28 de julio de 2013

Diego e Iván (Posiciones)





Photo credit: Mikel Belza Guede / Foter / CC BY-NC-SA


Cabello oscuro y ondulado, parece difícil de dominar. Barba de dos días, quizá tres. Un oasis de pelo a la altura del esternón. Hombros anchos y proporcionados. Muy serio. Brazos caídos. Esconde algo en la mano derecha, lo esconde sin disimulo, es algo pequeño. Con mucho cuidado para que no vea qué es se lleva ambas manos al cinturón y lo desabrocha con tranquilidad, lo va sacando por cada trabilla con una untuosidad que pareciera agitar la lengua de una vaca. Sus ojos se encienden con el vacío de las almas oscuras y me transporto a una infancia de monstruos y fuego eterno. Apenas si puedo gemir con esta bola en la boca, está demasiado ajustada, me obliga a mantener la mandíbula abierta y en tensión y me cuesta cada vez más mover la lengua para tragar saliva. En realidad, creo que me cuesta tragar saliva porque mi boca es un desierto. Diego me sigue mirando con su ausencia incluso de infiernos, es paralizante. Deja caer el cinturón. Creo que voy a mearme encima, no aguanto más. ¡Qué humillación! Se está riendo a carcajadas. Quisiera matarle.

Sale de la habitación de nuevo, se oye el ruido de una puerta y un chorro de agua. Los tacones de sus botines crean un sonido cada vez más cercano. Trae una venda mojada y un trozo de cuerda. Me dice que va a soltar mis manos de la silla y que antes debe asegurarse de que no voy a cometer ninguna estupidez. Según me va relatando antes de soltar la lazada de mis muñecas va a pasarme otra por detrás de la silla desde el cuello a los tobillos de forma que si intento levantarme acabaré morado y con gesto burlón. Le hace gracia lo que dice. La cuerda me hace algo de daño en los tobillos pero en el cuello ha dejado algo de holgura. Se mueve tras de mí como un peluquero macabro. Todo se oscurece.
Me dice que esté tranquilo, que en un momento me quita el saco de la cabeza. Me suelta las manos, creo que se pone frente a mí. Toma una de mis manos y extiende el brazo con la palma hacia arriba. Intento mantenerme tranquilo. Noto algo de dolor y seguidamente me venda la muñeca con algo húmedo. Hace lo mismo en mi otro brazo. Ambos brazos vuelven a quedar unidos, esta vez por delante. Sale de la habitación, arrastra algo por el suelo, trae cosas, entra, sale, agua de nuevo, silba una canción que conozco y no identifico. Después de un largo rato de ajetreo todo queda en silencio, después de un largo tiempo de silencio suena música y ésta hace que se me ericen hasta las uñas. Me quita el saco.

Es “Insula poética”, de Joan Valent, me dice. Quisiera responderle que no tengo ni idea de quién es pero no puedo, en primer lugar por la incómoda bola y en segundo lugar por la imagen que ven mis ojos: Diego desnudo frente a mí con la polla dura y serio como un funeral. Tras él una bañera de algún material transparente, elevada del suelo por cuatro patas doradas que parecen garras de águila, y llena de agua caliente hasta algo más de la mitad. La música proviene de un iPhone conectado en el centro de un gran altavoz de diseño elegante. A los pies de la bañera una manguera de riego crea en el parqué un pequeño charco de agua. Tengo una proposición para ti, me dice. Me dispongo a escuchar, qué remedio.





21 de julio de 2013

Iván (Un pasito antes)





Photo credit: Gustavo Thomas / Foter / CC BY-NC-ND

Diego lo agarró del pelo tirando de su cabeza hacia atrás. Le fascinaba la nuez de Iván y aunque no le permitiría hablar todavía sabía que en ella se encontraba el secreto de su profunda y varonil voz. No había cosa que más excitara a Diego que someter a silencio rasgo tan masculino como aquél. Iván supo ocupar con desenvoltura el lugar de sometido al que era destinado y jadeó con la mandíbula entrecerrada en respuesta al tirón de pelo, cerró los ojos y apretó los dientes al tiempo en que disminuía el espacio entre jadeos y aumentaba la intensidad de su sonido. Sus ojos eran pardas piedras incandescentes que amenazaban con abrir heridas de solo mirar, pero era una pose estudiada, ningún odio real crepitaba en ellos. Y Diego lo sabía, notaba como su prostituto se dejaba llevar al juego y esa actitud hacía manar de él una mezquindad jamás antes experimentada. Asió la madeja de cabello negro y apretó con violencia, Iván ahogó un grito que quedó como un rugido al que siguió un susurrado hijodeputa con los dientes prietos. -¡Te he dicho que no abras esa bocaza de mierda, nenaza!-. Soltó la mano, llevándose algunos pelos entre los dedos, y mientras Iván sentía alivio en la tensión de su cuero cabelludo le arreó un bofetón que lo tiró al suelo junto a la silla a la que estaba amarrado. Un babear de sangre y silencio fue lo que ocurrió en Iván a continuación. Y a Iván le quedó claro callar. Diego se desabrochó la camisa.

-No te voy a pedir disculpas esta vez, ya te lo había advertido antes y no has querido hacer caso. ¿Acaso crees que esto es un juego? Yo no pago para jugar, querido. ¿Sabes? Creo que es hora de coger lo que es mío, de disfrutar lo que me da placer.


La habitación se ilumina con el filtro azulado de las cortinas y el sol de la tarde. No hay más muebles que la silla y una camilla de masajes plegada contra una pared. Los botines de Diego martillean el parqué mientras se aproxima al lugar donde un chico de 22 años se descubre, a pesar de la situación, pensando en lo limpio y cuidado de aquel calzado. No podía moverse y la caída amortiguada sobre el brazo derecho se lo había dejado entumecido. Notó como el núcleo terrestre luchaba por mantenerlo en el suelo hasta que logró ver aquellos negros botines a vista de pájaro. Alzó la cabeza y miró prudentemente a la vez que asustado a aquel hombre tan extraño. Éste le metió una especie de bola dentro de la boca y se la sujetó con unas gomas que salían de ella, tirante, por detrás de la cabeza. Los botines salieron de la habitación. El tiempo transcurre difuso y agobiante mientras el sentido del oído de Iván trabajaba con ahínco y curiosidad en cualquier señal perceptible. Agua de grifo, silencio, ¿un interruptor?, agua de nuevo, pasos, ¿qué será eso?. 

Un puñal de incertidumbre agujerea su estómago, se retuerce en la silla y fuerza sin éxito el nudo que casa sus muñecas. Iván comienza a sentir verdadero miedo. Diego cierra la puerta tras él.





14 de julio de 2013

Ivan (Mucho antes de matar)





Photo credit: Mario Martí / Foter / CC BY-NC-SA


Diego no tenía intención de reparar en el nombre de aquel joven que sentado, atado y frente a él había aceptado formar parte de su juego por un precio digno. Ese chico, Iván a elección de sus padres, jamás se había hecho a la idea de cobrar por este tipo de servicios. Se prostituía, sí, pero era la primera vez que se hallaba en esta situación tan, como luego la definiría él, “mogollón de rara”.

Iván pertenece a ese sector de la población que se encuentra apenas a un escalón de la clase media. Es guapo e inteligente, dotado por la naturaleza de un cuerpo sofisticado y atractivo, si hubiera nacido en otra cuna desempeñaría de lujo la labor que alguien con esa suerte estaría ahora mal desempeñando pero es muy difícil escapar al estrato social, y después de muchos fracasos Iván se prostituía con el fin de pagar sus estudios de ingeniería. Se consideraba a sí mismo un gran observador, dotado de una inteligencia social muy concreta y fiable. Solía decir que el éxito de sus cualidades tenía mucho que ver con su particular facilidad para distinguir “al otro”. Y era ese don social el que le hacía sentir una gran seguridad en sí mismo, tanta como para aceptar la proposición de Diego. Intuyó su pena, su desdicha y su necesidad de aliviar la culpa mediante alguna perversión erótica, no intuyó en cambio los peligros de los monstruos escondidos en las almas resentidas y cobardes. Y Diego era una de ellas.

No era mucha la gente de su alrededor que conociera su profesión “clandestina”, Iván estaba casi seguro de poder catalogar a estos pocos en dos tipos, que por otra parte eran suficientemente fiables a la hora de mantener la boquita cerrada, sus compañeros y sus clientes. Entre sus compañeros había algunos como él, que no eran necesariamente homosexuales, simplemente se sabían, más por experiencia que por orgullo o excusa por encima de la esclavitud moral que atosigaba al 98 por ciento de su clientela. Estos compañeros suyos y él se enorgullecían de su talante hedonista y de la libertad moral de la que hacían bandera. Y ciertamente así era la realidad de sus acciones y vidas, más dogmatizadas por la naturaleza a la que consideraban verdadera palabra de Dios que por cualquier Dios mismo, ya que ese ser omnipresente debía hablar en todas las lenguas de los seres vivos y no solo en el lenguaje del ser humano.

Luego estaban los clientes, a los que solía definir como seres atormentados. La gran mayoría de ellos encontraban en estos servicios el verdadero placer de su existencia pero una vez acabados se entregaban de nuevo al-qué-dirán, a sus vidas comunes e insatisfactorias, y los sumergían en prisiones internas junto a su vergüenza de ser. Iván sentía tanta pena por sus clientes que en ocasiones se juzgaba fieramente, en su dolor quedaba el rastro de la sospecha de estar aprovechándose de minusválidos morales. Entre sus clientes habituales, a nadie le extrañaría, se encontraban hombres con una imagen que cuidar, a saber: sacerdotes, políticos, jueces...





7 de julio de 2013

Diego (Pisando su fin)





Photo credit: ruurmo / Foter / CC BY-SA

Te ahorraré mis teorías sobre esta crisis de mierda o, mejor aún, te las resumiré como si se tratara de los mandamientos, en solo una idea que las englobe. “Deja que la presa se acerque al cebo, que se alimente hasta saciarse, trátala con cariño, hazle caricias... Y solo cuando hayas conseguido su confianza la matas, pero poco a poco para que no dé crédito.”
Eso es esta puta crisis, la consecuencia de años consumiendo aditivos no controlados en los alimentos, de años experimentando con drogas nuevas para la diversión, contra la depresión, la hiperactividad, la falta de atención, contra cualquier otra enfermedad. Somos los hijos de aquellos que querían cambiar el mundo por el peso de la razón lógica y se toparon con que aún la religión es más fuerte incluso que la verdad de Dios, los hijos de los que quisieron cambiar el mundo y como no sabían qué cambiar fueron tocando todos los botones. Perdona, lo siento, te he dicho que no iba a entrar en mis teorías y hasta aquí. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres agua? ¡Qué no hables! Basta con que afirmes con la cabeza. Toma, bebe, más despacio que… ¡Uf, perdona, ya se secará!. Continúo: Examiné uno por uno cada uno de los trabajadores en preferencia para salir, porque como imaginarás siempre están los intocables, de entre todos ellos mi amigo tenía condiciones que valoré adecuadas para prescindir de él: Tiene una carrera de ingeniería industrial, lo conozco, es inteligente y capaz de mantener una conversación fluida en muchas áreas distintas, es habilidoso con las manos, hace deporte y cuida su alimentación y su imagen personal, le gusta el teatro y la literatura, está divorciado, amantes no le faltan, le quedan apenas tres años de hipoteca y no tiene hijos. Lo sé, tengo más datos de los necesarios pero coincidirás conmigo, no hace falta que hables, en que con esas condiciones de vida tiene más posibilidades de salir adelante. ¿No es así? Claro que es así. Casi el noventa y cinco por ciento de los que han ido a la calle son responsables de una familia y cerca del setenta por ciento no tienen ni el bachillerato. Sí, ya sé que eso no es vara de medir las cualidades y, menos aún, la calidad de un trabajador pero en un currículum sí, y a no ser que tengas contactos…

Confío en tu inteligencia para no tener que seguir dándote más datos, a estas alturas te harás cargo de cómo debo sentirme. Tienes un rostro muy bello y la reticencia con la que me miran tus ojos no hace más que acentuar ese efecto. Coincidirás conmigo en que la belleza está por encima de la sexualidad y que ésta última tiene cierto complejo de inferioridad ante ella, por eso tiene como último fin poseerla o pervertirla. Para que te hagas una idea de lo que va a ir ocurriendo a partir de ahora te diré que tú eres la belleza…




16 de junio de 2013

Diego (Mucho antes de morir)



Photo credit: Wiros / Foter.com / CC BY-SA



Me llamo Diego, tengo el pelo oscuro como la noche aunque si lo alborotas un poco puedes descubrir algunas canas, quizá te parezcan estrellas fugaces, es porque aparento ser más joven, me lo dicen a menudo. Soy responsable de recursos humanos en una pequeña empresa de unos mil trabajadores, es posible que no te parezca tan pequeña pero lo es para mis aspiraciones y mi capacidad. Nunca me ha temblado el pulso a la hora de tomar decisiones difíciles, qué va, y no temo enfrentarme a nadie si creo que la causa es justa. Siempre medito mucho antes de dar cualquier paso importante. Pero hay ocasiones en las que me llego a sentir ruin y despreciable: ayer tuve que despedir a 56 personas, entre ellas a mi mejor amigo, omito el nombre porque no creo que te interese y porque me dolerá en el alma si de mi boca llega a mis oídos. Ayer, después de hacer pública la lista de los, entre comillas, prescindibles, mi amigo vino a visitarme a casa. No creo que sea necesario entrar en detalles pero te baste con saber que me llamó hijo de la gran puta y me marcó con un puñetazo que ha dejado una marca visible en mi cara y otra invisible y de un color horrible en algún lugar quizá llamado alma, hoy dudo mucho tener algo como eso, me refiero al alma pero también a un amigo.

No le di ni una sola explicación… ¿Te aprieta? Si te aprieta dímelo y aflojo un poco, lo único que te exijo es que no me mires, no quiero ver reflejada mi culpa en el reflejo de tus ojos. Eso sí, te permito verme o sentirme, como tú gustes, con cualquiera de los otros cuatro sentidos. Pero ya entraremos en detalles más adelante, ahora necesito, y harás lo que te diga, que me escuches. Como ya te he dicho, medito mucho antes de tomar cualquier decisión. A grandes rasgos el enunciado del problema es éste: Han caído las ventas. Hay exceso de producción y por lo tanto de almacenaje o stock, esta última palabra no me gusta una mierda aunque he de confesarte, y perdona el chiste malo, que siempre que voy a visitar a una de las empresas del grupo dedicada a la venta de material eléctrico les hago la gracia de que si no sacan el género que se va quedando obsoleto al final les va a dar un “electrostock”. Bromas a parte, no recuerdo haberte pedido que te rías; el problema, que era lo que te estaba contando, consistía básicamente en que nos sobraba personal, tanto administrativo como de producción. El grupo de inversión con más activos en la empresa había empezado a presionar con contundencia al segundo mes de pérdidas. ¿Sabes lo jodido que es no poder culpar a nadie en concreto? ¿Cómo demonios le dices a tu mejor amigo que “un grupo de inversión”…? ¿Qué cojones es eso? Al final la responsabilidad siempre cae en los mismos: al que vigila la zona azul, al responsable de planta, al hijo de la gran puta de recursos humanos… Lo medité mucho, muchísimo… Tampoco te he pedido que hables, ni siquiera te he dado permiso para que asientas ni tampoco para que muestres tu comprensión, así que cállate. Mientras te hablo te exijo que me escuches, solo tienes que hacer eso, ¿es tan difícil?. 


¿Te duele, verdad? A mi me pasa lo mismo, es como si alguien me tirara del pelo hasta hacerme daño, alguien a quien no puedo ver llamado grupo de inversión. Pues bien, yo soy tu grupo de inversión, te voy a exigir a través de la insinuación agresiva que hagas lo que te pido, me da igual cómo lo plantees o cómo lo ejecutes, lo que me importa es el resultado. Y no me vengas con el sobado dicho de que el fin no justifica los medios. No estoy para frasecitas hechas, lo que quiero es acción no palabrería. Toma, coge esto, es un objeto para causar dolor, palpa su forma y su textura. ¿Impresiona, verdad? No tengas miedo, la víctima voy a ser yo, necesito aliviar mi culpa. Pero antes de que te dé las órdenes pertinentes quiero seguir contándote el porqué de mi decisión y cómo llegué a incluir a mi mejor amigo en la lista de prescindibles:




18 de mayo de 2013

El corazón de Sena, la niña eterna.



Photo credit: anlopelope / Foter.com / CC BY-NC


Sena vivía su condición de niña eterna de la forma más digna que encontró a través de los años de prueba y error, de aceptación, de lucha, de resignación y las otras mil maneras de aceptarse y rechazarse a sí misma que experimentó en su larga vida. Porque Sena jamás crece, es una niña, pero es una niña de mirada augusta y severa, rostro dulce como arrope y largo pelo como noche.

Tantas veces se enamoró la desdichada de niños que crecieron... Y lo que es peor y más dura en el tiempo de su existencia, de hombres que no son capaces de ver otra cosa que una niña, y no una mujer encerrada en un cuerpo superado.

Una de esas noches en la que ella solía cantar en los tejados del Amaraun me descubrió en mi espionaje atento y emotivo. Me dijo que lloraba y cantaba porque siempre se entregaba al amor todo cuanto podía, que la mayoría de las veces era breve y no duraba más que unos cuantos años. Y me dijo:


“Lo voy a dejar rodar por el borde de mis días hasta que se caiga, ¿de qué otra forma voy a conseguir que se abra?
Hablo de mi corazón de almendra o de nuez o de avellana o de castaña, depende del día. He comprobado, querido Jonás, que se descascarilla a menudo pero que nunca llega a romperse. Y yo quiero que se rompa.
Y quiero que se rompa para que alguien se coma su fruto, para que después de hacer todo el feliz proceso de digestión, de absorber nutrientes y vitaminas, me devuelva de nuevo al mundo cuando ya le parezca una mierda.

Así es el ciclo, pero… ¡Qué sepas que mi propósito es hacer crecer una flor o una lechuga, me da lo mismo, siempre y cuando vuelva a ser comida por otro animal!”

28 de abril de 2013

Prolegómenos de sangre



Photo credit: RaidersLight / Foter.com / CC BY-NC-SA
    

    Eneia cubre su actitud con un cendal gris que no me es necesario apartar para entrever el porqué de sus acciones. Por eso no le tengo en cuenta el daño que me hace con cada golpe sin objetivo que acierta en mi pecho, en el hombro o en la cara; y me resigno. Esta mañana la vi observarse frente al espejo empañado del baño, asustada ante sí como una niña con monstruos bajo la cama, cubierta con un edredón de tristeza hasta la cabeza, retorcida y profunda cual raíz de vetiver, ojerosa y desnutrida de voluntad para construir cualquier cosa, lo que fuere. ¡Ha sido tan doloroso verla así, apoyada con ambas manos sobre el lavabo, con el grifo abierto en los ojos y toda esa gran cascada de caracoles huyendo por el desagüe!
    

    Cuando Eneia era pequeña como las hormigas o como los bebés -porque hubo un tiempo en que fue pequeña- su energía era un big-bang diario junto a la intensidad con la que expandía todos sus sentimientos, conquistaba países donde se jugaba con balones y bicicletas, con pistolas de plástico e indios y vaqueros, con carreras de pilla-pilla o saltos de comba; hasta creía que la luz del sol era comestible; decía que era pan de oro, que se tenía que comer mirándolo de frente con los ojos cerrados y los brazos abiertos, que para masticar tan nutritivo maná era necesario abrir la boca con una amplia sonrisa. ¡Qué recuerdos! ¡Cuánta sabiduría gastaba por aquel entonces cuando todavía era nueva en el mundo! Pero la maduración de algunos vinos, en ocasiones, es agria como hiel de víbora de ciénaga.    
    

    Un relámpago, dolor, un hilillo cálido y espeso, quizá carmesí, seguro carmesí, es atraído por la ley de gravedad desde mi labio, qué más da cual. Eneia se queda quieta, mira mi sangre resbalar y supongo que por empatizar llora, acerca su aliento de montaña tropical a mi boca y lame, lame como un animal la sangre que de un golpe ella misma ha hecho correr.
    

    Conté sin contar y sentí que así es como lo hace el mismísimo tiempo, sin números; la empujé, vacié mi energía en ello, con ambas manos, sin golpe: un empujón nacido de no sé qué profundidad. En su retroceso, entre el espacio que cada vez era mayor entre los dos, se quedaron flotando gotas mezcladas de su saliva y mi sangre, gotas de su llanto arrepentido, gotas de mi veneno. El tiempo se detuvo hasta que todas esas gotas se precipitaron. Eneia se derrumbó de espaldas golpeándose contra la mesita del salón y se quebraron los cristales con su peso, se transformó en cristal mi alma, que también se rompió. Ruido de objetos rotos, ni un solo grito, ni una mísera queja. Silencio. Un silencio larguísimo que duró cinco segundos contados. Uno, dos, tres, cuatro, cinco: Todo se rompió, no solo el vidrio de nuestra mirada sino todo. Toda esa energía que como improvisados astros liberamos fue demasiada, demasiada luz para almas tan oscuras. Pero antes de que Todo se deslizara por el tobogán de nuestra vergüenza recordé un principio: su perfume, un punto intermedio: su esencia, y un final: su hedor.

18 de abril de 2013

Transformación




Photo credit: Juan & Diëgo / Foter.com / CC BY-NC-ND


Será por lo interiorizado que lo tengo a causa de las pelis que la elaboración de mi plan para colarme en la habitación de Viento fue sencillísimo: Disfrazarme de enfermero. No hizo falta. Desistí. Me estaban vigilando. Quizá no lo harían si no hubiera enviado aquella maldita carta pero eso me pasa por tonto. Si hubiera obrado más por mi cuenta y sin pedir permiso… En fin, supongo que entonces hubiera hecho las cosas bien y no me hubieran puesto vigilancia. En contra de la creencia popular, cuanto más tonto sospechan que eres antes te vigilan. Me di cuenta a los tres días de esto de la vigilancia. El primer día ya me resultó raro que el camarero de mi cafetería habitual fuera otro. Ya, ya, quizá no tenga nada de extraño pero siendo un negocio familiar y el camarero de siempre el único dueño, autónomo y en crisis perpetua dudo mucho que hubiera contratado a nadie. Lo del tío jugando todo el santo día a la Nintendo DS en su coche me llevó por derroteros de duda genérica, “hay gente pa tó”, me dije. Pero lo de la nueva vecina y la excusa de la sal, vamos hombre… No existen las vecinas que estén tan buenas y te pidan sal, ¡ésta era de la pasma seguro!

Como buen sospechoso, a pesar de ser inocente, comencé a sospechar de todo el mundo. Me parecía haber alquilado una realidad de locura a un precio alto pero inevitable, como si no tuviera más remedio que pasar por el aro. Por suerte para mí, así lo pensaba, mis sospechas fundadas tenían como objetivo a las supuestas fuerzas del bien, esto es: a la policía. Y menos mal, por lo menos no tenía que estar pendiente de amenazas letales, como mucho de alguna paliza o en última instancia de la privación legal de mi libertad. Me volví huraño y desconfiado, apenas si hablaba con nadie. Y si lo hacía, solía ser breve en mis respuestas y huidizo en mis encuentros. Intenté volverme invisible, resaltar lo menos posible en cualquiera de mis acciones, incluso en el caminar. Y así, poco a poco, me fui enterrando en vida, convirtiéndome en Viento.

7 de abril de 2013

La Carta




Photo credit: Arslan / Foter.com / CC BY-NC-ND


Hay veces que uno se pregunta o plantea cosas importantes, por ejemplo: ¿Cómo sería ser astronauta y tener el privilegio de ver el planeta desde el espacio? Incluso: ¡Qué angustia se tiene que sentir si te entierran con vida! Pero es difícil que se te pase por la cabeza ni siquiera el plantearte cómo ponerte en la piel de alguien que ha conseguido sacar de una tumba a una chica enterrada viva, ¿cómo llevas eso?

No sé cómo seguía Viento. No sé si estaba viva, muerta, en coma, casada, soltera, viuda, con novio, si la habían enterrado por un ajuste de cuentas, si el ajuste de cuentas era con ella o con otra persona. Podía ser madre y tener hijos pequeños y un marido buscándola que no sabía nada de su oscura vida. Podía ser una víctima circunstancial o la hija de una persona poderosa. Podía, simplemente, ser una amante descubierta. No podía dejar de pensar en ella; en su nombre, tan hermoso: Viento.

Decidí ir a visitarla al hospital donde estaba ingresada, en el Virgen del Camino, necesitaba respuestas, pero evidentemente no me dejaron pasar. Yo era un sospechoso. Jamás me había enfrentado a esa palabra a tal nivel: sospechoso de intento de homicidio. Busqué en un diccionario etimológico la palabra sospechoso pero me faltó imaginación para hilar su origen con su actual significado, aunque no era nada complicado hacerlo, supongo que por la sensación de embote muchas cosas se me hacían un mundo. Hice un escrito a la comisaría, a nombre del gilipollas de Pedro María Sanchís, pidiendo permiso bajo vigilancia para visitar a la persona que a pesar de salvar bla bla bla bla… Y esperé a que me contestara. La respuesta llegó a los cinco días en un sobre en blanco, sin distintivo oficial de ningún tipo:


Estimado Señor:

A usted le falta un hervor, ¿verdad? ¿Cómo se digna siquiera alguien de su calaña a pedir permiso para visitar a su “presunta” víctima? ¿Cree que la policía es tonta? La respuesta es NO.


                                   
                                       
Me quedé a cuadros, esto era una carta personal del agente Pedro María de los cojones, aunque estuviera sin firmar y con letra tipo Arial. No era una carta emitida por la policía sino una grosería personal y una falta de respeto fuera de los cauces legales. Me guardé la carta pensando en qué hacer con ella aunque no creo que sirviera para nada, ni siquiera estaba dirigida a mí. Decidí colarme en el hospital y visitar a Viento por mi cuenta, ya encontraría la manera de hacerlo.





16 de marzo de 2013

La noche se desvanece




Río Arga - Colores de reflexión
Imagen de: PacoSo / CC BY-NC-ND


Dejarse llevar por el río Graa era como ir dentro de una larga cabellera de caóticos rizos, las corrientes agitaban a Jonás en una suerte de bucles que parecían ser infinitas bocas succionadoras que lo tragaban y lo soltaban, que lo tragaban y lo soltaban; pero él no quería temer, el Graa es el río de la vida y ser arrastrado por él es mucho más que un dejarse llevar, es algo que exige la máxima voluntad. Eso era algo que Jonás aún no llegaba a entender, ¿cómo era posible necesitar una alta concentración de voluntad sólo para dejarse llevar? Quizá había llegado el momento de descubrirlo, pensó. Y mientras pataleaba y movía los brazos como un poseso para mantenerse sobre la superficie, se le inundó la mente con un recuerdo. Se encontraba contemplando cómo el sol parecía ir deformándose al chocar contra el océano mientras que Praix le contaba una de las aventuras de, siempre le hizo gracia el nombre, Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo. Jonás la recuerda ya empezada:

“…así que en el centro del río se encontró con una pequeña isla donde solo cabía una persona y que, para su sorpresa, ya estaba ocupada. El nivel del río era mucho mayor que el de un álamo adulto y aquel trozo de tierra parecía surgir como una columna desde dentro de las aguas. Daniel se pudo asir al tronco varado de un viejo árbol y contempló a la niña que habitaba aquel montículo, cual fue su sorpresa al percatarse de que había muchas más personas como él dentro del río. Algunos nadaban sin descanso en contra de la corriente pero no avanzaban, los que sí conseguían avanzar gastaban demasiada energía para el resultado obtenido y en cuanto se agotaban volvían a retroceder; otros cruzaban el río de orilla a orilla; algunos otros miraban sentados desde la ribera las aguas pero no se metían, o como mucho metían una mano o un pie hasta el tobillo; otros parecían haber encontrado refugio, como Daniel el inmortal que tal que tal, en algún trozo de árbol seco o se afianzaban con las manos a juncos o cualquier cosa que impidiera que los arrastrara la corriente. Daniel quiso hablar con la niña que habitaba la isla pero ésta parecía estar dormida o en un estado de meditación demasiado profundo y no atendía a su llamada. Del tronco del árbol arrancó un trozo de rama que lanzó y que alcanzó a dar en el hombro de aquella personita. La niña abrió los ojos, mantuvo la mirada, seria, en la de Daniel el inmortal y le dijo:

- Gracias por despertarme, desconocido. Llevo mucho tiempo aquí, observando a toda esta gente que me rodea y meditando sobre el Graa, tanto tiempo que ya había perdido la perspectiva y empecé a creer que este montículo era mi hogar. ¿Sabes cómo le llaman al Graa? Le dicen el río de la vida. Creo que no me ha sido fácil llegar a tomar la decisión que he tomado, principalmente porque he tenido que reunir mucha mucha fuerza de voluntad y valentía, así que si quieres quedarte con mi privilegiado lugar a salvo de la corriente puedes hacer posesión de él.

Antes de que Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo pudiera preguntar o decir algo contempló cómo aquella niña nadaba río abajo y con una sonrisa gritaba: ¡Ya no me dejo llevar, ahora yo también voy!”


La fuerza del río que parecía incontrolable interrumpió el recuerdo de Jonás que comenzó a notar el peso de su ropa y cómo se iba hundiendo sin remedio, logró ver un trozo de algún árbol caído y varado sobre el río y proyectó asirse a él como hiciera Daniel el inmortal. La velocidad de las aguas era tanta que al acercarse a su ansiado asidero un inoportuno remolino le hizo errar y se golpeó la cabeza. La escasa luz de la noche se desvaneció del todo.


10 de marzo de 2013

El curso de los ríos




"Vértigo en el pelo" de María Pan.
(Prometo no tener miedo en ningún salto, me lo prometo)


¿Será éste el primer resultado del intento de volar del hombre, de volar y salvar obstáculos, de elevarse sobre sus limitaciones? Se preguntaba Jonás en la orilla izquierda mientras contemplaba el puente de piedra que se elevaba sobre el río. La Niña-Reina lo había citado de nuevo en el Palacio del Amaraun, se lo había hecho saber por mediación de una canción en la radio. Los enlazadores saben distinguir estos avisos por la combinación de sonidos que anteceden al mensaje pero los sonidos no se producen en la canción sino afuera, los produce la gente, la naturaleza, el silencio. En esta ocasión un jilguero, una rama seca y el pensamiento de una mujer que leía un tablón de anuncios predispusieron su mente, Jonás prestó atención a la letra de la canción que sonaba en ese instante: “iluminando distancias, rearmando lo que se separa”, lo anotó en su libreta y dejó que el tiempo siguiera su curso.

Ahora, días después, se encuentra plantado en la orilla del río Graa preguntándose sobre el significado potencial de los puentes. Jonás piensa que son caminos flotantes, le fascina el hecho elemental de su funcionamiento: salvar un obstáculo, unir dos lados. “Iluminando distancias, rearmando lo que se separa”- recuerda.
El puente forma un arco elevado que impide ver la otra orilla y ante la previsible acometida de una nueva misión, Jonás se siente demasiado excitado para centrarse en el mundo. Él, que siempre ha sido un enlazador templado, no puede parar su cabeza, una nueva idea aparece con cada uno de los latidos de su corazón y eso es demasiado, es algo que le produce dolor y que a la vez no puede parar, se siente vulnerable. Le gustaría echar a correr, huir de nuevo hacia Entremundos, vaciar su corazón de sentimientos, su cabeza de pensamientos, habitar en ese espacio de paz suprema incompatible con la vida. Pero sigue clavado en el inicio de la calzada, tan quieto como el mismo puente, y con la vista perdida en algún punto imaginario del pretil. “¡Vamos, valiente!”, se anima.

Mientras Jonás está quieto como la misma piedra el río se serena, en apariencia, porque la tenue luz de la luna es una trucha enorme que en su contracorriente hace retén sobre las sombras, la densidad del aire construye cómodos sofás donde se tumba el tiempo y se relaja, y tanto se relaja que la misma noche sería eterna de no ser por el alma arrojadiza pasmada al comienzo del puente, el alma de un enlazador que siente el vértigo de la desnudez. Un silencio de grillos y agua calma envuelve la oscura habitación sin paredes del mundo, Jonás camina hasta el pretil, se gira hacia el río, siente que alguien toma su mano y se oye un grito doble que se deja caer al curso del río al mismo tiempo que una estrella fugaz cruza la noche, al mismo tiempo que la luna se construye una piel y aparece a su lado. Luna y enlazador se abrazan, iluminando distancias, rearmando lo que se separa. ¡Sea!, dice Jonás, y salta a las frías aguas del Graa. La imagen de la luna proyectada sobre el río se deforma y se difumina con el impacto. Jonás se deja arrastrar río abajo...

28 de febrero de 2013

Con la poli




Photo credit: Thomas Hawk / Foter.com / CC BY-NC


En la televisión siempre parece que les corre la profesión junto con la sangre. Los que no son habilidosos son auténticos sabuesos y si se da el caso, de que resultan ser unos mequetrefes, son graciosos y acaban teniendo suerte. Este tipo no se parecía en nada a ninguno de los policías de la tele, más bien era el personaje malo, pero el malo desagradable. Este tipo, de nombre Pedro María Sanchís e inspector de policía, insinuaba bromas con afilada ironía cuando no venían al caso y, este tipo, apagaba sus asquerosos puritos con filtro y nauseabundo olor a vainilla en el escenario del crimen. Se acercó a mí con la autorizada decisión que le otorgaba su rango, me preguntó por mi nombre y qué hacía por allí con el tono que debió usar Dios con Adán después de aquel rollo de la manzana. -¿No será que se ha arrepentido de la barbaridad que estaba a punto de hacer y…?- Dejó el “y” final con duración de blanca con puntillo en un compás de cuatro por cuatro, como si esa fuera la entradilla necesaria para que yo empezara a cantar. Pensé (así, con muchas exclamaciones): ¡¡¡¡¡Será gilipollas!!!!! Pero le respondí que sí, que mi primera intención fue llamar a la policía y que me arrepentí, y que menos mal, porque entonces escuché un ruido como de rasguño e hice lo que mejor. No le debí caer muy bien al tontolhaba del agente porque, más tarde, me dijo que tenía que acompañarlo a la comisaría, hizo una pausa estudiada y añadió: esposado.

Me mordí la lengua con una de las trampas para ratones que llevo en los bolsillos para estos casos. No sería la primera ocasión en que el tiro me sale por la culata, pero esta vez la cosa tenía un serio cariz y no era plan de ser un bocazas. Si Viento quedaba en coma o moría y me fallaban los nervios o me torturaban en la parte trasera del estado de derecho, podía acabar derechito en la cárcel. Aunque hoy en día eso es lo que menos me preocupa, el verdadero castigo serían los medios de comunicación: Un estigma indeleble. ¿Cómo es posible que habiendo rescatado a un ser de algo tan trágico me enviaran como sospechoso a las dependencias de la policía? Cerré los ojos mientras mi dignidad caía en picado al notar que ya ni siquiera era merecedor de unas esposas como dios manda, y el sonido de carraca de unas bridas de plástico negro cerraban la cremallera de mi libertad.

Me soltaron a las pocas horas, después de preguntarme lo mismo una y otra vez de manera distinta. Puedo decir en confianza que me divertí con aquello, yo también sé cómo responder siempre lo mismo sin que lo parezca. Es abusar un poco, lo sé, no me encontraba en las condiciones idóneas para permitirme ese juego pero lo cierto es que mi conciencia estaba tranquila y que no podía dejar que las dudas nublaran mi cielo. Aquel tipo, Pedro María, que insistía en gritar y poner barreras con la mirada, se me acercó para decirme que no me perdiera por ahí, que me iban a necesitar de nuevo. Pero yo me perdí en mis pensamientos y no escuché que más me dijo. Y me fui.





3 de febrero de 2013

El loco



El abrazo - Por María Pan


De las seis cuerdas que tiene mi guitarra -pensaba Vindiano-, tres son graves como el sonido de fondo de las fábricas; las otras tres, estridentes radio-frecuencias para ahuyentar a los insectos. De las seis cuerdas de mi guitarra, hoy, voy a elegir la tercera con afinación en Sol.

Y así hizo, melló su guitarra y con uno de los cabos de Sol se hizo un nudo en la muñeca, el otro cabo lo dejó caer al suelo y arrastrando a su mascota invisible salió de casa hacia el día quebrado de luces.
Las personas se apresuraban a mirarlo con disimulo. Vindiano sabe que el miedo a la reacción imprevista de los llamados locos es lo que les asusta y, consciente de esta pesada realidad, le basta con lucir su sonrisa ensayada para hacer crecer esa sensación de incertidumbre, así se protege. Le costó mucho tiempo aceptar su elección, aceptar que poco a poco entraba en ese mundo de los apartados, de los que tienen una tara estrafalaria. Claudicó de la normalidad para protegerse, prefería ser señalado a ser invadido, eso sí que le hacía daño. Ser invadido por las doctrinas y comportamientos del “hay-que-ser-así”. Vindiano no se sentía un loco ni un apartado, simplemente no entendía esa manía de crear un mundo de iguales, de un mundo pautado en comportamientos y puntos de vista. Y poco a poco, en su afán de protegerse de los invasores de conciencias y almas, estos lo fueron encasillando en el rol de loco.
Grita de pronto sin razón alguna a las puertas de una cafetería, la gente se gira para mirarlo pero él hace como si nada, ni siquiera se ruboriza. Cualquiera podía pensar que hace las cosas sin darse cuenta pero no es así, Vindiano sabe que ha gritado, solo que no le da importancia, ha sido un grito natural, una pequeña energía que luchaba por salir de su interior y que ha tenido a bien dar salida, nada más que eso. Hubo mucho tiempo en el que se divertía con las expresiones de la gente pero toda esa diversión acabo el día en que comprendió los efectos de la luz y contemplaba estupefacto como esas expresiones se derretían como mantequilla caliente. Desde entonces teme a las personas y se protege con agresividad de felino asustado. Cruza la calle con un brazo en forma de asa tapándose la oreja derecha y abriendo la boca tanto como puede. Una expresión de terror deformado le acompaña sin remedio.

Al otro lado de la calle, pegada de espaldas a una pared de granito gris, una chica lo ve venir. La cara de Vindiano le da pavor, su paso tambaleante y decidido hacia ningún lugar la intimida. Se siente atrapada en esa visión. Se vuelve menuda y quiere ser un grafitty en el granito. Vindiano se acerca. Ella, temerosa, se vuelve un par de ojos inquietos, grandes como rotondas por donde circulan rápidos los pensamientos, busca desde la esfera interior la salida pero nuevos pensamientos se lo impiden. Se llama a sí misma a la calma: - Sara, tranquila, es solo un loco sin más, no te hará nada, seguro que pasa sin mirarte siquiera…

Pero ya es tarde, Vindiano la ha visto y ha descubierto en los ojos de Sara el gran pavor que suscita. Y eso le cabrea, lo saca de sí, solo quiere que lo dejen en paz no que le teman, no por lo menos de esa manera. Toma la determinación de hablar con ella, de hacerle entender que no tiene porque temerle. Se quita la mano de la oreja, cierra la boca y camina como una persona normal hasta quedarse frente a Sara, en silencio. Vindiano intenta hablar pero nada le sale, nada excepto unas tontas lágrimas que no puede controlar. Ve como la chica se vuelve más y más pequeña y como una oleada de pavor desmesurado emana de sus ojos.

Sara se siente petrificada, mira a ese loco que al final sí que se ha percatado de ella. Sus pensamientos siguen buscando una salida, ¿qué querrá de ella ese pirado? Ojalá pudiera desaparecer, mil pensamientos por segundo la atosigan y quiere desfallecer. Unas lágrimas de impotencia brotan de sus ojos y entonces salta. Sara salta hacia Vindiano como un animal a por su presa y lo devora de la única manera que se le ocurre.

Vindiano no entiende nada, sus lágrimas se vuelven cálidas como el asfalto del verano, sus brazos quedan laxos unos instantes, no entiende la sensación, pero poco a poco posa una de sus manos sobre la cintura de Sara, la otra más arriba en la espalda, cerca de la axila, levemente inclina su cabeza sobre la de ella, cierra los ojos y sonríe. Esto debe de ser un abrazo, piensa. Nota Sol anudado a su muñeca y por primera vez en su vida, Vindiano quiere enloquecer.


26 de enero de 2013

Los pájaros


Photo credit: mireia. / Foter.com / CC BY-NC-ND


En mi desiderata, quizá la última, pido ser eternamente discente y aplicarme en toda disciplina con brío alegre y alta concentración, hasta en los besos, aunque sean labios arrugados y encías vacías quien en la ternura de su mustia carne los hagan salir a la pizarra y demostrar lo que aprendieron, y lo que saben. ¡Ojalá sienta de nuevo todo ese pavor escénico!  Aunque ya bailen niágaras en mis ojos, o en los suyos, y los restos del incendio den color a su desierto, o a su pelo. ¡Ojalá!

Y escucha lo que te digo: Pido ser eternamente discente hasta en la muerte, porque no quiero yo, tan viva, perderme tan única experiencia. Sí, además pido como deseo recordarla mucho tiempo después, que ya bastante olvidadiza he sido con las cosas del amor y las pequeñas alegrías. Algunas recuerdo, no te pienses, pero ya no sé si son verdad o fantasía. ¡Y poco que me ha de importar, la jodida, si es de escarcha ésta, la memoria mía!

Por eso hoy me preguntas qué te han hecho en el pelo, como si me hubiera dejado hacer; y no, es una elección mía. Le he pedido a Sonia, mi peluquera de siempre, la que tiene la peluquería en la calle Arrieta, que me pinte el pelo de azul. Y aquí estoy, dándole un espacio digno a mis pájaros para poder volar. No es tarde, no. A mis sesenta y tres años he descubierto cómo seguirlos, les he dado un cielo y ahora oigo sus trinos. Me voy tras ellos, a bailar.


20 de enero de 2013

El salto


Photo credit: аrtofdreaming / Foter.com / CC BY-NC-ND

Sigo aún en el aire desde que salté. 

El mundo es un cúmulo de constelaciones urbanas, de estrellas artificiales imitando al universo. Intocable materia brillante y sólo visible, eso es lo que contemplo desde aquí, desde lo alto. He debido de caer hacia arriba o, quizá, haya muerto ya y todo esto no sea más que una visión de mi alma errante, ¿o será mi alma errada? No sé. Se me ocurre, ahora, que entre la infinidad de números posibles podría elegir al azar uno muy alto, por ejemplo el ciento cincuenta mil trescientos tres. Pues bien, la ley de la gravedad no llega a 10 y es imposible (era) de vencer humanamente sin medios mecánicos. Flotar en el aire como un pez con alas es estar en el sistema respiratorio del mundo. Si no soy Dios, soy su antagonista; aunque me siento ambos a la vez. Lo único que me apetece es gritar hasta que mi voz inunde el mundo por completo, que mi voz sea el diluvio, el verdadero diluvio. Mi grito, roto como un cristal, deshaciéndose en gotas de sonido que resbalan sobre pieles desconocidas, mojándolas con mi liberación hasta ahogarlas presas de mi rabia inagotable. Gritar: ¡Soy yo quien está lloviendo!

Pero lo sé, lo más seguro es que el concepto del Yo no tenga sentido si no tengo cuerpo, y creo que éste yace destrozado como un asteroide sobre la calzada. Hago memoria, retrocedo mentalmente hasta un poquito antes de saltar, me veo en el salón de casa, parado frente al balcón. Mi pecho se eleva en una respiración poderosa y echo a correr, salto, un salto vigoroso, olímpico, como jamás creo haber dado, veo el asfalto de la calle y cierro los ojos. Por eso no sé si he caído, no debería haber cerrado los ojos. La próxima vez lo tendré presente: Si vas a quitarte la vida, estate atento a lo que haces.