partió, en ígneo vuelo, la mariposa venenosa que le atravesó el corazón, una Chrysiridia. Encinto se vio a sí mismo buscando la trayectoria de la la bala que después lo mataría. Y Chrysiridia fue bala aleteando en su pecho. Se vio morir. Y despertó.

Encinto, el elefante, caminó lento y gris, tocado por el sueño reciente. Caviló. Con su larga trompa dibujó una “S” y abriendo sus grandes orejas como una mariposa decidió poner rumbo a la ciudad de Járiga, en busca de la “I”.

¡Oh, sí, la “I” de los imaginartesanos!

Los bosques se fueron quedando calvos dando paso a los campos de siembra y a los caminos. -¡No puedo entrar en la ciudad con este aspecto tan grande y gris!- Se lamentó a viva voz. -¡He de encontrar mi cuerpo!

Y con su lento caminar y sus pequeños ojos tristes avanzó hasta una senda rojiza. La misma senda por la que empezó a caminar recién muerto.

Abrazó con su espiritrompa de elefante-mariposa el tronco del árbol claro donde en sueños le cantó una canción la luna y lo arrancó.
Las raíces movieron la tierra y se asomaron a la luz apretando sus ojos ciegos. Ahí estaba su ropa, enredada entre los tentáculos del árbol de corteza clara.
La recogió y la sacudió en el aire.
El árbol de corteza clara ardió desde la copa hasta la raíz y una ceniza de semillas tapó la herida de la tierra. Encinto se acostó sobre esa cicatriz y lloró, pequeños brotes lanceados cubrieron su cuerpo, que menguó hasta volver a ser de nuevo el de un hombre de busto tierno.

Miró sus manos sin pensar en nada. Y sin pensar en nada se vistió y volvió a caminar hacia la ciudad de Járiga.




5 de febrero de 2011

Boca grana y pensamiento rapaz




-Todas las cosas del mundo están desnudas, todas excepto los hombres. Y yo ya no quiero ser hombre, yo ya estoy muerto. Ahora quiero ser lobo y también quiero ser elefante, así me lo cantó la luna.


Con estos pensamientos caminaba hacia los llanos quebrados donde no hay ciudades ni gente. Se sentía satisfecho, había aprendido a reconocer los caminos con el tacto de sus pies e iba desnudo sin avergonzarse del cuerpo. Se orilló al borde del camino en dirección a una roca que le invitaba a sentarse, un trono natural veteado de grises donde podría, por un rato, colgar y balancear sus pies. Se sentó y cerró los ojos para encontrar la noche. De nuevo se quedó dormido y soñó. Soñó con escenas que no seguirían vivas cuando despertase. Y siguió soñando hasta que el viento quiso; porque fue el viento quien trajo en sus alforjas el sonido de las vocales cerradas que se alargan hasta la luna como el brillo de estelas con “chorus”, fue el viento quien trajo el aullido de los lobos en su bandeja de plata y fue el viento quien lo acarició con sus manos heladas. Encinto despertó al compás de un latido y su quieto corazón se reconfortó en el como si fuera un indulto.


-¡Ya llegan los lobos, ahora beberé de los ríos y comeré de la vida en su compañía! ¡Encinto quiere ser lobo y mamará de sus tetas la leche de luna que se derrama en la noche! ¡Ha llegado la hora, mi aullido será tan vertical como un orgasmo y ondulará en las ondas como bandera!


Y así fue como Encinto dio prioridad al sentido del olfato para recorrer los campos y aprendió a vivir en manada. Así fue como Encinto mató y comió de la vida sin remordimiento. Encinto, el del corazón parado, sacó sus dientes de estrella nacarada y los tintó de sangre caliente hasta que de tanta muerte recuperó la vida. Y Encinto dejó de andar por los caminos y se puso a correr. Corrió más que el tiempo y más que la distancia, ya nada podía medir su velocidad.


Jauría y saliva.
Sangre y luna.
Llegó la noche al cielo y la sombra a la tierra. Y sobre el bajo ramaje de un árbol de corteza oscura se posó un pensamiento con ojos de lechuza. Tras ahuecar sus alas, encendió el ave rapaz el fanal de sus ojos, descubriéndose presa de Encinto, el lobo de boca grana.
Encinto, el ahora depredador que sigiloso avanza, más felino que cánido y hambriento de tanto correr, con un salto fugaz lo atrapa y lo devora.


Encinto se ha comido un pensamiento de ojos abiertos en la noche calma. Un ave de plumas en tinta impregnadas que le graban su texto en la frente, hasta que Encinto se atraganta.


-Es hora de dormir junto a la manada. Mañana será otro día, mañana habrá nuevas horas.


Encinto corre descalzo y desnudo en la noche bajo la pálida luna. Y corre tanto que el viento se torna eléctrico de la fricción y las cosas dejan de ser concretas.
Cuando llega a la lobera, se tumba mezclado entre el pelaje que respira dormido y se deja contagiar. Pero no consigue alcanzar el sueño, el pensamiento de ojos abiertos le susurra en lo invisible: “Encinto, ¿quién disparó, fuiste tú?”



29 de enero de 2011

Entrada y sueño




Encinto bebe del beso del aire la humedad mugiente mientras camina.
- Se acabó para siempre el mundo real.- Le afirma uno de sus pensamientos. Y ese pensamiento se vuelve evangelio y en ese evangelio se descubre rey. Rey de un país de piel con millones de células leales y serviles.


Camina y se sale de Entremundos rumbo a Járiga.
Han debido de pasar muchas gentes durante muchas épocas por la senda que sigue y, sin embargo, tiene la sensación de ser el primero en pisar la tierra rojiza que la define.
“He debido de estar aquí antes, conozco este lugar. Quizá no lo recuerdo con nitidez pero he debido de estar aquí antes. Estoy seguro.”


Somormujos y crisantemos encienden una exclamación sensorial mientras que todo su pasado da un paseo por su mente, postales e instantáneas de momentos vivos y difusos hacen la urdimbre para la tela que deviene en sábana. La sábana que trae el sueño que se lo lleva. Encinto se apoya en un árbol de corteza clara y allí se derrama lento como espuma. Bebe del beso del sueño el mismo sueño y bebe hasta despertar dentro de el.


Arma corta.
Gatillo y cañón.
Disparo al corazón.
¡NO!


No ha sido un suicidio, ha sido la muerte misma de la ilusión (Encinto se revuelve). Un atardecer carmesí lo pone en alerta y del cielo unos labios plata de luna le susurran, Encinto escucha. Escucha una canción de cuna.


“Transforma tu vida en sueño, hijo mío,
aprende de los imaginartesanos los secretos
y el vocabulario.

Duerme entre nubes, mi bien.
Despierta entre elefantes y lobos
que ellos te enseñen el modo
de llegar hasta el Edén.

Dale a tus sueños la vida, mi dulce querer,
encuentra las puertas de espuma marina
que hay más allá de tu piel.

Duerme entre nubes, mi amor,
que cuando abras los ojos y el alma
ya estarás en Járiga. ¡Déjate arribar!”


Cuando Encinto abrió los ojos vio desaparecer el mundo del que vino. Se quedó sentado hasta que la brecha se cerró por completo y entonces se miró las palmas de las manos sin pensar en nada. Luego se levantó, se quitó la ropa y la enterró junto al árbol de clara corteza. Miró hacia la ciudad de Járiga, perfilada al sur como una pintura al óleo, y caminó desnudo hacia el oeste. Ya no quiere ir hacia ningún dónde, sólo quiere caminar.



21 de enero de 2011

La muerte monosilábica de Encinto

¿Quién disparó? Encinto creyó haber sido él (no había nadie más allí) pero eso era imposible... ¿Cómo?

Después de un sonido semejante a un chascar de dedos, multiplicado por mil, el diminuto tren de la muerte recorrió el oscuro túnel hasta su destino. Pero no paró allí, lo atravesó.

La imagen era nítida:
Un arma corta, de la longitud de un monosílabo.
Un dedo apretando el gatillo de la letra “N”.
Un proyectil atravesando el cañón de la “O”.
Un corazón.
Una minúscula e incandescente estrella fugaz cayendo sobre mantequilla.

A Encinto le mató un “NO”. Después se negó a sí mismo y se volvió errante y errante. No quiso pensar en nada más.
Ya nada volvería a ser como antes.

Percibió la pausa rítmica de su corazón y le prestó la urgente atención de una herida, después de una diástole casi rebosada no llegó sístole alguna. Un hogar deshabitado. Su corazón quedó vacío y quieto como una noria al acabar las fiestas.
El color de su rostro ansió descontrolado vestirse de blanco como una novia, al tiempo que una niebla artificial, carente de humedad, erraba su visión como un mal enfoque.
Su esperanza en cambio quiso vestirse con elegancia y se vistió de negro.
Encinto, que ya se había dado por muerto, se descalzó y comenzó a andar. Caminó sin zapatos, sin sangre, sin sentido y sin esperanza, pero caminó. Y se fue más allá, mucho más allá.

Descubrió la virginidad del sentido del tacto en la piel de las plantas de sus pies, tanto tiempo apartados del sentido puro por la sobreprotección de los zapatos.

-Los muertos no necesitan zapatos, los muertos necesitan sentir la tierra.- Se dijo.
-Quizá mi corazón no quiera latir pero mis pies sienten cosas nuevas: todas las texturas que les fueron camufladas: Rugosidades, lisuras, irregularidades, piedras afiladas, tierras húmedas, cantos rodados, hierbas secas, alquitrán, aceras, pinturas...

Encinto caminó. Y a cada paso sus piernas, convertidas en tijeras, cortaron el viento quieto y la materia común de todo lo que existe. Y así, caminando sin descanso, le hizo un corte a la realidad por donde pudo ver la brillante ciudad de Járiga.

Miró a través del reciente corte con difunta curiosidad. - ¡Járiga!... ¿Cómo puedo conocer su nombre? -Se preguntó. Y quiso caminar por dentro como la sangre, directo al corazón, hacia El Amaraun, el palacio de La Tejedora, La Niña-Reina.




15 de enero de 2011

Arida Márquez - La mujer sin semilla






En tu fértil y abundante tierra
te volviste yerma, 
Árida Márquez.

Sembrada de muchas esperanzas
fue tu fruto
solo el surco.

Herida en la tierra.




17 de diciembre de 2010

La memoria de Bohemundo
Los bosques de Phéser (V)




Una luz laminada e impregnada de purpurina orgánica juega con la sombra entre los sauces y fresnos. Proyecta haces aleatorios sobre la tierra donde encuentran foco tonos pardos, ocres y verdes que se dejan contemplar tímidos y radiantes.
Por la pasarela de delgados tallos desfilan quietas las flores; el viento aplaude valiéndose de las hojas de los árboles; las aves silban ocultas entre el follaje, encendiendo sus vivos ojos de bayas de pimienta negra; y los aromas húmedos se emocionan sin vergüenza alguna.
Esto es puro jazz para los ojos que miran. La suerte del vivo sonido que emana de la profundidad de la superficie terrestre. Armónicas notas en clave de luz y silencio.
Puro jazz, pura vida. Éxtasis.
La quieta función de lo que nunca se detiene.

Cuando conectas con algo tan bello los pensamientos y el tiempo se paran, siempre que no tengas detrás de ti a un ser convertido en Tiguar intentando darte caza. Crucé luces y sombras como quien atraviesa el pelaje de una cebra hasta alcanzar un pequeño claro. Bohemundo me seguía de cerca, su respiración era un violento géiser intermitente y casi notaba su calor en la nuca. Me detuve en el claro, una superficie irregular en forma de circulo donde la vegetación alcanzaba la altura de los tobillos, y sin mirar atrás aguardé la llegada de mi figurado depredador.
Tardaría siete segundos en llegar, a mí me bastaron tres para tejer las palabras que enlazasen su desierto de hielo con su memoria. Yo ya estaba preparado, se acercaba... cinco, seis y... Frío.
Bohemundo se paró detrás de mí rugiendo como el arrastrar de armarios de madera por el piso. Por un instante pasé miedo, mi piel se volvió tirante y un escalofrío agitó mi cuerpo con una sacudida inconsciente. Me giré, miré a sus ojos y pronuncié la primera de las palabras casi como un saludo oriental a Bohemundo: ¡Maestro!

Una avanzadilla de baja niebla se adentró en el claro del bosque curioseando entre la maleza con timidez, pronto se convirtió en un ejercito armado de húmeda levedad que invadió todo lo visible. Parecíamos estar dentro de las blancas entrañas de un fantasma pero aquí el único ser cubierto, el único Mamu, era Bohemundo.
La niebla se volvió eléctrica y azul alrededor de Bochán y su gesto mutó hacia la tristeza. Por primera vez desde hacía muchos años volví a escuchar su voz profunda y serena.

-Al maestro deberían haberle enseñado a afrontar los dolores del alma.- Su rostro se comprimió arrugándose como una ciruela pasa mientras hacía el esfuerzo por contener las lagrimas. -Hay situaciones en la vida en las que no puedes interferir, no te pertenecen, sólo suceden como el tiempo se sucede a sí mismo. Y llegan a doler tanto que los ojos se endurecen, como si cayese cera derretida sobre ellos.

Comenzó a menear su cabeza en un sutil vaivén de negación al tiempo que la inclinaba y apretaba los párpados. El resto de su cuerpo se contrajo como las pupilas de un felino. Dijo una palabra amarga, de esas que estropean cualquier celebración, y entonces estalló por dentro.

Como el florecer de una rosa, vista a cámara rápida, el núcleo de cada una de sus células explotó. Desapareció por completo la matriz extracelular dejando sueltas a merced del viento todas sus células que, debido al calor residual de cada explosión, tomaron el color que mejor les vino en gana y así, y utilizando la niebla como fondo, se llenó todo de una especie de microscópicas luciérnagas en color champán, bermellón, corinto, marfil, ciclamen, pistacho, piedra, magenta, azul, vino, turquesa, coral... y tantos otros colores que, incluso algunos de ellos, aún no tienen nombre.

La explosión sólo fue audible a nivel molecular pero hizo un ruido ensordecedor.
No pude enlazar nada más. Bohemundo no soportó enfrentarse a los recuerdos que escondía en su frío desierto y desapareció junto a la niebla.
La luz volvía a juguetear con la sombra entre las ramas y yo me apresuré a buscarlo con la mirada. Ni rastro.
Lloré por Bohemundo como un batallón de nimbos sobre los mares. Lloré hasta que mis ojos se limpiaron tanto que la encontré. Allí estaba, acurrucada entre mis brazos como un bebé dormido, la reconocí de inmediato. Era su memoria.

Comprendí que era mi turno. Tejí, hilé, enlacé y construí una nueva historia... La memoria de Bohemundo.

“Bohemundo fue mi primer maestro en el arte de enlazar. Era un hombre serio y taimado. Un gran hombre...”

11 de diciembre de 2010

Bordeando el lago Kinshuó
Los bosques de Phéser (IV)




Los posos de cualquier cosa, en el fondo, siempre dejan un regusto amargo.
El otoño hace sangrar a los árboles de forma sólida, bella y delicada.
Bohemundo levanta murallas incluso a su sombra.

Mi rojo amor sangra con un regusto amargo porque no quiere ser sombra, y se enfurece. Corre loco en un espacio demasiado pequeño para sus grandes zancadas, demasiado estrecho para sus fuertes latidos, demasiado cerrado para sus ansias de volar, porque mi rojo amor es un gas sin volumen ni forma definida.

Bohemundo es un trozo de mí. Él fue mi primer maestro, él tejió un trocito de esta larga bufanda de punto que es el camino por donde transito buscando calor, abrigo y cobijo. Él es tan parte de mí como mi infancia o un diente de leche. Amo a este hombre con mi rojo amor gaseoso.
Tiempo atrás, aprendí a transformar mi rojo amor a estado de plasma y ahora enfoco su uso en mi labor con la causa de Bochán, se lo envío cálido como un viento solar y bello y asombroso como una aurora.

“Hemos de recuperar tu memoria, querido Bohemundo. Si han de traspasar mi piel las translúcidas aristas de tu desierto de hielo, recuerda que mi sangre es caliente como magma y que mi ser conoce todos los estados de la materia, incluso los no conocidos aún.”

Dirigí la mirada hacia el lago Kinshuó. Bohemundo seguía lanzándome palabras de mordisco canino con la intención de desgarrar y hacer jirones mi alma.
“Mi rojo amor como plasma”
Mi rojo amor como un rayo consiguió descolocarlo un segundo que aproveché para correr en dirección al lago. Bohemundo creyendo ver en mi acción una huida, no quiso dejarme escapar, y se apresuro tras su presa como un Tiguar.

¡Oh, Bohemundo, eres tan necio que algunos incluso te temen!
Pero yo no, yo corro porque he visto tu desierto escondido en el bosque, yo sé donde dejaste tu memoria y allí te llevo.
¡Corre Bohemundo, corre!

El lago Kinshuó murmura bajo la voz del viento, bajo el diálogo atropellado de nuestros rápidos pasos, bajo los gritos enmudecidos de la tierra que pisamos. Murmura la canción que hace dormir a los peces, la misma canción que los convierte en voraces depredadores. Es la canción de la tejedora de algas, la nana perversa del sueño profundo.

Corro como un corzo asustado pero no tengo miedo, sé que me aproximo al lugar imaginario donde Bochán perdió su memoria. Dejo atrás el lago y afronto la ladera como si fuera un llano. Bohemundo sólo tiene ojos para su presa.
Tropiezo. Pierdo el equilibrio y caigo. Bohemundo me lanza una palabra-bestia que se disuelve en mi alma dejándome un agrio regusto bilioso. No puedo evitar llorar, y lloro, pero me levanto.
Hay palabras que te inundan de un penar acuoso, esas palabras te vuelven pesado y lento como un elefante drogado. Ésta es una de ellas. Ahora corro como una vaca torpe, creo que no me queda mucho para llegar pero Bohemundo sigue siendo un Tiguar. Está a punto de alcanzarme y sé que hay palabras que matan. Necesito ganar un poco de tiempo.

Me giro con la sensación de hacerlo a la misma velocidad que un planeta en su movimiento de rotación, me parece que pasa todo un día completo hasta que consigo dar la vuelta. Enlazo una palabra inventada con el murmullo del lago y cae sobre Bochán un pesado y húmedo edredón de algas, como una tela de araña gelatinosa.
“Esto me dará el tiempo suficiente para limpiar mi alma de su ataque, o eso espero.”

Busqué una roca porosa que hiciera de esponja para que no se entristeciera la tierra con el residuo de la pena y lloré.
Lloré la palabra-bestia hasta que se durmieron los peces, hasta que se marchitó la roca, hasta que me volví transparente como el vidrio. Después continué hasta la parte más frondosa del bosque. Miré hacia atrás. Bochán, el Tiguar, volvía a correr tras de mí dejando en el aire amorfos latigazos de saliva.




5 de diciembre de 2010

Desierto de hielo
Los bosques de Phéser (III)




No había dicho nada desde que lo saqué de la taberna. Ahora me mira en silencio y con curiosidad. Es un animal alerta, gacela y guepardo a la vez.

Un soplo de brisa me acaricia la piel como una pincelada rápida sobre lienzo. Miro fijamente a Bohemundo, calculo su estado de embriaguez. Sus ojos: delgados relámpagos rojos cruzan su esclerótica; más adentro: danzas airadas revolotean como una nube de estorninos enajenados .
No reconozco a este hombre. No hallo rastro de Bochán, alguien borró las huellas del sendero a conciencia.

- ¿Dónde dejaste tu memoria?- Le pregunto abiertamente.

Silencio y chicharras.
Viento y silencio.

Mi mente trabaja a velocidad eléctrica.
Bohemundo frunce el ceño y aprieta los labios, sus mandíbulas son un cepo cerrado mientras respira como un fuelle por la nariz. Sabe qué estoy intentando hacer, su rostro se enrojece irritado por ortigas de sangre biliosa y negra.
No le aparto la mirada e insisto, busco el enlace en su mente. Miles de palabras se revientan como huevos contra un muro de cráneo: amor, locura, camino, peldaño, pérdida, corazón, revuelta, miedo, ternura, amistad, ¿aunque sea sólo amistad?, amistad, amigo, amiga, ¿sólo amistad?, amistad...
¡Veo grietas en la tierra que el mar se encarga de tapar rápidamente!
Sé que está ahí. Amistad, amistad, rechazo, desprecio.

¡DESPRECIO!

Bohemundo intentó alejarse del sufrimiento en los bosques de Phéser. Era un buen enlazador y supo hacerlo muy bien, ahora no es capaz de llorar o de reír.
Bohemundo se cerró al sentimiento, Bohemundo ahora es “cosa”. Ese es el enlace.

Apretó sus puños tan fuerte que parecía tener la intención de hacer fino polvo del viento, sus músculos se tensaron haciendo su cuerpo más voluminoso.
Si se defiende lo hará atacando.
Bestia parda en clara noche al pie de su madriguera: Instinto.

Yo seguía sin apartarle la mirada y solo veía sus ojos, su figura se difuminaba como un espectro indeciso y los bosques habían desaparecido por completo.
Solo sus ojos.

“Bohemundo es ‘cosa’, ese es el enlace.”
De nuevo utilicé la magia de la empatía con las cosas, esta vez con Bochán. Me puse en su lugar, vi mis ojos, me vi a mí y vi los bosques. Pero los bosques eran distintos, una pequeña parte, detrás del lago Kinshuó, aparecía en su visión como un desierto de hielo donde solo poblaban a sus anchas afiladas aristas, como guadañas mortales de ángeles blancos.
No pude cazar ni una mínima brizna de los pensamientos de Bochán ni de sus sentimientos, se había cerrado como una ostra atosigada por un gato juguetón.

Forcé con cautela.
Más por intuición que por conocimiento hilé una palabra estrella en aquel oscuro universo (no sabría pronunciarla, es una de esas palabras que se dicen con la mirada), y como la luz entre las rendijas de una puerta me colé en uno de los pasajes de la historia de Bohemundo, un momento feliz.

“Sólo era una sensación, un largo instante de felicidad y de alegría, como en un recuerdo infantil, pero que se distorsionaba; algo parecido a cuando se mezclan las señales de dos emisoras de radio. Sentí que Bohemundo intentaba mantener una amistad con alguien y el sutil rechazo que recibía.“

Me atacó, quería impedir a toda costa que me adentrara en su memoria olvidada. Me lanzó palabras que los ojos no pueden interpretar, que los oídos no son capaces de escuchar; palabras que se sienten en la piel: los proyectiles de una metralleta cargada de agujas.

Volví a mí.

Volvía a ver sus ojos y el bosque sin desierto. Me concentré en mi respiración, alejé cualquier pensamiento y le mantuve la mirada.

La cosa se ponía fea. Bochán siempre había sido un cabezota y un buen maestro. Me conocía bien y sabía cómo evitar y rechazar todos mis intentos de penetrar en su interior, aunque no fuera capaz de recordarme. Siempre queda un poso.

“Tendré que caminar por su frío desierto... si sé cómo encontrarlo.”




27 de noviembre de 2010

La erótica de las palabras
Los bosques de Phéser (II)




Los bosques de Phéser son puro erotismo. La atmósfera posee la cálida humedad del sexo, las hojas de los árboles caen como caricias sobre la piel de la tierra erizada en verde vivo, los lagos murmuran su dulce balada invitando a entrar de lleno en su profundo cuerpo de agua y los alcornoques laten en su tronco la previa eyaculación de sus resinas. 

Cantos de sirena.

Bohemundo está demasiado borracho para apreciar esta belleza primitiva. Yo demasiado preocupado para masturbar mis sentidos con tan bucólico erotismo pero eso hago. Con un compañero que anda zurciendo el aire con tal desatino no me queda otra que esperar, esperar a que Bochán se despeje un poco, esperar a que Bohemundo sea capaz, por lo menos, de entender mis palabras.

Tejí.

Tejí un manto mullido para acurrucar a Bochán en el sueño que repara. Hile un colchón de tonos tierra y sábanas celestes para que descansara tranquilo. 
Su respiración devino en bestia menor. Roncaba como un trueno en una tarde de tormenta pero eso era bueno, quizá si la lluvia descargaba Bohemundo florecería.

Tres horas estuvo durmiendo. En ese intervalo estuve tirando piedras al lago, piedras duras para que la escena no perdiera su erótica, piedras pardas como rinocerontes en ataque. Acaricié la hierba fresca, dejé a mis pensamientos dormidos en los árboles y a mis ojos colgados en la profundidad de lo no concreto mientras recordaba mi primera clase con Bohemundo.

<< No me preguntó por mi nombre, tampoco saludó, ni siquiera mostró una leve sonrisa. Yo contaba entonces con siete años y tan frío recibimiento me hizo tiritar. Con una voz dura e incisiva, como un cincel, y sin darme tiempo a encontrar mi sitio en el encuentro, me propuso que por cada palabra que él dijera yo debería contestarle con otras tres que la enlazaran.

-¡Pestañeo!- Dijo como quien lanza una piedra. La expresión de mi cara le debió parecer divertida, era como un signo de exclamación dentro de una pregunta, y sus ojos brillaron de satisfacción.

-Instante, párpado, brevedad.- respondí.
-¡Puedes hacerlo mejor, pequeño!- Añadió con condescendencia.

Luego me dijo una palabra más y después otra, y otra. Respondí lo mejor que pude a cada una. Durante un año ese fue todo mi entrenamiento. Cada día me decía veinte palabras y yo debía enlazarlas. Había palabras que no sabía ni que existían y decía lo primero que se me ocurría.

-¡Modillón!
-Refuerzo, adorno...- Me quedé en blanco. Sólo debía enlazar otra más. -Ca... >>

Bohemundo se desperezó con un gruñido de oso que me hizo salir de mis recuerdos como a un gato del agua. Había llegado la hora de ponerse manos a la obra. Había llegado la hora de tejer.




20 de noviembre de 2010

Los bosques de Phéser (I)


En Járiga los fantasmas no son agresivos, no quieren hacerle daño a nadie. Sólo transmiten su miedo y, como un virus, tienen una gran capacidad de contagio.
Los fantasmas tienen miedo de sí mismos. Tienen miedo de lo que pueden llegar a ser y a sentir, por eso no son personas concretas; una sábana tejida con los sentimientos del miedo les cubre su verdadero ser.

La historia de Bohemundo se torció tiempo atrás, cuando se dirigía hacia Entremundos con la única compañía de su voz interior. Se extravió en los bosques de Phéser y allí perdió la memoria, jamás se atrevió a volver para recuperarla. Fuera lo que fuera lo que le hubiese ocurrido, Bohemundo cambió. Se convirtió en un fantasma, un Mamu, un ser cubierto. Yo iba en su búsqueda, así me lo había pedido la Niña-Reina.

Me paré en la misma puerta.

Marfil sobre madera, dos dados. Ocho negro y as: la suma de las letras de su nombre. Soy el croupier designado para controlar este juego. Yo reparto. Bohemundo juega sin saberlo. Hoy es el día en que el azar danzará con él su extraño baile, aquí, en la taberna de La Curia.

Entré.

Uno de los silencios se acostó sobre el suelo como un faquir, ni siquiera hizo el amago de gritar cuando le pasé por encima. Me detuve.
Había más silencios en el local. Otro de ellos, el más intacto y antiguo, se encontraba en cada una de las anónimas piedras que enlazadas formaban el acogedor recinto de la taberna. Allí la vida jugaba a diario con el azaroso destino de los clientes; y el de la piedra era un silencio indescifrable e impregnado de tiempo, un testigo mudo, sordo y ciego que, sin embargo, conocía muchos secretos. Me aislé del bullicio y lo escuché.

Miré en rededor. Vidrio y roble, roca y licor, piel y monedas.

Tras el grueso cristal de la base de una jarra, casi vacía de cerveza, reconocí su rostro. Bohemundo, borracho como un barco sin tripulación, mirada a la deriva, ropa desconchada y palabras inundadas por golpes de océano. Bohemundo “El Necio”, así le llaman.

Dejé vacío el espacio que ocupaba para habitar y abandonar una hilera de espacios consecutivos hasta que llegué a él.
- Me llamo Jonás, soy la cresta de una ola. ¡Te vienes conmigo!.

Antes de que la jarra vacía de Bohemundo dibujara un mapa estelar sobre el suelo de La Curia habíamos desaparecido. Utilicé la magia de la empatía con las cosas que me enseñó Praix. Me puse en el lugar del viento y arrastré conmigo a Bohemundo hasta los bosques de Phéser, el lugar donde los lagos murmuran y los árboles tienen corazón.

Había mucho que hacer, mucho que enlazar, poco tiempo y un compañero nada dispuesto a colaborar en su propia causa. Una amarga canción halló cobijo en mi sistema de comunicación interna, tenía el sabor de las verdes endrinas en los arbustos de la intuición. Miré a Bohemundo con rabia.

Las órdenes de la Niña-Reina, La Tejedora, eran claras como agua de lluvia. O conseguía que dejara de ser un Mamu o era preferible invitarle a la última hoguera.
Bohemundo fue mi primer maestro en el arte de enlazar. Antes de que llegara a convertirse en un ser cubierto era un hombre serio y taimado. Llegamos a ser grandes amigos, aunque él siempre supo mantener las distancias cuando ejercía su labor docente. Le debía mucho a Bochán, así solía llamarlo, y me comía las entrañas tener delante de mí a este despojo inservible que ya ni siquiera quería recordarme. Me puse manos a la obra. Había mucho que hacer, mucho que enlazar y poco tiempo.



13 de noviembre de 2010

Cuando el silencio se desnuda (Alhadira)


Alhadira dejó caer su encaje en la sombra, como un telón de seda. Mientras yo la observaba, sus pezones se encaramaban por las altas paredes de mi imaginación como la hiedra. Todo se volvió verde. Y luego tierra, tierra clara. 

Dio tres pasos, desnuda, hacia la ventana. 
Se desnudó también la luz, que como un ejercito avanzaba por el parqué a punto de conquistar algún mueble; mis ojos, que con la emoción dejaron caer su traje arrugado, como una lágrima; y el silencio, que sólo se quitó algunos complementos, nada más llevaba. 

Todo estaba desnudo, todo menos el tiempo, que rápidamente se vistió con el vasto latido de mi corazón, incluso se puso chistera (siempre le gusta aparentar que es un gran mago). Ella no se dio cuenta de tanta desnudez, lo sé porque vistió su boca con una sonrisa y se acercó a besarme. Chasquidos carnosos. 

Me lamió como una gata pequeña. Yo quería morderle como un guepardo. Torció el cuello. No me contuve. 
Noté como su boca volvía a desvestirse: dejó cachorros gimientes corriendo y jugueteando por mi sistema nervioso. Erizos. Apreté un poco más. Un félido salvaje clavó sus garras en mi espalda, quería asegurarse de que yo seguía siendo su depredador. Pero ella no se dio cuenta de tanta desnudez, lo sé porque me besó con los ojos cerrados. 
También estaban desnudos sus párpados, y su pelo, y sus manos. Me empujó con su piel desnuda. Me dejé caer, ingrávido. Volvió a besarme, me volvió a lamer como una gatita. Le volví a morder. Volvió a gemir. 

Nuestros cuerpos desnudos eran de tierra, de tierra clara, pero querían volverse barro, barro de soplo, barro de dioses. Necesitábamos agua. Exploramos todos los rincones del planeta, todas las superficies y fosas abisales. Hicimos el amor; primero como amantes, después como animales. Agua. Sopor. Peces dormidos.

Había demasiada desnudez. Me asusté, he de admitirlo. Quise vestirme con aquel momento extraordinario. Me lo quise poner todo, no fuera a ser que, de tanto desnudo y por vergüenza, acabara por desaparecer. Pero ella no se daba cuenta de tanta desnudez, lo sé porque callaba; lo sé por su respiración: olas y espuma. 

Nos quedamos en la cama juntos, desnudos. Ella no podía dormir y prefería volver a su casa. Nos pusimos la ropa y la acompañé hasta el coche. Seguíamos desnudos a pesar de todo. Quizá por eso se asustó. Quizá al llegar a su casa intentó vestirse y no pudo. No lo sé, sólo estoy especulando. Especulo porque a mi me pasó. 

Quizá por eso se asustó. Quizá nunca se desnudo tanto como aquel día, ni ella ni las cosas, yo tampoco. Sé que hay miedos que son sastres excelentes y, cuando te toman la medida, te hacen un traje perfecto. Yo conozco unos cuantos que son verdaderos artistas, pero nunca se los recomiendo a nadie. 

Quizá ya no puede verse vestida y, se ponga cuanto se ponga, sólo ve su desnudez. Será por eso que no quiere verme, quizá sea por eso que no coge el teléfono ni me responde al correo, quizá por eso se asustó. Quizá se dio cuenta de que todo está siempre desnudo y, quizá, tema que la pueda seguir viendo desnuda a través de sus ojos, o de su voz, o de sus letras. 
O quizá, simplemente, no le guste desnudarse para cualquiera.

Cuando el silencio se desnuda, los sentidos estorban. 

7 de noviembre de 2010

Narrador casi descubre a Jonás

Dicen que la Niña-Reina, La Tejedora, es como Dios; 
que no sabe distinguir entre el bien y el mal. 
En cierta ocasión, me dijeron 
que jamás le reprochara sus decisiones 
bajo conceptos tan simples como justo o injusto. 
Me advirtieron de que ella no entiende tales palabras.


Tuve un sueño, emborronado a causa de las ondas concéntricas que formaban las piedras que mi fe y mis ilusiones le lanzaban. Lo veía, lo intuía. Ansiaba asirlo para mecerlo en mi regazo. ¿Cómo no me percaté de que sólo era un reflejo? No lo sé. 

Una tarde en la que el sol parecía haberse torcido, me miré en el espejo de mi cuarto de baño. Durante un rato estuve observando al tipo de enfrente con amplia extrañeza, entonces caí en que ese tipo era yo mismo. 

-¿Así que éste soy yo?- Me pregunté maravillado. 

-Sí, ése eres tú.- Respondió una voz dentro de ¿mi cabeza? Lo afirmó con tal seguridad que el cielo acabó llenándose de nubes. ¿Cómo podría ser “yo” alguien que me responde en segunda persona? 

Desperté, todo había sido un sueño. 

Le preparé un desayuno consistente, lo saqué a pasear e intenté que hablara con otros. Lo dejé un rato sentado en un banco para que tomara el sol y más tarde, le animé a que leyera un rato. No tuve que insistirle mucho para que se acercara al bar y se tomara una cerveza. Lo sorprendí viendo videos musicales en la televisión mientras fumaba y, sin que se diera cuenta, le hice mirar de vez en cuando a la camarera. Después le insinué que ya era hora de volver a casa, que estaría bien comer alitas de pollo al horno; y lo arropé para que echara la siesta. 

Cuando despertó, se miró en el espejo del baño. Casi me descubre. 

No le conté nada a La Tejedora, sabía que a ella no le apetecía encargarse de estos asuntos. 

Mi nombre es Jonás, la próxima vez, tendré más cuidado.