16 de marzo de 2013

La noche se desvanece




Río Arga - Colores de reflexión
Imagen de: PacoSo / CC BY-NC-ND


Dejarse llevar por el río Graa era como ir dentro de una larga cabellera de caóticos rizos, las corrientes agitaban a Jonás en una suerte de bucles que parecían ser infinitas bocas succionadoras que lo tragaban y lo soltaban, que lo tragaban y lo soltaban; pero él no quería temer, el Graa es el río de la vida y ser arrastrado por él es mucho más que un dejarse llevar, es algo que exige la máxima voluntad. Eso era algo que Jonás aún no llegaba a entender, ¿cómo era posible necesitar una alta concentración de voluntad sólo para dejarse llevar? Quizá había llegado el momento de descubrirlo, pensó. Y mientras pataleaba y movía los brazos como un poseso para mantenerse sobre la superficie, se le inundó la mente con un recuerdo. Se encontraba contemplando cómo el sol parecía ir deformándose al chocar contra el océano mientras que Praix le contaba una de las aventuras de, siempre le hizo gracia el nombre, Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo. Jonás la recuerda ya empezada:

“…así que en el centro del río se encontró con una pequeña isla donde solo cabía una persona y que, para su sorpresa, ya estaba ocupada. El nivel del río era mucho mayor que el de un álamo adulto y aquel trozo de tierra parecía surgir como una columna desde dentro de las aguas. Daniel se pudo asir al tronco varado de un viejo árbol y contempló a la niña que habitaba aquel montículo, cual fue su sorpresa al percatarse de que había muchas más personas como él dentro del río. Algunos nadaban sin descanso en contra de la corriente pero no avanzaban, los que sí conseguían avanzar gastaban demasiada energía para el resultado obtenido y en cuanto se agotaban volvían a retroceder; otros cruzaban el río de orilla a orilla; algunos otros miraban sentados desde la ribera las aguas pero no se metían, o como mucho metían una mano o un pie hasta el tobillo; otros parecían haber encontrado refugio, como Daniel el inmortal que tal que tal, en algún trozo de árbol seco o se afianzaban con las manos a juncos o cualquier cosa que impidiera que los arrastrara la corriente. Daniel quiso hablar con la niña que habitaba la isla pero ésta parecía estar dormida o en un estado de meditación demasiado profundo y no atendía a su llamada. Del tronco del árbol arrancó un trozo de rama que lanzó y que alcanzó a dar en el hombro de aquella personita. La niña abrió los ojos, mantuvo la mirada, seria, en la de Daniel el inmortal y le dijo:

- Gracias por despertarme, desconocido. Llevo mucho tiempo aquí, observando a toda esta gente que me rodea y meditando sobre el Graa, tanto tiempo que ya había perdido la perspectiva y empecé a creer que este montículo era mi hogar. ¿Sabes cómo le llaman al Graa? Le dicen el río de la vida. Creo que no me ha sido fácil llegar a tomar la decisión que he tomado, principalmente porque he tenido que reunir mucha mucha fuerza de voluntad y valentía, así que si quieres quedarte con mi privilegiado lugar a salvo de la corriente puedes hacer posesión de él.

Antes de que Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo pudiera preguntar o decir algo contempló cómo aquella niña nadaba río abajo y con una sonrisa gritaba: ¡Ya no me dejo llevar, ahora yo también voy!”


La fuerza del río que parecía incontrolable interrumpió el recuerdo de Jonás que comenzó a notar el peso de su ropa y cómo se iba hundiendo sin remedio, logró ver un trozo de algún árbol caído y varado sobre el río y proyectó asirse a él como hiciera Daniel el inmortal. La velocidad de las aguas era tanta que al acercarse a su ansiado asidero un inoportuno remolino le hizo errar y se golpeó la cabeza. La escasa luz de la noche se desvaneció del todo.


10 de marzo de 2013

El curso de los ríos




"Vértigo en el pelo" de María Pan.
(Prometo no tener miedo en ningún salto, me lo prometo)


¿Será éste el primer resultado del intento de volar del hombre, de volar y salvar obstáculos, de elevarse sobre sus limitaciones? Se preguntaba Jonás en la orilla izquierda mientras contemplaba el puente de piedra que se elevaba sobre el río. La Niña-Reina lo había citado de nuevo en el Palacio del Amaraun, se lo había hecho saber por mediación de una canción en la radio. Los enlazadores saben distinguir estos avisos por la combinación de sonidos que anteceden al mensaje pero los sonidos no se producen en la canción sino afuera, los produce la gente, la naturaleza, el silencio. En esta ocasión un jilguero, una rama seca y el pensamiento de una mujer que leía un tablón de anuncios predispusieron su mente, Jonás prestó atención a la letra de la canción que sonaba en ese instante: “iluminando distancias, rearmando lo que se separa”, lo anotó en su libreta y dejó que el tiempo siguiera su curso.

Ahora, días después, se encuentra plantado en la orilla del río Graa preguntándose sobre el significado potencial de los puentes. Jonás piensa que son caminos flotantes, le fascina el hecho elemental de su funcionamiento: salvar un obstáculo, unir dos lados. “Iluminando distancias, rearmando lo que se separa”- recuerda.
El puente forma un arco elevado que impide ver la otra orilla y ante la previsible acometida de una nueva misión, Jonás se siente demasiado excitado para centrarse en el mundo. Él, que siempre ha sido un enlazador templado, no puede parar su cabeza, una nueva idea aparece con cada uno de los latidos de su corazón y eso es demasiado, es algo que le produce dolor y que a la vez no puede parar, se siente vulnerable. Le gustaría echar a correr, huir de nuevo hacia Entremundos, vaciar su corazón de sentimientos, su cabeza de pensamientos, habitar en ese espacio de paz suprema incompatible con la vida. Pero sigue clavado en el inicio de la calzada, tan quieto como el mismo puente, y con la vista perdida en algún punto imaginario del pretil. “¡Vamos, valiente!”, se anima.

Mientras Jonás está quieto como la misma piedra el río se serena, en apariencia, porque la tenue luz de la luna es una trucha enorme que en su contracorriente hace retén sobre las sombras, la densidad del aire construye cómodos sofás donde se tumba el tiempo y se relaja, y tanto se relaja que la misma noche sería eterna de no ser por el alma arrojadiza pasmada al comienzo del puente, el alma de un enlazador que siente el vértigo de la desnudez. Un silencio de grillos y agua calma envuelve la oscura habitación sin paredes del mundo, Jonás camina hasta el pretil, se gira hacia el río, siente que alguien toma su mano y se oye un grito doble que se deja caer al curso del río al mismo tiempo que una estrella fugaz cruza la noche, al mismo tiempo que la luna se construye una piel y aparece a su lado. Luna y enlazador se abrazan, iluminando distancias, rearmando lo que se separa. ¡Sea!, dice Jonás, y salta a las frías aguas del Graa. La imagen de la luna proyectada sobre el río se deforma y se difumina con el impacto. Jonás se deja arrastrar río abajo...

28 de febrero de 2013

Con la poli




Photo credit: Thomas Hawk / Foter.com / CC BY-NC


En la televisión siempre parece que les corre la profesión junto con la sangre. Los que no son habilidosos son auténticos sabuesos y si se da el caso, de que resultan ser unos mequetrefes, son graciosos y acaban teniendo suerte. Este tipo no se parecía en nada a ninguno de los policías de la tele, más bien era el personaje malo, pero el malo desagradable. Este tipo, de nombre Pedro María Sanchís e inspector de policía, insinuaba bromas con afilada ironía cuando no venían al caso y, este tipo, apagaba sus asquerosos puritos con filtro y nauseabundo olor a vainilla en el escenario del crimen. Se acercó a mí con la autorizada decisión que le otorgaba su rango, me preguntó por mi nombre y qué hacía por allí con el tono que debió usar Dios con Adán después de aquel rollo de la manzana. -¿No será que se ha arrepentido de la barbaridad que estaba a punto de hacer y…?- Dejó el “y” final con duración de blanca con puntillo en un compás de cuatro por cuatro, como si esa fuera la entradilla necesaria para que yo empezara a cantar. Pensé (así, con muchas exclamaciones): ¡¡¡¡¡Será gilipollas!!!!! Pero le respondí que sí, que mi primera intención fue llamar a la policía y que me arrepentí, y que menos mal, porque entonces escuché un ruido como de rasguño e hice lo que mejor. No le debí caer muy bien al tontolhaba del agente porque, más tarde, me dijo que tenía que acompañarlo a la comisaría, hizo una pausa estudiada y añadió: esposado.

Me mordí la lengua con una de las trampas para ratones que llevo en los bolsillos para estos casos. No sería la primera ocasión en que el tiro me sale por la culata, pero esta vez la cosa tenía un serio cariz y no era plan de ser un bocazas. Si Viento quedaba en coma o moría y me fallaban los nervios o me torturaban en la parte trasera del estado de derecho, podía acabar derechito en la cárcel. Aunque hoy en día eso es lo que menos me preocupa, el verdadero castigo serían los medios de comunicación: Un estigma indeleble. ¿Cómo es posible que habiendo rescatado a un ser de algo tan trágico me enviaran como sospechoso a las dependencias de la policía? Cerré los ojos mientras mi dignidad caía en picado al notar que ya ni siquiera era merecedor de unas esposas como dios manda, y el sonido de carraca de unas bridas de plástico negro cerraban la cremallera de mi libertad.

Me soltaron a las pocas horas, después de preguntarme lo mismo una y otra vez de manera distinta. Puedo decir en confianza que me divertí con aquello, yo también sé cómo responder siempre lo mismo sin que lo parezca. Es abusar un poco, lo sé, no me encontraba en las condiciones idóneas para permitirme ese juego pero lo cierto es que mi conciencia estaba tranquila y que no podía dejar que las dudas nublaran mi cielo. Aquel tipo, Pedro María, que insistía en gritar y poner barreras con la mirada, se me acercó para decirme que no me perdiera por ahí, que me iban a necesitar de nuevo. Pero yo me perdí en mis pensamientos y no escuché que más me dijo. Y me fui.





3 de febrero de 2013

El loco



El abrazo - Por María Pan


De las seis cuerdas que tiene mi guitarra -pensaba Vindiano-, tres son graves como el sonido de fondo de las fábricas; las otras tres, estridentes radio-frecuencias para ahuyentar a los insectos. De las seis cuerdas de mi guitarra, hoy, voy a elegir la tercera con afinación en Sol.

Y así hizo, melló su guitarra y con uno de los cabos de Sol se hizo un nudo en la muñeca, el otro cabo lo dejó caer al suelo y arrastrando a su mascota invisible salió de casa hacia el día quebrado de luces.
Las personas se apresuraban a mirarlo con disimulo. Vindiano sabe que el miedo a la reacción imprevista de los llamados locos es lo que les asusta y, consciente de esta pesada realidad, le basta con lucir su sonrisa ensayada para hacer crecer esa sensación de incertidumbre, así se protege. Le costó mucho tiempo aceptar su elección, aceptar que poco a poco entraba en ese mundo de los apartados, de los que tienen una tara estrafalaria. Claudicó de la normalidad para protegerse, prefería ser señalado a ser invadido, eso sí que le hacía daño. Ser invadido por las doctrinas y comportamientos del “hay-que-ser-así”. Vindiano no se sentía un loco ni un apartado, simplemente no entendía esa manía de crear un mundo de iguales, de un mundo pautado en comportamientos y puntos de vista. Y poco a poco, en su afán de protegerse de los invasores de conciencias y almas, estos lo fueron encasillando en el rol de loco.
Grita de pronto sin razón alguna a las puertas de una cafetería, la gente se gira para mirarlo pero él hace como si nada, ni siquiera se ruboriza. Cualquiera podía pensar que hace las cosas sin darse cuenta pero no es así, Vindiano sabe que ha gritado, solo que no le da importancia, ha sido un grito natural, una pequeña energía que luchaba por salir de su interior y que ha tenido a bien dar salida, nada más que eso. Hubo mucho tiempo en el que se divertía con las expresiones de la gente pero toda esa diversión acabo el día en que comprendió los efectos de la luz y contemplaba estupefacto como esas expresiones se derretían como mantequilla caliente. Desde entonces teme a las personas y se protege con agresividad de felino asustado. Cruza la calle con un brazo en forma de asa tapándose la oreja derecha y abriendo la boca tanto como puede. Una expresión de terror deformado le acompaña sin remedio.

Al otro lado de la calle, pegada de espaldas a una pared de granito gris, una chica lo ve venir. La cara de Vindiano le da pavor, su paso tambaleante y decidido hacia ningún lugar la intimida. Se siente atrapada en esa visión. Se vuelve menuda y quiere ser un grafitty en el granito. Vindiano se acerca. Ella, temerosa, se vuelve un par de ojos inquietos, grandes como rotondas por donde circulan rápidos los pensamientos, busca desde la esfera interior la salida pero nuevos pensamientos se lo impiden. Se llama a sí misma a la calma: - Sara, tranquila, es solo un loco sin más, no te hará nada, seguro que pasa sin mirarte siquiera…

Pero ya es tarde, Vindiano la ha visto y ha descubierto en los ojos de Sara el gran pavor que suscita. Y eso le cabrea, lo saca de sí, solo quiere que lo dejen en paz no que le teman, no por lo menos de esa manera. Toma la determinación de hablar con ella, de hacerle entender que no tiene porque temerle. Se quita la mano de la oreja, cierra la boca y camina como una persona normal hasta quedarse frente a Sara, en silencio. Vindiano intenta hablar pero nada le sale, nada excepto unas tontas lágrimas que no puede controlar. Ve como la chica se vuelve más y más pequeña y como una oleada de pavor desmesurado emana de sus ojos.

Sara se siente petrificada, mira a ese loco que al final sí que se ha percatado de ella. Sus pensamientos siguen buscando una salida, ¿qué querrá de ella ese pirado? Ojalá pudiera desaparecer, mil pensamientos por segundo la atosigan y quiere desfallecer. Unas lágrimas de impotencia brotan de sus ojos y entonces salta. Sara salta hacia Vindiano como un animal a por su presa y lo devora de la única manera que se le ocurre.

Vindiano no entiende nada, sus lágrimas se vuelven cálidas como el asfalto del verano, sus brazos quedan laxos unos instantes, no entiende la sensación, pero poco a poco posa una de sus manos sobre la cintura de Sara, la otra más arriba en la espalda, cerca de la axila, levemente inclina su cabeza sobre la de ella, cierra los ojos y sonríe. Esto debe de ser un abrazo, piensa. Nota Sol anudado a su muñeca y por primera vez en su vida, Vindiano quiere enloquecer.


26 de enero de 2013

Los pájaros


Photo credit: mireia. / Foter.com / CC BY-NC-ND


En mi desiderata, quizá la última, pido ser eternamente discente y aplicarme en toda disciplina con brío alegre y alta concentración, hasta en los besos, aunque sean labios arrugados y encías vacías quien en la ternura de su mustia carne los hagan salir a la pizarra y demostrar lo que aprendieron, y lo que saben. ¡Ojalá sienta de nuevo todo ese pavor escénico!  Aunque ya bailen niágaras en mis ojos, o en los suyos, y los restos del incendio den color a su desierto, o a su pelo. ¡Ojalá!

Y escucha lo que te digo: Pido ser eternamente discente hasta en la muerte, porque no quiero yo, tan viva, perderme tan única experiencia. Sí, además pido como deseo recordarla mucho tiempo después, que ya bastante olvidadiza he sido con las cosas del amor y las pequeñas alegrías. Algunas recuerdo, no te pienses, pero ya no sé si son verdad o fantasía. ¡Y poco que me ha de importar, la jodida, si es de escarcha ésta, la memoria mía!

Por eso hoy me preguntas qué te han hecho en el pelo, como si me hubiera dejado hacer; y no, es una elección mía. Le he pedido a Sonia, mi peluquera de siempre, la que tiene la peluquería en la calle Arrieta, que me pinte el pelo de azul. Y aquí estoy, dándole un espacio digno a mis pájaros para poder volar. No es tarde, no. A mis sesenta y tres años he descubierto cómo seguirlos, les he dado un cielo y ahora oigo sus trinos. Me voy tras ellos, a bailar.


20 de enero de 2013

El salto


Photo credit: аrtofdreaming / Foter.com / CC BY-NC-ND

Sigo aún en el aire desde que salté. 

El mundo es un cúmulo de constelaciones urbanas, de estrellas artificiales imitando al universo. Intocable materia brillante y sólo visible, eso es lo que contemplo desde aquí, desde lo alto. He debido de caer hacia arriba o, quizá, haya muerto ya y todo esto no sea más que una visión de mi alma errante, ¿o será mi alma errada? No sé. Se me ocurre, ahora, que entre la infinidad de números posibles podría elegir al azar uno muy alto, por ejemplo el ciento cincuenta mil trescientos tres. Pues bien, la ley de la gravedad no llega a 10 y es imposible (era) de vencer humanamente sin medios mecánicos. Flotar en el aire como un pez con alas es estar en el sistema respiratorio del mundo. Si no soy Dios, soy su antagonista; aunque me siento ambos a la vez. Lo único que me apetece es gritar hasta que mi voz inunde el mundo por completo, que mi voz sea el diluvio, el verdadero diluvio. Mi grito, roto como un cristal, deshaciéndose en gotas de sonido que resbalan sobre pieles desconocidas, mojándolas con mi liberación hasta ahogarlas presas de mi rabia inagotable. Gritar: ¡Soy yo quien está lloviendo!

Pero lo sé, lo más seguro es que el concepto del Yo no tenga sentido si no tengo cuerpo, y creo que éste yace destrozado como un asteroide sobre la calzada. Hago memoria, retrocedo mentalmente hasta un poquito antes de saltar, me veo en el salón de casa, parado frente al balcón. Mi pecho se eleva en una respiración poderosa y echo a correr, salto, un salto vigoroso, olímpico, como jamás creo haber dado, veo el asfalto de la calle y cierro los ojos. Por eso no sé si he caído, no debería haber cerrado los ojos. La próxima vez lo tendré presente: Si vas a quitarte la vida, estate atento a lo que haces.


6 de enero de 2013

El centro del trapecio


circus by Andy Barisa


Las oportunidades son como disparos. No como balas, ni tampoco como escopetas, como disparos. Y hoy han sonado unos cuantos. Todos perdidos o lejanos. Los he escuchado mientras la vida pasaba por delante de mí, inútil como un circo en el desierto polar antártico. Los he escuchado mientras la muerte avanzaba hacia mí, o yo hacia ella. La muerte o el tiempo, no me importa intercambiarles el nombre. Tengo la sensación de ser un astronauta flotando muerto en el espacio infinito, tan rodeado de belleza y abismo, tan rodeado de inmensidad y silencio… Por eso he decidido suicidarme. Voy a saltar desde el balcón.

Muchas veces la gente se pregunta qué será lo que se le pasa por la cabeza a alguien que decide quitarse la vida. Pues bien, eso es ni más ni menos lo que se le pasa por la cabeza: quitarse la vida. El porqué está de más, es tan absurdo como preguntarse por qué razón soy o por qué razón existo, no hay respuesta. 


Estoy apoyado en el balcón desde el que saltaré. Hace un día magnífico, un sol invernal limpio y potente calienta mi piel y yo me dejo hacer. Parecerá una contradicción pero es tan hermoso estar vivo, es tan inmensamente delicioso notar como esa estrella lo inunda todo y el viento me roza… Tengo los ojos cerrados y me siento tan tan vivo y tan libre que mi Yo se está desbordando. Soy un río de energía que necesita correr, seguir su curso. 
Me alejo del borde del balcón. Sin cerrar los ojos, pasito a pasito y marcha atrás, me meto dentro del salón, respiro con una tranquilidad que me llena de gozo. Pienso en tonterías, pienso que el aire es nuestro principal alimento, mucho más que el agua y la comida, y me río. Bueno, es solo una sonrisa. Siempre había escuchado que sin comida se podía aguantar con vida hasta una semana pero que sin agua la cantidad de tiempo se reducía a dos o tres días; y yo, justo antes de suicidarme, me doy cuenta de cual ha sido mi principal fuente de alimento.

Abro los ojos, inspiro consciente de hacerlo, echo a correr y salto.



Love of Lesbian - Oniria e Insomnia from Lyona Alyona on Vimeo.

29 de noviembre de 2012

Naufragio vocacional



Montículos de sal en el Salar de Uyuni, Bolivia.
(Foto: Luca Galuzzi - http://www.galuzzi.it)


Me preguntó que si sabíamos amar,
y entonces una gran ola 

ribeteada de espuma 
nos arrastró hasta su cama. 
Nuestros cuerpos, 
frágiles veleros en un océano de sábanas, 
navegaron ambas pieles. 
Y resultó que sí, 
que sabíamos a mar.


23 de noviembre de 2012

La bien hallada




Photo credit: andrew c mace / Foter / CC BY-NC-SA


Al pequeño mus que pasó por allí rápido e indeciso aquello le debió parecer un otero, no sé si por pereza o porque intuyó que yo estaba allí prefirió bordearlo y desaparecer entre las verdolagas; para mí ese minúsculo otero era algo que esperaba que no fuese... Había un rastro reciente de la rodada de un vehículo y, a modo de cruz, en lo que creo era la cabecera de aquel montículo habían dejado clavada una pala, no había flores. El pequeño mus no se había alejado tanto como pensé, delataba su presencia el ruidito que hacían sus manos mientras escarbaba la tierra. Un frío de alcohol evaporándose se pegó a mi piel. Creo que lo más prudente sería llamar a la policía, me dije; pero estaba paralizado. La imaginación no es buena consejera en estos casos, levanta miedos infranqueables donde aún no ha sucedido nada. ¿Y si no era el mus el que andaba rascando? Afiné el oído. Por una de esas razones que no puedes explicarte, y sí que puedes comprender, no fui capaz de moverme para avisar a la policía pero en cuanto creí dar por seguro que allí habían enterrado a alguien vivo, me puse a sacar tierra como si fuese el agua de un barco en el que me hundía.

No tardé mucho. Cavar no es un trabajo sencillo en esta tierra, es dura como el invierno y seca como el verano, y el que hizo esto, suponiendo que fuera uno solo, no profundizó más de lo necesario. Me costó más tiempo romper la tapa de aquella caja desvencijada que quitar la tierra que había encima. Logré astillar una de las esquinas de la tapa lo suficiente para que entrara el borde de la pala y la fui usando como palanca por todo su alrededor mientras percibía que nada se movía en su interior. Quizá sólo transcurrieran diez o quince minutos desde que emprendí la empresa con determinación y, si al principio me enfrenté a la paralización por miedo, ahora parecía abrasarme la más horrible de las derrotas: la hermosa mujer de cabello pelirrojo estaba muerta, había llegado tarde. Sollocé vencido por la retirada inesperada de la adrenalina y me incliné sobre la tierra. Mi cabeza se torturaba a sí misma sin motivo, decidí no hacerle caso y comprobar si realmente había perdido el pulso. Miré la cara de aquella chica, quizá treinta años aventuré, y antes de hacer lo previsto quise comprobar que el resorte que precipitó toda aquella función no habían sido las manitas del mus, dirigí la vista hacia la yema de los dedos y arrugué la cara con tímido alivio. Cuando le tomé la muñeca para hallar latido, un seco ruido me descubrió una especie de pequeña radio que se había deslizado hasta el suelo de la caja, en un hueco a la altura de la cadera. Débil y monótono, como si se aburriera, palpitaba el pulso de la enterrada viva. Cogí aquel objeto de color gris y lo examiné sin verlo en realidad, mis ojos se posaban en él mientras mi mente oteaba en ese gris y delimitado aparato el mismo infinito. Evitó, al cabo de un evo, mi dedo pulgar la tecla con un circulo rojo para posarse como un pesado pájaro sobre la de play. La voz que supuse era de la pelirroja contaba que su nombre era Viento y cosas sobre sus creencias pero no usaba el tono de urgencia desesperada de los que son enterrados vivos. A pesar de dejar claro al final de la grabación que era consciente de que iba a morir sepultada, su voz modulaba casi rayando la normalidad, como si eso le sucediera a diario. Escuché la grabación un par de veces más y lo único que saqué en claro era que me gustaba su nombre. Viento me parecía un nombre precioso.






16 de noviembre de 2012

Me llaman Viento

Por ChangHyun Bang (stock.xchng)
    

    Me llaman Viento, y cierto será que mi verdadero nombre carece de importancia. Nací lejos de cualquier lugar cuando eso aún era posible, en una zona afanada en decorarse con zumaques, chaparros y olivos. Por lo que he conocido hasta ahora, puedo asegurar que provenir de un apartado entorno rural se asemeja, si no suplanta o sustituye, al salvajismo. Así es como me creen: Salvaje.
    No venero más religión que la tierra, el cielo y mi cuerpo. ¿Cómo podría alejarme de estos elementos sagrados, si mis padres me enseñaron que son los que nos unen? En mis veintitrés años de vida he encontrado a infinidad de personas que tomaban por verdad suprema los asombrosos cuentos que me relataban, me hablaron de dioses, de sentimientos positivos, del amor, del diablo y las fuerzas malignas que equilibran el mundo, del odio, de la voluntad, del dinero, la ciencia, la inteligencia… Y pese a toda esa cínica verborrea pude comprobar que siempre acabábamos unidos por lo mismo que los animales: la tierra, el cielo y nuestros cuerpos. ¡Cuántas noches bailando juntos, bebiendo y riendo mientras disfrutábamos de una espléndida luna! ¡Cuántos días tumbados en la arena mientras nos arrullaba el océano y el sol nos calentaba! 


    Paso, en serio. Jamás intentaré convencer a nadie de mis razones sagradas. Conozco a los humanos, seguro que intentan convertirlas en religión o en motivo de chanza, hasta yo lo haría… Sí, sí, yo venero y ridiculizo todas mis cosas sagradas a diario, no vaya a ser que caduquen. Pero… Pido disculpas por este speech, como dicen los modernos, disculpas y perdón, no quería pasear por estas veredas en tan importante compañía como la tuya, querido grabador de voz en mp3. Se me hace mogollón de raro hablarte, maquinita gris. Sin embargo, no tengo mejor manera de tomar apuntes en estas circunstancias. Jo, cuánto me gusta mi nombre: ¡Viento! Me parece fantástico. Me lo puso mi amigo Carlos un día de verano por razones que es mejor no contar… Como no podéis verme, os digo que estoy sonriendo como una luna creciente, casi os parecerá escuchar mi risa y todo. Creo que hay pasados que son como una vela apagada, ya no puedes verla brillar pero sabes por donde viste su luz y hacia donde dirigirte para encontrarla. 


    Se ha encendido el pilotito rojo de “poca batería”. Si has escuchado esto es porque has encontrado mi cielo, mi tierra y mi cuerpo. Definamos mi cuerpo a estas alturas como algo insustancial, digamos que mi tierra es todo eso que me sepultaba, incluyendo esta especie de cajón en el que me han metido. Y, por último, entendamos que mi cielo es todo esto que habéis escuchado, sobre todo lo que no os he contado, pero os aseguro que es azul, brillante y soleado. Cada vez parpadea con más intensidad el pilotito rojo, es lo único que ilumina la madera de esta especie de ataúd en el que estoy metida ¿Verdad que es bonito mi non




10 de noviembre de 2012

Acetato de celulosa 1




Por Zeafonso - stock.xchng



     Ya desde pequeño me encantó eso de ojear álbumes de fotos. Y desde que conocí a Julieta, mi primera novia, decidí crear mis propias colecciones; nos echamos cientos de fotografías juntos, todas muy inocentes. Eso sí, procuraba que saliéramos los dos porque era imprescindible que yo apareciera junto a ella en un alto porcentaje. Nada tiene que ver con el egocentrismo, lo mío es solo una tendencia innata por la inmortalidad. Los hay quienes persiguen este mismo fin ejercitando otras disciplinas, música, pintura, escritura e incluso fotografía. Por eso quiero aclarar que lo mío nada tiene que ver con el noble arte de la fotografía; lo mío es otra cosa, una modesta búsqueda de la inmortalidad en un tiempo no vivido.

    Lo de llevar los carretes para revelar a una tienda me parecía una aberración, un suicidio voluntario de la propia intimidad. Solo llevé el primero de ellos, luego me encargué de conseguir el material y conocimientos necesarios para hacerlo yo mismo. El revelado se convirtió en todo un ritual, tanto que llegó a impedir el avance de la tecnología digital en mi mundo. Sabía que mi actitud era una pataleta, como aprobar y no querer pasar de curso, sin embargo el rito del revelado me satisfacía tanto que me atrevería a decir que daba sentido a mi existencia. Ver cómo iban apareciendo poco a poco las imágenes sumergidas en el líquido revelador tenía para mí un toque de explorador, de observador y descubridor pausado que sólo he conseguido igualar, aunque de lejos, viajando a nuevos lugares. Como si se tratase de mi primer amor, que lo era, al segundo carrete de imágenes de Julieta le tengo un especial cariño. Me costó mucho sacar las imágenes al papel, en ellas aparecíamos los dos en multitud de posturas cariñosas: abrazos, besos de pico, miradas encendidas, manos agarradas y muchísimas variantes de lo mismo. Teníamos 12 años. Nuestra relación duró unos 6 meses y cuando terminó dejamos de hablarnos, así tenía que ser. Yo me hice el dolido y con un arte recién descubierto emulé un despecho contrariado, haciéndole llegar a Julieta una copia de todas las fotos que nos hicimos. Se las entregué en una caja de madera parecida a un pequeño cofre, le dije que prefería que se las quedase ella. E intuí que así iba a ser, por eso la acepté como novia, porque ella sería incapaz de destruirlas.

     A pesar de ser un chico bastante atractivo tardé casi un año en empezar una nueva relación. No fue por falta de oportunidades, tenía que ver con la “idoneidad”. Ese era el término que utilicé para elegir novia, no me pareció inteligente coger cualquier tren que se moviera: yo tenía una dirección. Con Julieta fue algo que hice a nivel de subconsciente pero con Carlota emergió de las aguas el Zeus de la Premeditación con su vigorosa presencia. Ella era tres años mayor que yo y llevaba aparato y carpeta forrada con recortes de revistas. En nuestro primer encuentro me devoró, no sabía que se podían hacer todas esas guarrerías ni que dieran tanto placer. Nos divertíamos de lo lindo en multitud de lugares que nos servían de íntimo escondrijo. El motivo de “idoneidad” de Carlota fue su madre. La conocí por casualidad cuando acompañé a la mía al dentista. El dentista resultó ser la madre de Carlota. Se presentó como Sandra y para que me entretuviera mientras trataba a mamá me dejó un álbum de fotografías familiares. A mí no me sorprendió que lo hiciera, era evidente que se me notaba que esos objetos me gustaban, eso es algo que se detecta al primer vistazo, pero se excusó ante mamá diciendo que le habían robado la última revista que tenía. Después me miró a mí y con un timbre de voz complaciente y autoritario me advirtió que tuviera mucho cuidado con él.

     Las fotos eran de gente que no conocía, tampoco conocía a Carlota aún, pero Sandra me contó cuando terminó con los empastes de mamá que esa chica tan guapa era su hija pequeña y que estudiaba en el colegio de Santa María del Mar (y creo que no me lo dijo por decir). Luego revisó el álbum en busca de destrozos o ausencias y lo colocó con delicadeza de jardinero de nuevo en la estantería. Esto último fue lo que me convenció: el amor y cuidado que puso en aquel libro de fotografías. No se me pasó por alto el hecho de que a pesar de tenerle tanta estima se lo prestara a un chico de 14 años recién cumplidos.
Tuve la suerte de que uno de mis amigos de la pandilla, el Iván, que no era el más ligón pero sí el primero que dejó de ser virgen, se echó por novia a una tal Laura Ruíz que estudiaba en el María del Mar y que ésta era a su vez íntima de Carlota. El mundo es una botella cerrada y todos estamos dentro hasta que a la Muerte le da por llenar su copa, y parece ser que le gusta beber mucho. Las fotos con Carlota empezaron siendo inocentes pero cuando le dije que yo mismo controlaba todo el proceso y que ningún extraño tenía acceso a su revelado, ella misma fue la que insinuó que podíamos meter la cámara como tercer integrante de nuestras correrías. Todo nuestro sexo quedó registrado para siempre en unas tiras de acetato de celulosa que yo me he encargado de preservar. A Carlota la atropelló un coche cuando cruzó a todo correr y sin mirar la calle frente a la puerta de entrada del María del Mar, corría porque llegaba tarde y jamás llegó. Murió al día siguiente por un derrame cerebral. Todavía, después de 42 años, no he conseguido aliviar el peso de culpa que adquirí.  Ya sé que yo no podía hacer nada por evitarlo pero es tan abisal la sensación de impotencia ante tal suceso que lo único que te queda es eso: la impotencia. Y la impotencia es frustración, pena y culpa, todo mezclado. Carlota es la única de mis novias a la que no le pude hacer llegar las fotografías. Estuve a punto de mandárselas todas a Sandra, su madre, pero dado el alto contenido sexual que tenían me contuve. Eso sí, le envié todas las decentes, que eran más de trescientas, en una caja de cartón blanco junto a una carta donde le indicaba que me parecía justo que las guardara ella. En cierta manera creo que la muerte de Carlota consiguió que mis fotos llegaran a las mejores manos posibles. Y cuando digo mis fotos no me refiero a que las echara yo, que también, sino a que yo aparecía en muchas de ellas junto a Carlota.

     Éstas fueron mis dos primeras novias, las dos tienen su propia habitación en mi memoria. Y como toda habitación está predispuesta a cambios en la decoración y disposición del mobiliario, me parece increíble cómo se han ido adaptando a mis modas, han sido cambios sutiles pero constantes, tantos que ya no recuerdo las habitaciones originales. Puedo afirmar sin vergüenza alguna que me sé el computo total de novias y amantes que he tenido. En lo referente a novias he tenido 23, y la relación más larga fue de 3 años, con Alicia. Amantes he tenido unas pocas más, muchas de ellas alternadas dentro de mis relaciones estables. Si dijera el número total me acabarían tachando de fanfarrón... Yo creo que he tenido, y aún tengo, tantas conquistas porque mi objetivo final no es el sexo, lo mío es algo mucho más noble: una modesta inmortalidad.

     Alicia fue el único nombre que no se repitió entre todas mis mujeres. Que fuera la relación más larga que tuve tiene su sentido y es que Alicia, estoy seguro, había salido de un cuento de hadas surrealista. Todo en ella era ilógico, practicamos actividades fuera de lo común y eso quedó retratado para siempre por varias de mis cámaras. Por aquel entonces no solo tenía una buena colección de amantes y fotografías, también de cámaras y objetivos. Mi legado consiste en todo un catálogo de imágenes sin mucho interés artístico pero que en su conjunto, nadie podrá negarlo, son un proyecto de vida muy ambicioso. Realmente tampoco es que me importe mucho que mi trabajo sea reconocido, lo que me importa es otra cosa. Las mejores fotos que tengo con Alicia las hice con una Polaroid, la Supercolor 1000, un día que nos fuimos al campo. Ella me lo propuso con seriedad “¿Por qué no nos vamos al campo? Pero no a un campo cualquiera sino a cualquier campo”. Dicho y hecho, la cebada ya tenía una altura considerable así que nos metimos dentro y ahuecamos una superficie circular para retozar. Nos desnudamos, hicimos el amor y echamos algunas fotos. Lo que más me gustaba de la Polaroid era su inmediatez. Nos habíamos llevado como almuerzo unos bocadillos empapados en aceite de oliva y rellenos de jamón serrano. Alicia los enriqueció con espigas de cebada y nos parecieron sabrosísimos, luego jugamos a una variante de la brisca que ella misma inventó en aquel momento, consistía en poner las cartas en la mano de manera que tu contrincante supiera las cartas que tenías pero tú no. Fue muy divertido, Alicia ganó tres partidas y yo perdí cinco según su cómputo. Como ella había ganado eligió esconderse y yo tenía que encontrarla cámara en mano. No la encontré, intuyo que se habría hecho pequeña pequeñísima, y a la media hora ya estaba cansado del juego y le grité que ya no me apetecía seguir jugando pero no respondió.

     Un campo cualquiera está delimitado por mojones o lindes naturales pero cualquier campo es inmenso. Decidí volver donde la ropa y las mochilas, me costó mucho tiempo no medido y lento como tortugas somnolientas encontrarlo. Y allí estaba ella, tumbada desnuda sobre las mieses y durmiendo como un gato. Saqué de mi mochila con mucho cuidado la Minolta XD7 y gasté varios carretes intentando fotografiar sus sueños, su descanso, sus ojos, sus posturas, su sexo, sus pechos, sus labios, sus caderas; después me uní a la fiesta y gasté otro carrete para los dos. Es la única vez que no salgo en mis fotos, salían partes de mi cuerpo pero el mayor representante de mi yo, que es mi rostro, ni siquiera asomó. Quizá porque las fotos las hice pensando en Alicia en la hora previa al ocaso o por un impulso incontrolable son las mejores fotos que tengo, emocionalmente por lo menos.
Alicia me dejó poco tiempo después. Me dijo que de vuelta a casa se había encontrado algo en el suelo, un objeto mate casi sin brillo que le había llamado la atención, me lo mostró. Yo le dije que eso era una piedra blanca de las que usan para decorar los jardines y ella me respondió que necesitaba enamorarse de un pitufo, que los príncipes azules miraban las cosas con mucha prepotencia. Se acercó la piedra blanca a los labios y la besó dejándole marcado el carmín de frambuesa y arándanos que tanto le gustaba, la encerró entre las palmas de ambas manos. Me pidió que juntara mis manos como si fuera a rezar y que se las ofreciera, luego ella pasó sus manos entre medio de las mías y depositó su tesoro. -Ciérralas, ciérralas- me dijo con urgencia-, no dejes que le de la luz, podría velarse. Sonrió abiertamente y me dijo con voz de niña: Bueno, me voy al país de nunca jamás. Y se fue.

     Tengo ordenados y catalogados todos los negativos por fechas y nombres en cajas de madera. Tuve que alquilar una pequeña bajera para guardarlas. No solo eso, desde Coral comencé también a escribir una breve historia de cada una de ellas: cómo nos conocimos, qué cosas les gustaban, cómo terminamos y otros detalles que me parecían importantes: pecas, manchas en la piel y otras singularidades físicas. Lo que más me llamaba la atención eran sus traumas, los anotaba todos. Afortunadamente Coral fue la primera de mis amantes, coincidió en tiempo con mi tercera relación, Laura. Así que no me costó mucho hacer memoria sobre Julieta y Carlota.
Muchas de esas cajas son solo nombres y fotos con caras distintas donde todo es una repetición: posturas, sonrisas, poses... Pero toda colección tiene sus “marcapáginas” y sus tesoros, algunos de estos tesoros son oscuros como la obsidiana. Es el caso de Mercedes que me pidió que fotografiara su muerte, se suicidó delante de mí. Si te interesa saber qué método usó a mí no me apetece recordarlo. Todavía no sé cómo demonios acepté aquel juego. La policía me hizo muchas preguntas, les dije que simplemente me la encontré así al llegar a casa, que éramos pareja y que por eso tenía una copia de las llaves del apartamento. A veces pienso qué pasaría si alguien encontrara alguno de estos catálogos oscuros.

     Te cuento todo esto porque quiero que cuides mi colección. Tengo 56 años -lo sé soy aún muy joven- y un cáncer galopante que está convirtiendo mis células en ceniza. Moriré pronto. Quiero que sepas que sin duda alguna, de todas mis mujeres, tú eres mi favorita. Y la más guapa... No llores, por favor. Mira, esta es la llave de la bajera, el día que yo muera la encontrarás dentro de la efe, en la enciclopedia de conocimientos generales; mientras tanto quiero pedirte un favor. Quiero que me fotografíes cada día, no creo que mi vida dé para más de un par de semanas, y quiero que salgas a mi lado en un alto porcentaje de las fotos. En estos días te enseñaré cómo se revela en el cuarto oscuro, mis trucos y manías con la luz, el tipo de cámara y los objetivos que suelo utilizar y porqué y, ante todo, quiero que comprendas el verdadero sentido de mi proyecto de vida. Y te digo una cosa: si deseas echar tus fotos con esos diablos de cámaras digitales sin alma tú misma has de idear la forma de catalogar tu obra. En lo que a mí, y a nosotros, respecta todas las fotos que me hagas serán con cámara tradicional. Quiero que apuntes todo lo que yo te diga y sobretodo quiero que me prometas una modesta inmortalidad, ¿lo harás?.

1 de noviembre de 2012

Claudia



Billy Frank Alexander - stock.xchng



    Hay ocasiones en que los cambios son tan imperceptibles que no se ven -y hay que observar con ojos de lechuza- hasta que no desvelamos la foto: La luz cambió de brillo, más dorada y metálica, la temperatura ambiental sumó un par de grados, el aire en cambio quedó quieto y el silencio subyacente se transformó en algodón y verano. Nada hacía prever que “aquello” estaba presente entre nosotros, rozándose con nuestro sexto sentido sin hacerse notar.
   
    Le di un beso a Claudia en la mejilla y me despedí de ella con una sonrisa. En cambio sus ojos se cayeron y rodando como canicas huyeron desde la punta de sus pequeños zapatos hasta un punto increíblemente lejano a metro y medio en el suelo. No sé a qué venía aquella expresión de tristeza pero logró desplomar las comisuras de mis labios. Le dije: “Tranquila, Claudia, no serán más que unas horas. Luego volveré a por ti, cariño. ¿Vale?”
    Claudia no respondió con la voz. Sólo asintió resignada con la cabeza mientras los ojos se le convertían en estrellas tristes. Me costó mucho darme la vuelta y dejarla allí abandonada en mi conciencia, que no en la realidad. Me prometí no mirar atrás, a pesar de sus sollozos, y mientras me alejaba pensé en por qué la tristeza se parece tanto a un objeto sólido que obedece a la ley de Newton: Los labios, los ojos, los hombros, el cuerpo, las lágrimas, el ánimo… Todo se cae. Antes de subir al coche, oí llamar a filas a las profesoras, me pareció abandonar a mi pequeña Claudia en una guardería marcial. Subí al auto, puse la radio y las noticias consiguieron hacer interferencias en mis pensamientos en el camino hacia el trabajo.

    Hay mañanas aburridas y mañanas aburridas, ésta era una de ellas. No tanto por falta de trabajo como sí por exceso de concentración. Creo que me estaba concentrando demasiado en el vuelo de las ideas, que en este caso se asemejaban a auténticas moscas: pequeñas, voladoras y huidizas, a la vez que insistentes. La imagen de Claudia llorando en la puerta de la guardería me asaltaba de vez en cuando, estrujando mi corazón como si se tratara de un estropajo-salvauñas. Claudia perdió a su madre hace dos años y medio, justo su edad, al nacer. La perdió según mi suegra por negligencia médica, según el médico por eclampsia y según yo… A mi me da lo mismo que fuera un rayo que un trueno, no busco culpables ni solución, lo único que me preocupa es sacar a Claudia adelante como mejor pueda y que ella sea feliz. A veces he pensado en encontrar un nuevo amor que también quisiera adoptar a mi pequeña, pero me falta confianza. No hace mucho conocí a Silvia, era un encanto, creo que yo le gustaba a rabiar pero cuando se enteró de mi situación comenzó a demostrar claros síntomas de contrariedad: ternura, distanciamiento… Lo cierto es que yo tampoco puse mucho de mi parte, en cuanto noto que eso de ser padre soltero incomoda y causa admiración a la vez, me vuelvo pequeño y pongo pies en polvorosa. La verdad es que Silvia me gustaba mucho, no sé por qué diablos le dije eso de “jamás encontraré a nadie como a su madre”. Esa pequeña frase la hundió, no entendió que mi miedo usaba mi boca para expresarse, y acabó alejándose de mí.

    Lo que más me preocupa ahora no es nada de amores ni de madres, sino los seres. De un tiempo a esta parte, Claudia dice hablar con un amigo, sí, ya sé que es normal que los niños tengan amigos imaginarios. Pero lo extraño, lo que me preocupa, es el nombre de su amigo imaginario. Podría llamarse Juan o Pedro, incluso Ernesto o Aquilino, pero Praix… ¿qué tipo de nombre es?¿de dónde lo ha sacado? Y lo que me saca de mis casillas es el léxico que usa Praix, jamás escuché a Claudia ni a ningún otro niño de dos años decir: “¿Sabes, papá?, me ha dicho Praix que la oniromancia no es una ciencia, que más bien es un despiste de la Niña-Reina.”

   

29 de septiembre de 2012

Un regreso



© María Pan


Praix puede orientarme, pensé.

    Después de pasar excesivo tiempo en Entremundos comencé a llamarlo “el mundo real”, mientras que Járiga se diluía en mi memoria como una gota de Mercromina en un gran estanque. Me resistía a seguir creyendo en Járiga como otro mundo posible, me resistía a pesar de todo lo vivido y todo lo que conocí de ese lugar. Una de las razones principales era que aquí, en Entremun… Perdón, en el mundo real, ninguna de las personas que conocía sabía de su existencia, las más benévolas la tildaban como “tu mundo imaginario”, mientras que la mayoría optaba por la simple indiferencia. Así, de a poquito, iba siendo absorbido por el embudo opaco de la cotidianidad, dejándome caer sumiso por su torbellino dictatorial como una piedra que obedece la ley gravitatoria. Alguien me dijo en una ocasión que la fe era como una vela, pero la mía en lugar de iluminar está empeñada en derretirse. No es fácil ser enlazador de mundos, si es que alguna vez lo fui. A parte de Járiga existe tal infinidad de ellos que conocerlos todos sería un infausto propósito, por eso tuvo que ser un sueño. 


    Aquella estatua… ¿Cómo era, cómo se llamaba? Gabriela, eso es, imponía tanto su quieta presencia en el centro de Plaza Grande con su ánfora de secretos; La Taberna de La Curia donde encontré a mi maestro antes de toda aquella persecución a través de los bosque de Phéser… Todo un sueño, incluso mis juegos con Praix desde que éramos niños. Todo ha sido un enorme y fantástico sueño que debí empezar en no se qué momento de mi niñez, un sueño que he llegado a creer real. Pero ya estoy poniendo los pies en la tierra, he decidido dejar de escuchar los trinos de mis pájaros, ¡he de estar loco!


    Si Járiga fuese real podría ir ahora mismo y visitar a Sena, la niña de eterna infancia, o pedir audiencia con su majestad La Niña Reina en el palacio del Amaraun, o asombrarme con las cosas imposibles que crean los imaginartesanos. Ha sido todo un bonito sueño que ya dura demasiado, se ha metido tan dentro de mí que puedo hablar de él como una certeza y eso es algo que ha de ser ominoso por fuerza. Járiga es una invención, he aceptarlo.
    La lavadora se puso histérica, le encanta armar escándalo con el centrifugado, y me desvió de mis pensamientos. Tiré los ojos por la ventana y en el exterior los recogió un día estupendo, el verde del parque parecía haberse ruborizado, aunque sería más correcto decir “verdorizado”, y la luz velaba platinos en sus destellos. Un largo paseo me haría bien, un largo paseo con música.


    Cualquier cosa, se moviera por su voluntad o no, bailaba al compás de la música que me inundaba, el título de la canción: Vita Brevis. Todo fluía con lentitud de lava, imaginé que ardía todo mi pasado bajo la tierra candente y encontré tanta paz que sonreí. Creo que esa es la máxima expresión de la paz interior, la sonrisa completa de todo lo que soy. Sin darme cuenta la música iba cambiando y con ella mis emociones y mi percepción de las cosas. Así de falsa es la realidad. 


    1689 XFS, 4758 HHF y 1878 GVB fueron las matrículas de los tres únicos coches que se cruzaron en mi camino antes de apartarme por el puente de alemanes hacia los caminos sin asfaltar de Aranzadi. No sé por qué motivo empezó a ser mi número fetiche, bueno, digamos que preferí olvidar los motivos. Lo cierto es que no podía ser casualidad que la suma de los dígitos de cada matrícula me llevara a él. No quise subir hacia la parte vieja de la ciudad a través del Portal de Francia, me desvié hacia la izquierda y me encaminé por la Bajada de Labrit. Es un tramo muy transitado por los vehículos que suben y bajan hacia Txantrea y Arrotxapea. En el breve tiempo que usé en subir me crucé con veinte matrículas más que me llevaron a mi número fetiche, era un hecho demasiado inusual para no fantasear con los atrevidos poderes de la numerología. Entré en la parte vieja de la ciudad por Dormitalería escuchando una canción titulada “Violin Solo”. Volví a pensar en Praix mientras me aparté a un lado de la estrecha calle para que pasara un furgón de reparto, su matrícula 4857 HSH: La luz del día tembló, la calle seguía siendo de piedra y estrecha pero ya no estaba en Pamplona.

 

18 de abril de 2012

EL FRUTO DEL OLVIDO

 (Maravilla, año 2053) Parte primera

Fotografía de Joseph Hart (stock.xchng)


Avanza la luz como un ejército implacable conquistando la sombra y tras ella, el incendio invisible del asfalto y las aceras. Pronto llegará el mediodía con sus antorchas de platino dejándole a la sombra apenas un minúsculo refugio entre los árboles y las balconadas. Pero yo sé que la sombra nunca se detiene y que ha de volver para perfilar la tarde con sus enormes láminas de grafito.

Había quedado con Maravilla a la hora en que el ocaso aspira el aire previo al bostezo y la luz se vuelve bronce: a las nueve y media, sobre el puente donde los coches hacen oleaje. Es tan similar: vienen desde lejos con su rumor de onda, rompen bajo el puente y, luego, el sonido de su retirada se confunde con los que se acercan de nuevo. A mí me gusta más el verdadero rumor del mar, y mucho más aún el del océano, porque el océano brama y su espuma se queda más tiempo sobre la arena.

Aún es temprano. La luz anda vistiéndose con un traje claro, luminoso, sin complementos, excepto por un abanico de agradable brisa que se balancea entre el ánimo y las horas como un ligero funámbulo. Yo no dejo de pensar en la hora-puente y, cuanto más pienso en ella, más lejana y eterna se me hace; así que con la intención de evadirme de mis pensamientos y de no seguir alimentando la caprichosa impaciencia del deseo inmediato, me aparté de la ventana. Desgasté la mañana con solícitos quehaceres, desmadejando las tareas de casa y procurando la compra ineludible del pan y del periódico después de dar un agradable paseo. El verano suele restarme apetito, aún así, comí abundantemente y me preparé un café con dos cubitos de hielo. Me acerqué hasta la blanca mesita del ordenador, tomé un trago de café y me encendí un tonto cigarrillo, de esos que se fuman por hábito y no por ganas; luego deslicé el ratón por la alfombrilla y la pantalla abandonó paulatinamente su color negro, pulsé sobre el icono del reproductor de música y, como quien abre el grifo de una bañera, le di al play; me sumergí al instante en las cálidas aguas del sonido. La canción estaba envuelta en una atmósfera de sueño profundo y noche de luna, todo un hechizo, y la voz de Lhasa, grave y profunda, se alzaba sobre ella con la sinuosidad de un gesto de cortesía: “En mi pago hay un árbol / que del olvido se llama / donde van a consolarse, vidalita, / los moribundos del alma”. Escuché el resto del embrujo en algún lugar remoto de la realidad o de la conciencia, no sabría concretar, y cuando éste acabó me quedé flotando en su eco silencioso y en la negra paz de mis párpados, más cerca del placer que del sueño.

El reloj resaltaba en color negro sobre fondo gris: un uno, un cuatro, dos puntos intermitentes, otro uno y un dos. Maravilla termina de trabajar en el obrador a las dos y media, aunque muchos días suele salir un poco más tarde; quizás aún esté a tiempo de llegar para esperarla a la salida... Ya estaba vestido, así que bajé al garaje y cogí el coche. Tardé un cuarto de hora en cruzar la ciudad por la ronda norte y cinco minutos más en encontrar aparcamiento. Seguí a pie, y a la contra, el camino que habitualmente ella recorría, pero no la encontré. El bochorno de esas horas cayó sobre mí como un pesado trono en el que se mecía la imagen tallada de una pequeña decepción. Volví hacia el coche dando un rodeo sin sentido por la manzana, apenas levantando la vista del suelo para registrar los posibles obstáculos del camino, hasta adentrarme en una plazuela flanqueada por árboles en línea, como peones de ajedrez, y edificios de media altura; entonces la encontré. Sus piernas, una sobre la otra y extendidas en línea oblicua, parecían vientos que amarrados a tierra quisieran asegurar el resto de su frágil figura. Levemente reclinada sobre el respaldo de un viejo banco, sacó de su bolso un paquete de tabaco de liar y, ajena a las paredes oceladas de los edificios, a la callada retirada de la sombra y a los asiduos transeúntes de la zona, se dedicó ensimismada a su elaboración; ni siquiera se dio cuenta de que me estaba acercando. Me detuve al cobijo de un árbol que defendía una pequeña parcela de sombra y me quedé observándola. Hubo una pequeña explosión entre sus dedos ―como un chasquido―, acercó la llama hasta prender el cigarrillo y avivó el incendio con una profunda y lenta aspiración. Después su rostro se volvió niebla.
La línea de combate entre la luz y la sombra estaba a punto de rozar sus pies. Tocó y conquistó sus tobillos, sus gemelos... Su piel se fue transformando en un resplandeciente desierto por el que caminé con la mirada, como un nómada que persigue la sombra. Y así, con el deseo de aprenderme la topografía de aquel desierto y todos los matices que lo llenaban de pulso y belleza, me desplacé por la roca de sus rodillas hasta las dunas superpuestas de sus muslos. Caminé sediento, y cuanto más caminaba, más denso y abrasador se volvía el clima; y más deseaba seguir avanzando; y más sed me entraba. Cuando el calor empezó a alcanzar temperaturas demasiado elevadas y la sed prendía mis instintos, me topé, en pleno desierto, con una jaima rosa palo y, bajo su sombra, desperté de mi viaje. Era el color de su vestido.
Maravilla alzó el cigarro en posición vertical hasta colocarlo a la altura de sus ojos, le dedicó una mirada llena de pensamientos remotos y lo lanzó al aire. Decidí acercarme ―si en ese momento hubiera mirado hacia la derecha me habría visto, pero no lo hizo―, había cerrado los ojos. Apenas me quedaban tres metros para llegar hasta ella cuando los abrió, flexionó sus piernas con naturalidad y reclinó su cuerpo hacia adelante, su rostro entró en zona de luz, entornó los párpados y se levantó con una sonrisa. Me recibió sin palabras, con un abrazo de hiedra trepadora y acomodando un beso en mi cuello. Nudos corredizos en mis brazos se deslizaron por su cintura, cerré los ojos.
Un haz de viento conducido iba erizando a su paso los poros de mi trapecio, de mi cuello, del lóbulo de mi oreja... y un suspiro de ojos cerrados invocó a través de mi oído una marabunta eléctrica que sacudió todo mi cuerpo, vibré como gelatina. Luego se aflojaron los nudos, volvió a pasar el aire entre nosotros y, formando una i griega con nuestros cuerpos, se encontraron nuestros ojos. Volví a viajar:
Ahora yo era un astronauta colgado en la inmensidad. Y el conjunto de sus iris y pupilas, galaxias de Andrómeda flotando sobre un blanco universo, el de su esclerótica. Y allí perdí la noción del tiempo y del espacio, y mis pensamientos pasaron fugaces como cometas perdidos en sus ojos. Floté ingrávido... floté hasta que la gravedad de algún rojo planeta me atrapó ―supongo que por el vértigo cerré los ojos― y caí sobre la mullida atmósfera de sus labios. Nada más que el beso, no existía otra cosa que el beso: Almohadas labiadas donde las lenguas retozan como linces cachorros; juguetonas mordidas de pausa y yema, de arrecife y playa, de jaula y cielo; y la cálida sensación de volver a movernos de nuevo por el líquido amniótico, hasta que fuimos abriendo los ojos a la luz del día, como recién naciendo.

―¡Has subido a verme! ―Me dijo con el implícito agradecimiento de un beso carnoso y una sonrisa radiante. Asentí. Le tomé las manos acercándola hacia mí, me volvió a besar, nos besamos. La acompañé hasta su coche azul y nos despedimos... y volvimos a despedirnos... y otra despedida más... Y cada uno siguió su camino con la promesa de volver a vernos cuando el sol se volviera tímido y se sonrojara carmesí, a las nueve y media.

(Siesta)
“Para no pensar en vos / en el árbol del olvido / me acosté una nochecita, vidalita, / y me quedé bien dormida.”

9 de abril de 2012

Eléctrica Ana



Fotografía de hummel_12 (Stock.xchng)


La que tiene las ideas cargadas de electricidad es Ana, sigue empeñada con ese tema desde hace tres meses y a veces me entran ganas de hacerla desaparecer, como si yo fuera un mago; pero uno de esos magos que tienen poderes de verdad no un ilusionista. Ayer en el funeral de la abuela estuvo tan callada como la abuela, casi diría que más pero eso es imposible, Ana respira. ¿Has pasado alguna vez cerca de una central eléctrica deteniéndote a escuchar el zumbido continuo que emite la electricidad? Es algo así como un yuuuuuuu... Pues ese era el mismo sonido que emitía Ana con su mirada, tuve que aguantarlo durante todo el funeral. Tensión y electricidad en un silencio de nubes voluminosas.

Me emocioné cuando su prima, cómo se llamaba... Ah, sí, Lucía... Pues como te iba diciendo, me emocioné cuando Lucía, la prima de Ana, se acercó hasta la tierra, cogió un puñado con la mano y lo lanzó sobre la urna con las cenizas de la abuela. La urna era una preciosidad. No te rías pero quedaría de lujo en la cocina para guardar el Nesquick o el café o el azúcar. Me pareció un gesto hermosísimo el de Lucía. Y luego está lo de las cenizas; yo siempre me había imaginado aquello de esparcirlas al viento sobre el mar pero la opción de enterrarlas en tierra como debe ser, y no en un nicho, jamás la había tenido en cuenta. Fíjate que si llegamos a esparcir parte de las cenizas en el mar, la abuela hubiera terminado su existencia unida a los cuatro elementos: quemada, volada, enterrada y ahogada, ¿quién puede aspirar a nada más después de toda una vida de entrega a los demás?
Estuvimos casi una hora entre el funeral y el reencuentro familiar y después nos fuimos a tomar algo a un bar que había cerca con un nombre peculiar: El ocaso del plata. Para mí que los dueños eran argentinos aunque resultaron ser del pueblo de toda la vida. Por su parte Ana no hizo ni abrir la boca, no fueran a meterle una caja fúnebre en ese nicho, aunque sus ojos lo decían todo. No creo que estuviese triste por lo de la abuela, eso ya lo tenía asumido, es que seguía rumiando y rumiando el tema. Cuando se le mete algo en la cabeza a la muy... En fin, tampoco me apetece levantar mierda pero es que es una cabezota de tres pares. La primera vez que hizo alusión al tema fue el día que me subieron el sueldo. Yo tenía pensado llevarla a cenar sushi a un restaurante oriental para celebrarlo pero empezó a sacar ese tema y al final acabamos discutiendo y durmiendo en camas separadas, sin sueño y sin cena. ¡Menudo perrenque nos agarramos!

A la mañana siguiente me acerqué hasta su cama con el desayuno como ofrenda para la reconciliación, ni siquiera me sonrió, no me dio las gracias, tampoco dijo nada. Agachó la cabeza después de beberse el zumo y mirando al edredón se comió la tostada. Yo pensé que estaba avergonzada y no me lo tomé a mal pero cuando retiraba la bandeja me lo volvió a decir. Su voz sonó a mis espaldas como el agua de un pequeño riachuelo, débil y clara. Hice como que no la oí y me fui para la cocina como un globo rojo hinchado a base de plomo. En mi cabeza acababa de entrar una borrasca que calmé abriendo el grifo y lavando la vajilla. No volví a visitarla, ese día salí de casa y no regresé hasta bien entrada la madrugada.
Cuando volví me acosté de nuevo en el sofá cama, leí un capítulo del bosque de los zorros, de Arto Paasilinna, y como no me enteré de nada coloqué el marcapáginas en el mismo lugar que estaba. Al despertar encontré a Ana en el perigeo, mis pensamientos eran invisibles para el Hubble, las calles habían sido borradas por un ataque nuclear de los Estados Desunidos y los ratones se comieron todos los cables de maniobra de los electrodomésticos. Nada funcionaba como debía. Nada era.

Ana cruzó, sin entrar y sin mirar, el marco de la puerta de mi habitación. Puso el reproductor del salón: La música estaba en inglés y la letra en clave de sol. Me la imaginé bailando con el pelo alborotado y me levanté para verla en su bruja danza solitaria. No sé en qué estaba pensando, debió írseme la olla; cuando llegué al salón descubrí a Ana inmóvil y desnuda frente a la televisión, lloraba. Me sobrecogió tanto la escena que me acerqué a ella para abrazarla y pedirle perdón. Ella tomó mi acercamiento como una victoria y volvió a proponerme el tema casi como un susurro de rendición al oído. Tengo que reconocerme desarmado en ese momento, lo mío eran piedras contra tanques, se me escapó la lágrima que me esforzaba en mantener dentro del párpado, cuando ésta alcanzó la comisura de mis labios no lo pensé y la besé, y en silencio me marché de casa. Estuve en varios bares y cuando ya no me mantenía en pie llamé a Javier, que vino a recoger no sé cuánto de mí yo qué sé adonde. No volví a casa ni hablé con ella en una semana.

El último intento fue el definitivo, cuando lo imposible se convierte en una asidua posibilidad es mejor dejar de intentarlo. Luché contra la sensación de derrotismo, pensaba que aún podía intentar arreglarlo pero en el fondo sabía que eso era improbable. Así que le dije a Ana que lo nuestro se acabó, alquilé un apartamento de 68 metros cuadrados y me sumí en cientos de lecturas y noches transversales que se alimentaban de la luz del sol. Me costó mucho, lloré como un Abril justo y le quité las pilas a todos los relojes que encontré en mi caminar. No volví a verla hasta ayer cuando nos encontramos en el cementerio.

Habían pasado ya dos meses y medio desde nuestra separación. Me acojonó la idea de volver a verla y a punto estuve de no acudir al funeral. Cuando nos vimos, se instaló entre nosotros el mismo silencio que debió encontrarse Dios antes de la creación. Ni ella ni yo nos acercamos. El funeral como ya te he dicho fue muy emotivo, me gustó mucho el gesto de Lucía y lo pasamos bien en El ocaso del plata. Jorge nos contó anécdotas muy divertidas de su trabajo y fue un gusto escuchar las carcajadas de Sofía, la sobrina de Julián el de Valencia. Al final de la tarde, un poco antes de que todos nos separáramos, Ana se acercó hasta mí, me preguntó que cómo me encontraba y lució su mejor sonrisa. Hablamos un rato sobre asuntos de familia y cosas absurdas. Luego me pidió que si me importaba acercarla a casa y yo le dije que no, que no me importaba. Pensé que el tiempo y la distancia habían dejado todo ese tema atrás, en el olvido negro del universo. Pensé pensé.

Si en el camino de regreso ella no hubiese sacado de nuevo el tema, el coche no se hubiera convertido en una central eléctrica. Cuando recuerdo la escena soy capaz de abstraerme y escuchar el sonido que emitía el Opel Corsa allá por donde pasaba, su “yuuuuuuuu...” continuo y áspero. Tanto se cargó la atmósfera dentro de habitáculo que ambos lloramos como nimbos consentidos. Se me pasó por la cabeza estrellar el coche contra cualquier sitio estrellable y acabar de una vez para siempre con este absurdo tema. Ana dejó de llorar, me pidió que parara el coche en el arcén; cuando lo hice me obligó a mirarla, me pidió que la perdonara, me besó y me contó sus razones. Jamás se me habría pasado por la cabeza que sus motivos tenían una base tan fácil de entender... Me sentí tan ruin como un ladrón de indigentes, si es que a éstos les queda algo de alma; muy muy ruin.

Esta mañana he sido yo quien ha sacado el tema. Le he dicho que me gustaría hacerlo realidad; por si acaso, he añadido. Ana me ha mirado con profunda tristeza, se ha acercado hasta mí y me ha rodeado la cara de un bofetón. ¡Me lo tengo bien merecido, por capullo!