28 de abril de 2013

Prolegómenos de sangre



Photo credit: RaidersLight / Foter.com / CC BY-NC-SA
    

    Eneia cubre su actitud con un cendal gris que no me es necesario apartar para entrever el porqué de sus acciones. Por eso no le tengo en cuenta el daño que me hace con cada golpe sin objetivo que acierta en mi pecho, en el hombro o en la cara; y me resigno. Esta mañana la vi observarse frente al espejo empañado del baño, asustada ante sí como una niña con monstruos bajo la cama, cubierta con un edredón de tristeza hasta la cabeza, retorcida y profunda cual raíz de vetiver, ojerosa y desnutrida de voluntad para construir cualquier cosa, lo que fuere. ¡Ha sido tan doloroso verla así, apoyada con ambas manos sobre el lavabo, con el grifo abierto en los ojos y toda esa gran cascada de caracoles huyendo por el desagüe!
    

    Cuando Eneia era pequeña como las hormigas o como los bebés -porque hubo un tiempo en que fue pequeña- su energía era un big-bang diario junto a la intensidad con la que expandía todos sus sentimientos, conquistaba países donde se jugaba con balones y bicicletas, con pistolas de plástico e indios y vaqueros, con carreras de pilla-pilla o saltos de comba; hasta creía que la luz del sol era comestible; decía que era pan de oro, que se tenía que comer mirándolo de frente con los ojos cerrados y los brazos abiertos, que para masticar tan nutritivo maná era necesario abrir la boca con una amplia sonrisa. ¡Qué recuerdos! ¡Cuánta sabiduría gastaba por aquel entonces cuando todavía era nueva en el mundo! Pero la maduración de algunos vinos, en ocasiones, es agria como hiel de víbora de ciénaga.    
    

    Un relámpago, dolor, un hilillo cálido y espeso, quizá carmesí, seguro carmesí, es atraído por la ley de gravedad desde mi labio, qué más da cual. Eneia se queda quieta, mira mi sangre resbalar y supongo que por empatizar llora, acerca su aliento de montaña tropical a mi boca y lame, lame como un animal la sangre que de un golpe ella misma ha hecho correr.
    

    Conté sin contar y sentí que así es como lo hace el mismísimo tiempo, sin números; la empujé, vacié mi energía en ello, con ambas manos, sin golpe: un empujón nacido de no sé qué profundidad. En su retroceso, entre el espacio que cada vez era mayor entre los dos, se quedaron flotando gotas mezcladas de su saliva y mi sangre, gotas de su llanto arrepentido, gotas de mi veneno. El tiempo se detuvo hasta que todas esas gotas se precipitaron. Eneia se derrumbó de espaldas golpeándose contra la mesita del salón y se quebraron los cristales con su peso, se transformó en cristal mi alma, que también se rompió. Ruido de objetos rotos, ni un solo grito, ni una mísera queja. Silencio. Un silencio larguísimo que duró cinco segundos contados. Uno, dos, tres, cuatro, cinco: Todo se rompió, no solo el vidrio de nuestra mirada sino todo. Toda esa energía que como improvisados astros liberamos fue demasiada, demasiada luz para almas tan oscuras. Pero antes de que Todo se deslizara por el tobogán de nuestra vergüenza recordé un principio: su perfume, un punto intermedio: su esencia, y un final: su hedor.

18 de abril de 2013

Transformación




Photo credit: Juan & Diëgo / Foter.com / CC BY-NC-ND


Será por lo interiorizado que lo tengo a causa de las pelis que la elaboración de mi plan para colarme en la habitación de Viento fue sencillísimo: Disfrazarme de enfermero. No hizo falta. Desistí. Me estaban vigilando. Quizá no lo harían si no hubiera enviado aquella maldita carta pero eso me pasa por tonto. Si hubiera obrado más por mi cuenta y sin pedir permiso… En fin, supongo que entonces hubiera hecho las cosas bien y no me hubieran puesto vigilancia. En contra de la creencia popular, cuanto más tonto sospechan que eres antes te vigilan. Me di cuenta a los tres días de esto de la vigilancia. El primer día ya me resultó raro que el camarero de mi cafetería habitual fuera otro. Ya, ya, quizá no tenga nada de extraño pero siendo un negocio familiar y el camarero de siempre el único dueño, autónomo y en crisis perpetua dudo mucho que hubiera contratado a nadie. Lo del tío jugando todo el santo día a la Nintendo DS en su coche me llevó por derroteros de duda genérica, “hay gente pa tó”, me dije. Pero lo de la nueva vecina y la excusa de la sal, vamos hombre… No existen las vecinas que estén tan buenas y te pidan sal, ¡ésta era de la pasma seguro!

Como buen sospechoso, a pesar de ser inocente, comencé a sospechar de todo el mundo. Me parecía haber alquilado una realidad de locura a un precio alto pero inevitable, como si no tuviera más remedio que pasar por el aro. Por suerte para mí, así lo pensaba, mis sospechas fundadas tenían como objetivo a las supuestas fuerzas del bien, esto es: a la policía. Y menos mal, por lo menos no tenía que estar pendiente de amenazas letales, como mucho de alguna paliza o en última instancia de la privación legal de mi libertad. Me volví huraño y desconfiado, apenas si hablaba con nadie. Y si lo hacía, solía ser breve en mis respuestas y huidizo en mis encuentros. Intenté volverme invisible, resaltar lo menos posible en cualquiera de mis acciones, incluso en el caminar. Y así, poco a poco, me fui enterrando en vida, convirtiéndome en Viento.

7 de abril de 2013

La Carta




Photo credit: Arslan / Foter.com / CC BY-NC-ND


Hay veces que uno se pregunta o plantea cosas importantes, por ejemplo: ¿Cómo sería ser astronauta y tener el privilegio de ver el planeta desde el espacio? Incluso: ¡Qué angustia se tiene que sentir si te entierran con vida! Pero es difícil que se te pase por la cabeza ni siquiera el plantearte cómo ponerte en la piel de alguien que ha conseguido sacar de una tumba a una chica enterrada viva, ¿cómo llevas eso?

No sé cómo seguía Viento. No sé si estaba viva, muerta, en coma, casada, soltera, viuda, con novio, si la habían enterrado por un ajuste de cuentas, si el ajuste de cuentas era con ella o con otra persona. Podía ser madre y tener hijos pequeños y un marido buscándola que no sabía nada de su oscura vida. Podía ser una víctima circunstancial o la hija de una persona poderosa. Podía, simplemente, ser una amante descubierta. No podía dejar de pensar en ella; en su nombre, tan hermoso: Viento.

Decidí ir a visitarla al hospital donde estaba ingresada, en el Virgen del Camino, necesitaba respuestas, pero evidentemente no me dejaron pasar. Yo era un sospechoso. Jamás me había enfrentado a esa palabra a tal nivel: sospechoso de intento de homicidio. Busqué en un diccionario etimológico la palabra sospechoso pero me faltó imaginación para hilar su origen con su actual significado, aunque no era nada complicado hacerlo, supongo que por la sensación de embote muchas cosas se me hacían un mundo. Hice un escrito a la comisaría, a nombre del gilipollas de Pedro María Sanchís, pidiendo permiso bajo vigilancia para visitar a la persona que a pesar de salvar bla bla bla bla… Y esperé a que me contestara. La respuesta llegó a los cinco días en un sobre en blanco, sin distintivo oficial de ningún tipo:


Estimado Señor:

A usted le falta un hervor, ¿verdad? ¿Cómo se digna siquiera alguien de su calaña a pedir permiso para visitar a su “presunta” víctima? ¿Cree que la policía es tonta? La respuesta es NO.


                                   
                                       
Me quedé a cuadros, esto era una carta personal del agente Pedro María de los cojones, aunque estuviera sin firmar y con letra tipo Arial. No era una carta emitida por la policía sino una grosería personal y una falta de respeto fuera de los cauces legales. Me guardé la carta pensando en qué hacer con ella aunque no creo que sirviera para nada, ni siquiera estaba dirigida a mí. Decidí colarme en el hospital y visitar a Viento por mi cuenta, ya encontraría la manera de hacerlo.





16 de marzo de 2013

La noche se desvanece




Río Arga - Colores de reflexión
Imagen de: PacoSo / CC BY-NC-ND


Dejarse llevar por el río Graa era como ir dentro de una larga cabellera de caóticos rizos, las corrientes agitaban a Jonás en una suerte de bucles que parecían ser infinitas bocas succionadoras que lo tragaban y lo soltaban, que lo tragaban y lo soltaban; pero él no quería temer, el Graa es el río de la vida y ser arrastrado por él es mucho más que un dejarse llevar, es algo que exige la máxima voluntad. Eso era algo que Jonás aún no llegaba a entender, ¿cómo era posible necesitar una alta concentración de voluntad sólo para dejarse llevar? Quizá había llegado el momento de descubrirlo, pensó. Y mientras pataleaba y movía los brazos como un poseso para mantenerse sobre la superficie, se le inundó la mente con un recuerdo. Se encontraba contemplando cómo el sol parecía ir deformándose al chocar contra el océano mientras que Praix le contaba una de las aventuras de, siempre le hizo gracia el nombre, Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo. Jonás la recuerda ya empezada:

“…así que en el centro del río se encontró con una pequeña isla donde solo cabía una persona y que, para su sorpresa, ya estaba ocupada. El nivel del río era mucho mayor que el de un álamo adulto y aquel trozo de tierra parecía surgir como una columna desde dentro de las aguas. Daniel se pudo asir al tronco varado de un viejo árbol y contempló a la niña que habitaba aquel montículo, cual fue su sorpresa al percatarse de que había muchas más personas como él dentro del río. Algunos nadaban sin descanso en contra de la corriente pero no avanzaban, los que sí conseguían avanzar gastaban demasiada energía para el resultado obtenido y en cuanto se agotaban volvían a retroceder; otros cruzaban el río de orilla a orilla; algunos otros miraban sentados desde la ribera las aguas pero no se metían, o como mucho metían una mano o un pie hasta el tobillo; otros parecían haber encontrado refugio, como Daniel el inmortal que tal que tal, en algún trozo de árbol seco o se afianzaban con las manos a juncos o cualquier cosa que impidiera que los arrastrara la corriente. Daniel quiso hablar con la niña que habitaba la isla pero ésta parecía estar dormida o en un estado de meditación demasiado profundo y no atendía a su llamada. Del tronco del árbol arrancó un trozo de rama que lanzó y que alcanzó a dar en el hombro de aquella personita. La niña abrió los ojos, mantuvo la mirada, seria, en la de Daniel el inmortal y le dijo:

- Gracias por despertarme, desconocido. Llevo mucho tiempo aquí, observando a toda esta gente que me rodea y meditando sobre el Graa, tanto tiempo que ya había perdido la perspectiva y empecé a creer que este montículo era mi hogar. ¿Sabes cómo le llaman al Graa? Le dicen el río de la vida. Creo que no me ha sido fácil llegar a tomar la decisión que he tomado, principalmente porque he tenido que reunir mucha mucha fuerza de voluntad y valentía, así que si quieres quedarte con mi privilegiado lugar a salvo de la corriente puedes hacer posesión de él.

Antes de que Daniel el inmortal que murió hace mucho tiempo pudiera preguntar o decir algo contempló cómo aquella niña nadaba río abajo y con una sonrisa gritaba: ¡Ya no me dejo llevar, ahora yo también voy!”


La fuerza del río que parecía incontrolable interrumpió el recuerdo de Jonás que comenzó a notar el peso de su ropa y cómo se iba hundiendo sin remedio, logró ver un trozo de algún árbol caído y varado sobre el río y proyectó asirse a él como hiciera Daniel el inmortal. La velocidad de las aguas era tanta que al acercarse a su ansiado asidero un inoportuno remolino le hizo errar y se golpeó la cabeza. La escasa luz de la noche se desvaneció del todo.


10 de marzo de 2013

El curso de los ríos




"Vértigo en el pelo" de María Pan.
(Prometo no tener miedo en ningún salto, me lo prometo)


¿Será éste el primer resultado del intento de volar del hombre, de volar y salvar obstáculos, de elevarse sobre sus limitaciones? Se preguntaba Jonás en la orilla izquierda mientras contemplaba el puente de piedra que se elevaba sobre el río. La Niña-Reina lo había citado de nuevo en el Palacio del Amaraun, se lo había hecho saber por mediación de una canción en la radio. Los enlazadores saben distinguir estos avisos por la combinación de sonidos que anteceden al mensaje pero los sonidos no se producen en la canción sino afuera, los produce la gente, la naturaleza, el silencio. En esta ocasión un jilguero, una rama seca y el pensamiento de una mujer que leía un tablón de anuncios predispusieron su mente, Jonás prestó atención a la letra de la canción que sonaba en ese instante: “iluminando distancias, rearmando lo que se separa”, lo anotó en su libreta y dejó que el tiempo siguiera su curso.

Ahora, días después, se encuentra plantado en la orilla del río Graa preguntándose sobre el significado potencial de los puentes. Jonás piensa que son caminos flotantes, le fascina el hecho elemental de su funcionamiento: salvar un obstáculo, unir dos lados. “Iluminando distancias, rearmando lo que se separa”- recuerda.
El puente forma un arco elevado que impide ver la otra orilla y ante la previsible acometida de una nueva misión, Jonás se siente demasiado excitado para centrarse en el mundo. Él, que siempre ha sido un enlazador templado, no puede parar su cabeza, una nueva idea aparece con cada uno de los latidos de su corazón y eso es demasiado, es algo que le produce dolor y que a la vez no puede parar, se siente vulnerable. Le gustaría echar a correr, huir de nuevo hacia Entremundos, vaciar su corazón de sentimientos, su cabeza de pensamientos, habitar en ese espacio de paz suprema incompatible con la vida. Pero sigue clavado en el inicio de la calzada, tan quieto como el mismo puente, y con la vista perdida en algún punto imaginario del pretil. “¡Vamos, valiente!”, se anima.

Mientras Jonás está quieto como la misma piedra el río se serena, en apariencia, porque la tenue luz de la luna es una trucha enorme que en su contracorriente hace retén sobre las sombras, la densidad del aire construye cómodos sofás donde se tumba el tiempo y se relaja, y tanto se relaja que la misma noche sería eterna de no ser por el alma arrojadiza pasmada al comienzo del puente, el alma de un enlazador que siente el vértigo de la desnudez. Un silencio de grillos y agua calma envuelve la oscura habitación sin paredes del mundo, Jonás camina hasta el pretil, se gira hacia el río, siente que alguien toma su mano y se oye un grito doble que se deja caer al curso del río al mismo tiempo que una estrella fugaz cruza la noche, al mismo tiempo que la luna se construye una piel y aparece a su lado. Luna y enlazador se abrazan, iluminando distancias, rearmando lo que se separa. ¡Sea!, dice Jonás, y salta a las frías aguas del Graa. La imagen de la luna proyectada sobre el río se deforma y se difumina con el impacto. Jonás se deja arrastrar río abajo...

28 de febrero de 2013

Con la poli




Photo credit: Thomas Hawk / Foter.com / CC BY-NC


En la televisión siempre parece que les corre la profesión junto con la sangre. Los que no son habilidosos son auténticos sabuesos y si se da el caso, de que resultan ser unos mequetrefes, son graciosos y acaban teniendo suerte. Este tipo no se parecía en nada a ninguno de los policías de la tele, más bien era el personaje malo, pero el malo desagradable. Este tipo, de nombre Pedro María Sanchís e inspector de policía, insinuaba bromas con afilada ironía cuando no venían al caso y, este tipo, apagaba sus asquerosos puritos con filtro y nauseabundo olor a vainilla en el escenario del crimen. Se acercó a mí con la autorizada decisión que le otorgaba su rango, me preguntó por mi nombre y qué hacía por allí con el tono que debió usar Dios con Adán después de aquel rollo de la manzana. -¿No será que se ha arrepentido de la barbaridad que estaba a punto de hacer y…?- Dejó el “y” final con duración de blanca con puntillo en un compás de cuatro por cuatro, como si esa fuera la entradilla necesaria para que yo empezara a cantar. Pensé (así, con muchas exclamaciones): ¡¡¡¡¡Será gilipollas!!!!! Pero le respondí que sí, que mi primera intención fue llamar a la policía y que me arrepentí, y que menos mal, porque entonces escuché un ruido como de rasguño e hice lo que mejor. No le debí caer muy bien al tontolhaba del agente porque, más tarde, me dijo que tenía que acompañarlo a la comisaría, hizo una pausa estudiada y añadió: esposado.

Me mordí la lengua con una de las trampas para ratones que llevo en los bolsillos para estos casos. No sería la primera ocasión en que el tiro me sale por la culata, pero esta vez la cosa tenía un serio cariz y no era plan de ser un bocazas. Si Viento quedaba en coma o moría y me fallaban los nervios o me torturaban en la parte trasera del estado de derecho, podía acabar derechito en la cárcel. Aunque hoy en día eso es lo que menos me preocupa, el verdadero castigo serían los medios de comunicación: Un estigma indeleble. ¿Cómo es posible que habiendo rescatado a un ser de algo tan trágico me enviaran como sospechoso a las dependencias de la policía? Cerré los ojos mientras mi dignidad caía en picado al notar que ya ni siquiera era merecedor de unas esposas como dios manda, y el sonido de carraca de unas bridas de plástico negro cerraban la cremallera de mi libertad.

Me soltaron a las pocas horas, después de preguntarme lo mismo una y otra vez de manera distinta. Puedo decir en confianza que me divertí con aquello, yo también sé cómo responder siempre lo mismo sin que lo parezca. Es abusar un poco, lo sé, no me encontraba en las condiciones idóneas para permitirme ese juego pero lo cierto es que mi conciencia estaba tranquila y que no podía dejar que las dudas nublaran mi cielo. Aquel tipo, Pedro María, que insistía en gritar y poner barreras con la mirada, se me acercó para decirme que no me perdiera por ahí, que me iban a necesitar de nuevo. Pero yo me perdí en mis pensamientos y no escuché que más me dijo. Y me fui.





3 de febrero de 2013

El loco



El abrazo - Por María Pan


De las seis cuerdas que tiene mi guitarra -pensaba Vindiano-, tres son graves como el sonido de fondo de las fábricas; las otras tres, estridentes radio-frecuencias para ahuyentar a los insectos. De las seis cuerdas de mi guitarra, hoy, voy a elegir la tercera con afinación en Sol.

Y así hizo, melló su guitarra y con uno de los cabos de Sol se hizo un nudo en la muñeca, el otro cabo lo dejó caer al suelo y arrastrando a su mascota invisible salió de casa hacia el día quebrado de luces.
Las personas se apresuraban a mirarlo con disimulo. Vindiano sabe que el miedo a la reacción imprevista de los llamados locos es lo que les asusta y, consciente de esta pesada realidad, le basta con lucir su sonrisa ensayada para hacer crecer esa sensación de incertidumbre, así se protege. Le costó mucho tiempo aceptar su elección, aceptar que poco a poco entraba en ese mundo de los apartados, de los que tienen una tara estrafalaria. Claudicó de la normalidad para protegerse, prefería ser señalado a ser invadido, eso sí que le hacía daño. Ser invadido por las doctrinas y comportamientos del “hay-que-ser-así”. Vindiano no se sentía un loco ni un apartado, simplemente no entendía esa manía de crear un mundo de iguales, de un mundo pautado en comportamientos y puntos de vista. Y poco a poco, en su afán de protegerse de los invasores de conciencias y almas, estos lo fueron encasillando en el rol de loco.
Grita de pronto sin razón alguna a las puertas de una cafetería, la gente se gira para mirarlo pero él hace como si nada, ni siquiera se ruboriza. Cualquiera podía pensar que hace las cosas sin darse cuenta pero no es así, Vindiano sabe que ha gritado, solo que no le da importancia, ha sido un grito natural, una pequeña energía que luchaba por salir de su interior y que ha tenido a bien dar salida, nada más que eso. Hubo mucho tiempo en el que se divertía con las expresiones de la gente pero toda esa diversión acabo el día en que comprendió los efectos de la luz y contemplaba estupefacto como esas expresiones se derretían como mantequilla caliente. Desde entonces teme a las personas y se protege con agresividad de felino asustado. Cruza la calle con un brazo en forma de asa tapándose la oreja derecha y abriendo la boca tanto como puede. Una expresión de terror deformado le acompaña sin remedio.

Al otro lado de la calle, pegada de espaldas a una pared de granito gris, una chica lo ve venir. La cara de Vindiano le da pavor, su paso tambaleante y decidido hacia ningún lugar la intimida. Se siente atrapada en esa visión. Se vuelve menuda y quiere ser un grafitty en el granito. Vindiano se acerca. Ella, temerosa, se vuelve un par de ojos inquietos, grandes como rotondas por donde circulan rápidos los pensamientos, busca desde la esfera interior la salida pero nuevos pensamientos se lo impiden. Se llama a sí misma a la calma: - Sara, tranquila, es solo un loco sin más, no te hará nada, seguro que pasa sin mirarte siquiera…

Pero ya es tarde, Vindiano la ha visto y ha descubierto en los ojos de Sara el gran pavor que suscita. Y eso le cabrea, lo saca de sí, solo quiere que lo dejen en paz no que le teman, no por lo menos de esa manera. Toma la determinación de hablar con ella, de hacerle entender que no tiene porque temerle. Se quita la mano de la oreja, cierra la boca y camina como una persona normal hasta quedarse frente a Sara, en silencio. Vindiano intenta hablar pero nada le sale, nada excepto unas tontas lágrimas que no puede controlar. Ve como la chica se vuelve más y más pequeña y como una oleada de pavor desmesurado emana de sus ojos.

Sara se siente petrificada, mira a ese loco que al final sí que se ha percatado de ella. Sus pensamientos siguen buscando una salida, ¿qué querrá de ella ese pirado? Ojalá pudiera desaparecer, mil pensamientos por segundo la atosigan y quiere desfallecer. Unas lágrimas de impotencia brotan de sus ojos y entonces salta. Sara salta hacia Vindiano como un animal a por su presa y lo devora de la única manera que se le ocurre.

Vindiano no entiende nada, sus lágrimas se vuelven cálidas como el asfalto del verano, sus brazos quedan laxos unos instantes, no entiende la sensación, pero poco a poco posa una de sus manos sobre la cintura de Sara, la otra más arriba en la espalda, cerca de la axila, levemente inclina su cabeza sobre la de ella, cierra los ojos y sonríe. Esto debe de ser un abrazo, piensa. Nota Sol anudado a su muñeca y por primera vez en su vida, Vindiano quiere enloquecer.


26 de enero de 2013

Los pájaros


Photo credit: mireia. / Foter.com / CC BY-NC-ND


En mi desiderata, quizá la última, pido ser eternamente discente y aplicarme en toda disciplina con brío alegre y alta concentración, hasta en los besos, aunque sean labios arrugados y encías vacías quien en la ternura de su mustia carne los hagan salir a la pizarra y demostrar lo que aprendieron, y lo que saben. ¡Ojalá sienta de nuevo todo ese pavor escénico!  Aunque ya bailen niágaras en mis ojos, o en los suyos, y los restos del incendio den color a su desierto, o a su pelo. ¡Ojalá!

Y escucha lo que te digo: Pido ser eternamente discente hasta en la muerte, porque no quiero yo, tan viva, perderme tan única experiencia. Sí, además pido como deseo recordarla mucho tiempo después, que ya bastante olvidadiza he sido con las cosas del amor y las pequeñas alegrías. Algunas recuerdo, no te pienses, pero ya no sé si son verdad o fantasía. ¡Y poco que me ha de importar, la jodida, si es de escarcha ésta, la memoria mía!

Por eso hoy me preguntas qué te han hecho en el pelo, como si me hubiera dejado hacer; y no, es una elección mía. Le he pedido a Sonia, mi peluquera de siempre, la que tiene la peluquería en la calle Arrieta, que me pinte el pelo de azul. Y aquí estoy, dándole un espacio digno a mis pájaros para poder volar. No es tarde, no. A mis sesenta y tres años he descubierto cómo seguirlos, les he dado un cielo y ahora oigo sus trinos. Me voy tras ellos, a bailar.


20 de enero de 2013

El salto


Photo credit: аrtofdreaming / Foter.com / CC BY-NC-ND

Sigo aún en el aire desde que salté. 

El mundo es un cúmulo de constelaciones urbanas, de estrellas artificiales imitando al universo. Intocable materia brillante y sólo visible, eso es lo que contemplo desde aquí, desde lo alto. He debido de caer hacia arriba o, quizá, haya muerto ya y todo esto no sea más que una visión de mi alma errante, ¿o será mi alma errada? No sé. Se me ocurre, ahora, que entre la infinidad de números posibles podría elegir al azar uno muy alto, por ejemplo el ciento cincuenta mil trescientos tres. Pues bien, la ley de la gravedad no llega a 10 y es imposible (era) de vencer humanamente sin medios mecánicos. Flotar en el aire como un pez con alas es estar en el sistema respiratorio del mundo. Si no soy Dios, soy su antagonista; aunque me siento ambos a la vez. Lo único que me apetece es gritar hasta que mi voz inunde el mundo por completo, que mi voz sea el diluvio, el verdadero diluvio. Mi grito, roto como un cristal, deshaciéndose en gotas de sonido que resbalan sobre pieles desconocidas, mojándolas con mi liberación hasta ahogarlas presas de mi rabia inagotable. Gritar: ¡Soy yo quien está lloviendo!

Pero lo sé, lo más seguro es que el concepto del Yo no tenga sentido si no tengo cuerpo, y creo que éste yace destrozado como un asteroide sobre la calzada. Hago memoria, retrocedo mentalmente hasta un poquito antes de saltar, me veo en el salón de casa, parado frente al balcón. Mi pecho se eleva en una respiración poderosa y echo a correr, salto, un salto vigoroso, olímpico, como jamás creo haber dado, veo el asfalto de la calle y cierro los ojos. Por eso no sé si he caído, no debería haber cerrado los ojos. La próxima vez lo tendré presente: Si vas a quitarte la vida, estate atento a lo que haces.


6 de enero de 2013

El centro del trapecio


circus by Andy Barisa


Las oportunidades son como disparos. No como balas, ni tampoco como escopetas, como disparos. Y hoy han sonado unos cuantos. Todos perdidos o lejanos. Los he escuchado mientras la vida pasaba por delante de mí, inútil como un circo en el desierto polar antártico. Los he escuchado mientras la muerte avanzaba hacia mí, o yo hacia ella. La muerte o el tiempo, no me importa intercambiarles el nombre. Tengo la sensación de ser un astronauta flotando muerto en el espacio infinito, tan rodeado de belleza y abismo, tan rodeado de inmensidad y silencio… Por eso he decidido suicidarme. Voy a saltar desde el balcón.

Muchas veces la gente se pregunta qué será lo que se le pasa por la cabeza a alguien que decide quitarse la vida. Pues bien, eso es ni más ni menos lo que se le pasa por la cabeza: quitarse la vida. El porqué está de más, es tan absurdo como preguntarse por qué razón soy o por qué razón existo, no hay respuesta. 


Estoy apoyado en el balcón desde el que saltaré. Hace un día magnífico, un sol invernal limpio y potente calienta mi piel y yo me dejo hacer. Parecerá una contradicción pero es tan hermoso estar vivo, es tan inmensamente delicioso notar como esa estrella lo inunda todo y el viento me roza… Tengo los ojos cerrados y me siento tan tan vivo y tan libre que mi Yo se está desbordando. Soy un río de energía que necesita correr, seguir su curso. 
Me alejo del borde del balcón. Sin cerrar los ojos, pasito a pasito y marcha atrás, me meto dentro del salón, respiro con una tranquilidad que me llena de gozo. Pienso en tonterías, pienso que el aire es nuestro principal alimento, mucho más que el agua y la comida, y me río. Bueno, es solo una sonrisa. Siempre había escuchado que sin comida se podía aguantar con vida hasta una semana pero que sin agua la cantidad de tiempo se reducía a dos o tres días; y yo, justo antes de suicidarme, me doy cuenta de cual ha sido mi principal fuente de alimento.

Abro los ojos, inspiro consciente de hacerlo, echo a correr y salto.



Love of Lesbian - Oniria e Insomnia from Lyona Alyona on Vimeo.

29 de noviembre de 2012

Naufragio vocacional



Montículos de sal en el Salar de Uyuni, Bolivia.
(Foto: Luca Galuzzi - http://www.galuzzi.it)


Me preguntó que si sabíamos amar,
y entonces una gran ola 

ribeteada de espuma 
nos arrastró hasta su cama. 
Nuestros cuerpos, 
frágiles veleros en un océano de sábanas, 
navegaron ambas pieles. 
Y resultó que sí, 
que sabíamos a mar.


23 de noviembre de 2012

La bien hallada




Photo credit: andrew c mace / Foter / CC BY-NC-SA


Al pequeño mus que pasó por allí rápido e indeciso aquello le debió parecer un otero, no sé si por pereza o porque intuyó que yo estaba allí prefirió bordearlo y desaparecer entre las verdolagas; para mí ese minúsculo otero era algo que esperaba que no fuese... Había un rastro reciente de la rodada de un vehículo y, a modo de cruz, en lo que creo era la cabecera de aquel montículo habían dejado clavada una pala, no había flores. El pequeño mus no se había alejado tanto como pensé, delataba su presencia el ruidito que hacían sus manos mientras escarbaba la tierra. Un frío de alcohol evaporándose se pegó a mi piel. Creo que lo más prudente sería llamar a la policía, me dije; pero estaba paralizado. La imaginación no es buena consejera en estos casos, levanta miedos infranqueables donde aún no ha sucedido nada. ¿Y si no era el mus el que andaba rascando? Afiné el oído. Por una de esas razones que no puedes explicarte, y sí que puedes comprender, no fui capaz de moverme para avisar a la policía pero en cuanto creí dar por seguro que allí habían enterrado a alguien vivo, me puse a sacar tierra como si fuese el agua de un barco en el que me hundía.

No tardé mucho. Cavar no es un trabajo sencillo en esta tierra, es dura como el invierno y seca como el verano, y el que hizo esto, suponiendo que fuera uno solo, no profundizó más de lo necesario. Me costó más tiempo romper la tapa de aquella caja desvencijada que quitar la tierra que había encima. Logré astillar una de las esquinas de la tapa lo suficiente para que entrara el borde de la pala y la fui usando como palanca por todo su alrededor mientras percibía que nada se movía en su interior. Quizá sólo transcurrieran diez o quince minutos desde que emprendí la empresa con determinación y, si al principio me enfrenté a la paralización por miedo, ahora parecía abrasarme la más horrible de las derrotas: la hermosa mujer de cabello pelirrojo estaba muerta, había llegado tarde. Sollocé vencido por la retirada inesperada de la adrenalina y me incliné sobre la tierra. Mi cabeza se torturaba a sí misma sin motivo, decidí no hacerle caso y comprobar si realmente había perdido el pulso. Miré la cara de aquella chica, quizá treinta años aventuré, y antes de hacer lo previsto quise comprobar que el resorte que precipitó toda aquella función no habían sido las manitas del mus, dirigí la vista hacia la yema de los dedos y arrugué la cara con tímido alivio. Cuando le tomé la muñeca para hallar latido, un seco ruido me descubrió una especie de pequeña radio que se había deslizado hasta el suelo de la caja, en un hueco a la altura de la cadera. Débil y monótono, como si se aburriera, palpitaba el pulso de la enterrada viva. Cogí aquel objeto de color gris y lo examiné sin verlo en realidad, mis ojos se posaban en él mientras mi mente oteaba en ese gris y delimitado aparato el mismo infinito. Evitó, al cabo de un evo, mi dedo pulgar la tecla con un circulo rojo para posarse como un pesado pájaro sobre la de play. La voz que supuse era de la pelirroja contaba que su nombre era Viento y cosas sobre sus creencias pero no usaba el tono de urgencia desesperada de los que son enterrados vivos. A pesar de dejar claro al final de la grabación que era consciente de que iba a morir sepultada, su voz modulaba casi rayando la normalidad, como si eso le sucediera a diario. Escuché la grabación un par de veces más y lo único que saqué en claro era que me gustaba su nombre. Viento me parecía un nombre precioso.






16 de noviembre de 2012

Me llaman Viento

Por ChangHyun Bang (stock.xchng)
    

    Me llaman Viento, y cierto será que mi verdadero nombre carece de importancia. Nací lejos de cualquier lugar cuando eso aún era posible, en una zona afanada en decorarse con zumaques, chaparros y olivos. Por lo que he conocido hasta ahora, puedo asegurar que provenir de un apartado entorno rural se asemeja, si no suplanta o sustituye, al salvajismo. Así es como me creen: Salvaje.
    No venero más religión que la tierra, el cielo y mi cuerpo. ¿Cómo podría alejarme de estos elementos sagrados, si mis padres me enseñaron que son los que nos unen? En mis veintitrés años de vida he encontrado a infinidad de personas que tomaban por verdad suprema los asombrosos cuentos que me relataban, me hablaron de dioses, de sentimientos positivos, del amor, del diablo y las fuerzas malignas que equilibran el mundo, del odio, de la voluntad, del dinero, la ciencia, la inteligencia… Y pese a toda esa cínica verborrea pude comprobar que siempre acabábamos unidos por lo mismo que los animales: la tierra, el cielo y nuestros cuerpos. ¡Cuántas noches bailando juntos, bebiendo y riendo mientras disfrutábamos de una espléndida luna! ¡Cuántos días tumbados en la arena mientras nos arrullaba el océano y el sol nos calentaba! 


    Paso, en serio. Jamás intentaré convencer a nadie de mis razones sagradas. Conozco a los humanos, seguro que intentan convertirlas en religión o en motivo de chanza, hasta yo lo haría… Sí, sí, yo venero y ridiculizo todas mis cosas sagradas a diario, no vaya a ser que caduquen. Pero… Pido disculpas por este speech, como dicen los modernos, disculpas y perdón, no quería pasear por estas veredas en tan importante compañía como la tuya, querido grabador de voz en mp3. Se me hace mogollón de raro hablarte, maquinita gris. Sin embargo, no tengo mejor manera de tomar apuntes en estas circunstancias. Jo, cuánto me gusta mi nombre: ¡Viento! Me parece fantástico. Me lo puso mi amigo Carlos un día de verano por razones que es mejor no contar… Como no podéis verme, os digo que estoy sonriendo como una luna creciente, casi os parecerá escuchar mi risa y todo. Creo que hay pasados que son como una vela apagada, ya no puedes verla brillar pero sabes por donde viste su luz y hacia donde dirigirte para encontrarla. 


    Se ha encendido el pilotito rojo de “poca batería”. Si has escuchado esto es porque has encontrado mi cielo, mi tierra y mi cuerpo. Definamos mi cuerpo a estas alturas como algo insustancial, digamos que mi tierra es todo eso que me sepultaba, incluyendo esta especie de cajón en el que me han metido. Y, por último, entendamos que mi cielo es todo esto que habéis escuchado, sobre todo lo que no os he contado, pero os aseguro que es azul, brillante y soleado. Cada vez parpadea con más intensidad el pilotito rojo, es lo único que ilumina la madera de esta especie de ataúd en el que estoy metida ¿Verdad que es bonito mi non




10 de noviembre de 2012

Acetato de celulosa 1




Por Zeafonso - stock.xchng



     Ya desde pequeño me encantó eso de ojear álbumes de fotos. Y desde que conocí a Julieta, mi primera novia, decidí crear mis propias colecciones; nos echamos cientos de fotografías juntos, todas muy inocentes. Eso sí, procuraba que saliéramos los dos porque era imprescindible que yo apareciera junto a ella en un alto porcentaje. Nada tiene que ver con el egocentrismo, lo mío es solo una tendencia innata por la inmortalidad. Los hay quienes persiguen este mismo fin ejercitando otras disciplinas, música, pintura, escritura e incluso fotografía. Por eso quiero aclarar que lo mío nada tiene que ver con el noble arte de la fotografía; lo mío es otra cosa, una modesta búsqueda de la inmortalidad en un tiempo no vivido.

    Lo de llevar los carretes para revelar a una tienda me parecía una aberración, un suicidio voluntario de la propia intimidad. Solo llevé el primero de ellos, luego me encargué de conseguir el material y conocimientos necesarios para hacerlo yo mismo. El revelado se convirtió en todo un ritual, tanto que llegó a impedir el avance de la tecnología digital en mi mundo. Sabía que mi actitud era una pataleta, como aprobar y no querer pasar de curso, sin embargo el rito del revelado me satisfacía tanto que me atrevería a decir que daba sentido a mi existencia. Ver cómo iban apareciendo poco a poco las imágenes sumergidas en el líquido revelador tenía para mí un toque de explorador, de observador y descubridor pausado que sólo he conseguido igualar, aunque de lejos, viajando a nuevos lugares. Como si se tratase de mi primer amor, que lo era, al segundo carrete de imágenes de Julieta le tengo un especial cariño. Me costó mucho sacar las imágenes al papel, en ellas aparecíamos los dos en multitud de posturas cariñosas: abrazos, besos de pico, miradas encendidas, manos agarradas y muchísimas variantes de lo mismo. Teníamos 12 años. Nuestra relación duró unos 6 meses y cuando terminó dejamos de hablarnos, así tenía que ser. Yo me hice el dolido y con un arte recién descubierto emulé un despecho contrariado, haciéndole llegar a Julieta una copia de todas las fotos que nos hicimos. Se las entregué en una caja de madera parecida a un pequeño cofre, le dije que prefería que se las quedase ella. E intuí que así iba a ser, por eso la acepté como novia, porque ella sería incapaz de destruirlas.

     A pesar de ser un chico bastante atractivo tardé casi un año en empezar una nueva relación. No fue por falta de oportunidades, tenía que ver con la “idoneidad”. Ese era el término que utilicé para elegir novia, no me pareció inteligente coger cualquier tren que se moviera: yo tenía una dirección. Con Julieta fue algo que hice a nivel de subconsciente pero con Carlota emergió de las aguas el Zeus de la Premeditación con su vigorosa presencia. Ella era tres años mayor que yo y llevaba aparato y carpeta forrada con recortes de revistas. En nuestro primer encuentro me devoró, no sabía que se podían hacer todas esas guarrerías ni que dieran tanto placer. Nos divertíamos de lo lindo en multitud de lugares que nos servían de íntimo escondrijo. El motivo de “idoneidad” de Carlota fue su madre. La conocí por casualidad cuando acompañé a la mía al dentista. El dentista resultó ser la madre de Carlota. Se presentó como Sandra y para que me entretuviera mientras trataba a mamá me dejó un álbum de fotografías familiares. A mí no me sorprendió que lo hiciera, era evidente que se me notaba que esos objetos me gustaban, eso es algo que se detecta al primer vistazo, pero se excusó ante mamá diciendo que le habían robado la última revista que tenía. Después me miró a mí y con un timbre de voz complaciente y autoritario me advirtió que tuviera mucho cuidado con él.

     Las fotos eran de gente que no conocía, tampoco conocía a Carlota aún, pero Sandra me contó cuando terminó con los empastes de mamá que esa chica tan guapa era su hija pequeña y que estudiaba en el colegio de Santa María del Mar (y creo que no me lo dijo por decir). Luego revisó el álbum en busca de destrozos o ausencias y lo colocó con delicadeza de jardinero de nuevo en la estantería. Esto último fue lo que me convenció: el amor y cuidado que puso en aquel libro de fotografías. No se me pasó por alto el hecho de que a pesar de tenerle tanta estima se lo prestara a un chico de 14 años recién cumplidos.
Tuve la suerte de que uno de mis amigos de la pandilla, el Iván, que no era el más ligón pero sí el primero que dejó de ser virgen, se echó por novia a una tal Laura Ruíz que estudiaba en el María del Mar y que ésta era a su vez íntima de Carlota. El mundo es una botella cerrada y todos estamos dentro hasta que a la Muerte le da por llenar su copa, y parece ser que le gusta beber mucho. Las fotos con Carlota empezaron siendo inocentes pero cuando le dije que yo mismo controlaba todo el proceso y que ningún extraño tenía acceso a su revelado, ella misma fue la que insinuó que podíamos meter la cámara como tercer integrante de nuestras correrías. Todo nuestro sexo quedó registrado para siempre en unas tiras de acetato de celulosa que yo me he encargado de preservar. A Carlota la atropelló un coche cuando cruzó a todo correr y sin mirar la calle frente a la puerta de entrada del María del Mar, corría porque llegaba tarde y jamás llegó. Murió al día siguiente por un derrame cerebral. Todavía, después de 42 años, no he conseguido aliviar el peso de culpa que adquirí.  Ya sé que yo no podía hacer nada por evitarlo pero es tan abisal la sensación de impotencia ante tal suceso que lo único que te queda es eso: la impotencia. Y la impotencia es frustración, pena y culpa, todo mezclado. Carlota es la única de mis novias a la que no le pude hacer llegar las fotografías. Estuve a punto de mandárselas todas a Sandra, su madre, pero dado el alto contenido sexual que tenían me contuve. Eso sí, le envié todas las decentes, que eran más de trescientas, en una caja de cartón blanco junto a una carta donde le indicaba que me parecía justo que las guardara ella. En cierta manera creo que la muerte de Carlota consiguió que mis fotos llegaran a las mejores manos posibles. Y cuando digo mis fotos no me refiero a que las echara yo, que también, sino a que yo aparecía en muchas de ellas junto a Carlota.

     Éstas fueron mis dos primeras novias, las dos tienen su propia habitación en mi memoria. Y como toda habitación está predispuesta a cambios en la decoración y disposición del mobiliario, me parece increíble cómo se han ido adaptando a mis modas, han sido cambios sutiles pero constantes, tantos que ya no recuerdo las habitaciones originales. Puedo afirmar sin vergüenza alguna que me sé el computo total de novias y amantes que he tenido. En lo referente a novias he tenido 23, y la relación más larga fue de 3 años, con Alicia. Amantes he tenido unas pocas más, muchas de ellas alternadas dentro de mis relaciones estables. Si dijera el número total me acabarían tachando de fanfarrón... Yo creo que he tenido, y aún tengo, tantas conquistas porque mi objetivo final no es el sexo, lo mío es algo mucho más noble: una modesta inmortalidad.

     Alicia fue el único nombre que no se repitió entre todas mis mujeres. Que fuera la relación más larga que tuve tiene su sentido y es que Alicia, estoy seguro, había salido de un cuento de hadas surrealista. Todo en ella era ilógico, practicamos actividades fuera de lo común y eso quedó retratado para siempre por varias de mis cámaras. Por aquel entonces no solo tenía una buena colección de amantes y fotografías, también de cámaras y objetivos. Mi legado consiste en todo un catálogo de imágenes sin mucho interés artístico pero que en su conjunto, nadie podrá negarlo, son un proyecto de vida muy ambicioso. Realmente tampoco es que me importe mucho que mi trabajo sea reconocido, lo que me importa es otra cosa. Las mejores fotos que tengo con Alicia las hice con una Polaroid, la Supercolor 1000, un día que nos fuimos al campo. Ella me lo propuso con seriedad “¿Por qué no nos vamos al campo? Pero no a un campo cualquiera sino a cualquier campo”. Dicho y hecho, la cebada ya tenía una altura considerable así que nos metimos dentro y ahuecamos una superficie circular para retozar. Nos desnudamos, hicimos el amor y echamos algunas fotos. Lo que más me gustaba de la Polaroid era su inmediatez. Nos habíamos llevado como almuerzo unos bocadillos empapados en aceite de oliva y rellenos de jamón serrano. Alicia los enriqueció con espigas de cebada y nos parecieron sabrosísimos, luego jugamos a una variante de la brisca que ella misma inventó en aquel momento, consistía en poner las cartas en la mano de manera que tu contrincante supiera las cartas que tenías pero tú no. Fue muy divertido, Alicia ganó tres partidas y yo perdí cinco según su cómputo. Como ella había ganado eligió esconderse y yo tenía que encontrarla cámara en mano. No la encontré, intuyo que se habría hecho pequeña pequeñísima, y a la media hora ya estaba cansado del juego y le grité que ya no me apetecía seguir jugando pero no respondió.

     Un campo cualquiera está delimitado por mojones o lindes naturales pero cualquier campo es inmenso. Decidí volver donde la ropa y las mochilas, me costó mucho tiempo no medido y lento como tortugas somnolientas encontrarlo. Y allí estaba ella, tumbada desnuda sobre las mieses y durmiendo como un gato. Saqué de mi mochila con mucho cuidado la Minolta XD7 y gasté varios carretes intentando fotografiar sus sueños, su descanso, sus ojos, sus posturas, su sexo, sus pechos, sus labios, sus caderas; después me uní a la fiesta y gasté otro carrete para los dos. Es la única vez que no salgo en mis fotos, salían partes de mi cuerpo pero el mayor representante de mi yo, que es mi rostro, ni siquiera asomó. Quizá porque las fotos las hice pensando en Alicia en la hora previa al ocaso o por un impulso incontrolable son las mejores fotos que tengo, emocionalmente por lo menos.
Alicia me dejó poco tiempo después. Me dijo que de vuelta a casa se había encontrado algo en el suelo, un objeto mate casi sin brillo que le había llamado la atención, me lo mostró. Yo le dije que eso era una piedra blanca de las que usan para decorar los jardines y ella me respondió que necesitaba enamorarse de un pitufo, que los príncipes azules miraban las cosas con mucha prepotencia. Se acercó la piedra blanca a los labios y la besó dejándole marcado el carmín de frambuesa y arándanos que tanto le gustaba, la encerró entre las palmas de ambas manos. Me pidió que juntara mis manos como si fuera a rezar y que se las ofreciera, luego ella pasó sus manos entre medio de las mías y depositó su tesoro. -Ciérralas, ciérralas- me dijo con urgencia-, no dejes que le de la luz, podría velarse. Sonrió abiertamente y me dijo con voz de niña: Bueno, me voy al país de nunca jamás. Y se fue.

     Tengo ordenados y catalogados todos los negativos por fechas y nombres en cajas de madera. Tuve que alquilar una pequeña bajera para guardarlas. No solo eso, desde Coral comencé también a escribir una breve historia de cada una de ellas: cómo nos conocimos, qué cosas les gustaban, cómo terminamos y otros detalles que me parecían importantes: pecas, manchas en la piel y otras singularidades físicas. Lo que más me llamaba la atención eran sus traumas, los anotaba todos. Afortunadamente Coral fue la primera de mis amantes, coincidió en tiempo con mi tercera relación, Laura. Así que no me costó mucho hacer memoria sobre Julieta y Carlota.
Muchas de esas cajas son solo nombres y fotos con caras distintas donde todo es una repetición: posturas, sonrisas, poses... Pero toda colección tiene sus “marcapáginas” y sus tesoros, algunos de estos tesoros son oscuros como la obsidiana. Es el caso de Mercedes que me pidió que fotografiara su muerte, se suicidó delante de mí. Si te interesa saber qué método usó a mí no me apetece recordarlo. Todavía no sé cómo demonios acepté aquel juego. La policía me hizo muchas preguntas, les dije que simplemente me la encontré así al llegar a casa, que éramos pareja y que por eso tenía una copia de las llaves del apartamento. A veces pienso qué pasaría si alguien encontrara alguno de estos catálogos oscuros.

     Te cuento todo esto porque quiero que cuides mi colección. Tengo 56 años -lo sé soy aún muy joven- y un cáncer galopante que está convirtiendo mis células en ceniza. Moriré pronto. Quiero que sepas que sin duda alguna, de todas mis mujeres, tú eres mi favorita. Y la más guapa... No llores, por favor. Mira, esta es la llave de la bajera, el día que yo muera la encontrarás dentro de la efe, en la enciclopedia de conocimientos generales; mientras tanto quiero pedirte un favor. Quiero que me fotografíes cada día, no creo que mi vida dé para más de un par de semanas, y quiero que salgas a mi lado en un alto porcentaje de las fotos. En estos días te enseñaré cómo se revela en el cuarto oscuro, mis trucos y manías con la luz, el tipo de cámara y los objetivos que suelo utilizar y porqué y, ante todo, quiero que comprendas el verdadero sentido de mi proyecto de vida. Y te digo una cosa: si deseas echar tus fotos con esos diablos de cámaras digitales sin alma tú misma has de idear la forma de catalogar tu obra. En lo que a mí, y a nosotros, respecta todas las fotos que me hagas serán con cámara tradicional. Quiero que apuntes todo lo que yo te diga y sobretodo quiero que me prometas una modesta inmortalidad, ¿lo harás?.

1 de noviembre de 2012

Claudia



Billy Frank Alexander - stock.xchng



    Hay ocasiones en que los cambios son tan imperceptibles que no se ven -y hay que observar con ojos de lechuza- hasta que no desvelamos la foto: La luz cambió de brillo, más dorada y metálica, la temperatura ambiental sumó un par de grados, el aire en cambio quedó quieto y el silencio subyacente se transformó en algodón y verano. Nada hacía prever que “aquello” estaba presente entre nosotros, rozándose con nuestro sexto sentido sin hacerse notar.
   
    Le di un beso a Claudia en la mejilla y me despedí de ella con una sonrisa. En cambio sus ojos se cayeron y rodando como canicas huyeron desde la punta de sus pequeños zapatos hasta un punto increíblemente lejano a metro y medio en el suelo. No sé a qué venía aquella expresión de tristeza pero logró desplomar las comisuras de mis labios. Le dije: “Tranquila, Claudia, no serán más que unas horas. Luego volveré a por ti, cariño. ¿Vale?”
    Claudia no respondió con la voz. Sólo asintió resignada con la cabeza mientras los ojos se le convertían en estrellas tristes. Me costó mucho darme la vuelta y dejarla allí abandonada en mi conciencia, que no en la realidad. Me prometí no mirar atrás, a pesar de sus sollozos, y mientras me alejaba pensé en por qué la tristeza se parece tanto a un objeto sólido que obedece a la ley de Newton: Los labios, los ojos, los hombros, el cuerpo, las lágrimas, el ánimo… Todo se cae. Antes de subir al coche, oí llamar a filas a las profesoras, me pareció abandonar a mi pequeña Claudia en una guardería marcial. Subí al auto, puse la radio y las noticias consiguieron hacer interferencias en mis pensamientos en el camino hacia el trabajo.

    Hay mañanas aburridas y mañanas aburridas, ésta era una de ellas. No tanto por falta de trabajo como sí por exceso de concentración. Creo que me estaba concentrando demasiado en el vuelo de las ideas, que en este caso se asemejaban a auténticas moscas: pequeñas, voladoras y huidizas, a la vez que insistentes. La imagen de Claudia llorando en la puerta de la guardería me asaltaba de vez en cuando, estrujando mi corazón como si se tratara de un estropajo-salvauñas. Claudia perdió a su madre hace dos años y medio, justo su edad, al nacer. La perdió según mi suegra por negligencia médica, según el médico por eclampsia y según yo… A mi me da lo mismo que fuera un rayo que un trueno, no busco culpables ni solución, lo único que me preocupa es sacar a Claudia adelante como mejor pueda y que ella sea feliz. A veces he pensado en encontrar un nuevo amor que también quisiera adoptar a mi pequeña, pero me falta confianza. No hace mucho conocí a Silvia, era un encanto, creo que yo le gustaba a rabiar pero cuando se enteró de mi situación comenzó a demostrar claros síntomas de contrariedad: ternura, distanciamiento… Lo cierto es que yo tampoco puse mucho de mi parte, en cuanto noto que eso de ser padre soltero incomoda y causa admiración a la vez, me vuelvo pequeño y pongo pies en polvorosa. La verdad es que Silvia me gustaba mucho, no sé por qué diablos le dije eso de “jamás encontraré a nadie como a su madre”. Esa pequeña frase la hundió, no entendió que mi miedo usaba mi boca para expresarse, y acabó alejándose de mí.

    Lo que más me preocupa ahora no es nada de amores ni de madres, sino los seres. De un tiempo a esta parte, Claudia dice hablar con un amigo, sí, ya sé que es normal que los niños tengan amigos imaginarios. Pero lo extraño, lo que me preocupa, es el nombre de su amigo imaginario. Podría llamarse Juan o Pedro, incluso Ernesto o Aquilino, pero Praix… ¿qué tipo de nombre es?¿de dónde lo ha sacado? Y lo que me saca de mis casillas es el léxico que usa Praix, jamás escuché a Claudia ni a ningún otro niño de dos años decir: “¿Sabes, papá?, me ha dicho Praix que la oniromancia no es una ciencia, que más bien es un despiste de la Niña-Reina.”